Contra natura, de Álvaro Pombo | Letras Libres
artículo no publicado

Contra natura, de Álvaro Pombo

Acababa de leer en las pá-ginas de la revista Archipiélago la muy interesante e incisiva reflexión de Álvaro Pombo “Llamar al matrimonio por su nombre” sobre la debatida cues-tión del matrimonio homosexual, y andaba aún con la miel en los labios, cuando llega a mis manos Contra natura, novela en la que reaparece tal cuestión, si bien ahora ya como un aspecto más del complejo universo narrativo que construye aquí Álvaro Pombo, que gira en torno al amor y a los distintos modos de ser homosexual (o si se prefiere, de sentir y vivir la homosexualidad) en una determinada circunstancia histórica, que abarca desde la primera etapa del franquismo hasta la actualidad.

En un breve y sustancioso epílogo a la novela, declara su autor que desde un principio se propuso que Contra natura fuese un alegato contra la superficialidad. Y para ello, Pombo enfrenta a dos personajes de una misma generación –que, por añadidura, co-rresponde grosso modo a la del autor: la de los nacidos en torno a 1940–, Javier Salazar y Paco Allende, personajes sobre los que Pombo proyecta una buena dosis autobiográfica, pero únicamente en lo que atañe al aspecto medular del tema señalado. Es decir, ambos personajes, y pese a sus enormes diferencias de carácter y temperamento, entienden su personal homoerotismo desde unas premisas/pautas tan vulnerables a la severa educación de la infancia tutelada por el nacionalcatolicismo imperante (y que hubieron de superar), como permeables y sensibles a las lecturas juveniles del existencialismo poético-filosófico o a posteriores influencias (de Cernuda a “San Genet, comediante y mártir”). Para ambos, “lo homosexual tiene un componente de transgresión y de desafío al común de la sociedad”, algo de marginación y de NO integración (prefiero formularlo así, con el adverbio por delante y en mayúsculas), pero no tanto por sentirse rechazados por la sociedad sino debido al “rechazo que el propio homosexual, emparejado o sin emparejar, hace de su sociedad”. Las palabras que entrecomillo se refieren al caso de Paco Allende. Al final de la novela, en una escena culminante, escuchamos de labios de Javier Salazar esta diatriba, que cito en extenso por más de un concepto: “Nadie nos librará jamás de nuestra esencial conexión con la marginación, con el fracaso y con la muerte. La mayor parte de la gracia que aún tenemos los maricas, antes que la trivialidad y la normalidad nos conviertan en simples consumidores pancistas españoles, mariquitas per cápita que contribuyen con normalidad e incluso con un muy buen balance anual a los gastos de la hacienda pública, antes y después de to-da esa babosa voluntad de normaliza-ción e identidad con los comemierdas que siempre hemos envidiado y odiado, nuestra conexión más pura es con el fracaso, con la marginación y con la muerte”.

A modo de oposición y contraste, Pombo sitúa junto a estos dos per-sonajes maduros otros dos más jóvenes: Ramón Durán –veinteañero crecido ya en los años de la bulliciosa y festiva celebración del orgullo gay – y Juanjo Garnacho – diez años mayor que Ramón y ex entrenador de éste, un hombre casado y padre de familia que había llevado una muy cuidada doble vida provinciana–. Hay, por lo tanto, el contraste generacional entre los cuatro personajes centrales, pero este factor –aun siendo de peso debido a lo apuntado líneas arriba– no es determinante porque no deja de ser un elemento que pertenece tan sólo al paisaje circunstancial, mientras que lo que genera el conflicto (trágico en su desenlace) de Contra natura se produce en capas más profundas, atañe a la sustancia (ese concepto spinoziano que ya Pombo había manejado antes y que reaparece también aquí) y por consiguiente es de naturaleza ontológica. Álvaro Pombo tensa la historia de su novela en base a la antagonía (cada vez más irreconciliable, más exacerbada y hasta más brutal, en el sentido físico del término) entre las personae de estos personajes, polarizadas, dos a dos, en los anclajes extremos de la ética y de la moral.

Si Javier Salazar no fuese quien es, un ser de interiores, un hombre que no quiere ser amado y que arrastrará de por vida su dimensión de “eromenos” como una condena pero también como una baza o una aliada, una criatura con el don de transfigurarlo casi todo, que selecciona cuidadosamente las imáge-nes de su pasado cavando zanjas en los tramos que convenga ocultar o saltar, que usa sectorialmente a quienes le rodean, que se sabe y proclama delicado Narciso corroído por la indiferenciada fascinación hacia cuanto le rehúye y que en un momento dado decide entregarse a una “perversión vivible” pero que, distraído en su juego, comete el trágico error de no escucharse y acaba por no entenderse a sí mismo… Si Paco Allende no mantuviera, por encima de cualquier tentación fácil, su lejana vocación de curar almas y olvidase o aparcase a conveniencia propia la máxima de “obrar bien y alegrarse” o ignorase su creencia de que el amor debe jugarse siempre en total libertad… Si en Ramón Durán –vulnerable, ino-cente, impetuoso, transparente–, tras la fascinación inicial por Salazar y la adhesión fiel a Garnacho cuando se reencuentran en Madrid, no hubiera ido anidando la complejidad ni se hubiera producido en él un refinamiento de su conciencia que le llevará a despojarse de adherencias y cruzar la línea de sombra. Si Garnacho no fuese una encanallada versión del trepa desclasado que se cree orgulloso self-made-man.

Es decir, si Pombo no hubiese traba-jado con personajes de tal envergadura y calibre y no hubiese llevado al lector a ver el fondo de esas criaturas; sin el finísimo y complejo entramado psicológico que explica las uniones y desuniones que se alternan y suceden entre estos cuatro personajes; sin la forja y desarrollo de una red de episodios e intrigas que no requieren aparatosidad ni artificiosidad porque a menudo tienen lugar en un mismo escenario –¡qué extraordinario partido sabe sacarle el autor a los espacios interiores, especialmente al salón de Salazar!– y atañen más a pensamientos y sentimientos que a otra cosa, y por ello exigen hablar de la compasión, la posesión, la inseguridad, el miedo, la memoria, la culpa, la alianza belleza-bien, la desconfianza, el placer, el amor en sus múltiples manifestaciones y realizaciones, si en la novela no encon-trásemos esa geminación de “yos” y la dramatización de las conciencias… Contra natura difícilmente sería en-tonces ese alegato –espléndido y co-rrosivo– contra la superficialidad que se proponía escribir su autor. Porque, pese a estar muy bien trazado el paisaje, no estamos ante una novela local ni costumbrista ni de temporada, por más goloso y oportuno y actualísimo que el tema sea. Y no lo es porque Contra natura tiene la densidad de pensamiento y el destello poético que caracteriza la narrativa de Álvaro Pombo, ejemplo, donde los haya, de cómo las múltiples referencias culturales de toda índole no son simple material de attrezzo en el que apoyarse para lucirse sino que contribuyen todas al profundo sentido de la historia que explican.

Pero es que además hay también unos cuantos personajes femeninos que no son simples comparsas sino personajes de perfil perfectamente recortado, con un mundo propio y también con una función en la historia. Pombo sitúa a cada uno de sus personajes masculinos junto a una mujer: Sonia, la esposa de Garnacho; Emilia, la amiga de Allende; Chipri, la madre de Ramón Durán (cuya historia, enmarcada en una concreta franja del mundo marbellí, casi constituye una micronovela dentro de la novela, aunque en esta ocasión el autor controla mejor que en otras un posible desparramamiento) y Lucía, amiga de Salazar y, no por casualidad, más desdibujada y lejana.
     No es posible hablar de otras excelencias de esta novela –el rigor con que el autor construye la trama, el tejido de ideas, el peculiar uso de la figura del narrador, el lenguaje, ahora recogiendo desde “el habla mariquita” a la más salvaje, brutal y vulgar jerga de esos ambientes–, excelencias comunes, en cualquier caso, a otras obras del autor, pero sí quiero subrayar que Contra natura es –y por momentos creo que con cierta diferencia– una de sus mejores novelas. Y desde luego, se alza, soberbia, sobre el por lo general mediocre panorama de nuestra novela actual, tan dada a los edulcorados remakes históricocainitacasticistas y a otras blandenguerías. ~