Círculo del adiós y otros textos, de Gustavo Guerrero | Letras Libres
artículo no publicado

Círculo del adiós y otros textos, de Gustavo Guerrero

Hay libros que son uno y son varios, como Círculo del adiós y otros textos, de Gustavo Guerrero (Venezuela, 1957); libros en los que las alternativas y las modulaciones actúan con delicadeza, pero con ímpetu; libros cuyos matices conforman un solo tronco: un solo vuelo. Los cuatro cuadernos que integran Círculo del adiós despliegan acordes distintos, pero se integran en un único adagio: la conciencia, inherente a la condición humana, de estar solo, de perder, de morirse. La primera sección, que da título al libro, agrupa quince poemas en prosa de una rara intensidad, abiertos y clausurados por un verso inquietante: “Vela por que el silencio sea al fin perfecto, dijiste”. La reivindicación del silencio convive con la evidencia del verbo elocutivo, “dijiste”; el yo del poeta, plasmado en su voz, se remite a un “tú” desconocido. Junto con este binomio pronominal, muchas otras realidades enfrentadas se abrazan en estos poemas: la mudez y el habla, la sutileza y el vigor, la descripción y el símbolo, el amor y la muerte. Las piezas constituyen entidades independientes, como no puede ser de otro modo, pero también se suceden, se enredan, dialogan unas con otras. Su inicio siempre se remite a una continuidad difusa, mediante adversaciones –“Pero ahora...”, “Y, sin embargo...”– o la conjunción copulativa “y”; una conjunción que se repite en el interior de varios textos, en engarces polisindéticos que aprietan la dicción: que hacen que destelle. El discurso fluye sin goznes, y hasta serpentea en morigerada deriva sentimental, pero, aquí y allá, dibuja un cuerpo remansado en su reflexión y su decir –no faltan las consideraciones metapoéticas–, o bien avanza a empellones simbólicos: (“¿El miedo será [...] la imaginaria mansión donde reina ese espejo de los ciegos...?”), o bien incurre en símiles prosaicos, como el que sustenta por entero el poema de la página 19, en el que el término de la comparación son “esos viejos actores de reparto que desempeñan con esmero su exiguo papel hasta la última noche...”. También en lo dicho hallamos una pugna, o una dualidad: el amor y la caída. En efecto, “Círculo del adiós” consigna una historia de amor, que conoce el encrespamiento erótico: “Vuelve aquel instante de entrar en ti [...] la íntima humedad del cieno, el lugar donde perdíamos los nombres y se disipaban los recuerdos...”. Frente a la alegría del encuentro, predomina la certeza de la pérdida. La rememoración de lo que fue, en comparación con lo que hoy subsiste, destila una amargura ocre, pero no carente de fulgor, que impregna todas las palabras. Y la elegía por cuanto hubo –fusión, frescura, cuerpo– se enseñorea de los versos, haciendo más perceptible el filo ensangrentado de la separación. La soledad cobra forma circular: estamos presos, parece decir el poeta, en el círculo del yo, sujetos a su rotación absurda. Algunos poemas, como el de la página 22, concitan metáforas ominosas, salpicadas de negrura, hijas del abandono, aunque perviva la frágil esperanza de la amada, convertida ya en relato o recuerdo: “así voy contigo sin saber ya adónde, embozado, inclinándome, yo mismo cada vez más callado, más ausente, más oscuro”.

La segunda sección del libro, “Casa abandonada”, practica el viejo, aunque hoy casi olvidado, recurso de la glosa, con el soneto LXXV de los Cien sonetos de amor, de Pablo Neruda. Cada uno de sus endecasílabos se integra en alguno de los cuatro poemas en verso libre que componen el cuaderno. Su título anuncia su realidad: el peso de la pérdida. Amor y desposesión vuelven, pues, a confluir, aunque con matices singulares. Un espeso simbolismo anuda los poemas. La primera estrofa del primer poema fija el tono del conjunto: “En el centro de la casa abandonada/ hay un cuervo que devora/ las entrañas del tiempo”. La casa, y sus heridas, y su ruina –en la que no podemos dejar de advertir ecos de Poe y de Cortázar–, encarnan el proceso de la vida y su irremediable desencarnadura. Toda la sección aparece recorrida por términos lúgubres –“tinieblas”, “vacío”, “miedo”, “grietas”, “inmundicia”–, aunque también alberga la luz –“arde el flamboyán, / [...] la lluvia brilla sobre las hojas del plátano”–; ambas, la claridad y la oscuridad, se funden en un oxímoron milenario, vivificado por las vanguardias: “hasta el corazón del alba/ hasta ese pozo de luz negra”. También la glosa, por cierto, ha conocido la efervescencia de los ismos: Gerardo Diego pergeñó una, óptima, a Villamediana. En “Casa abandonada”, la lucha contra el tiempo no puede concluir sino en derrota, o, dicho con más precisión, en la derrota del presente: en su pérdida inexorable. El último poema de la serie acendra el derrumbe cronológico: inflexiblemente nos invade el vacío; la carne se vuelve despojo; y, por fin, rematando el desfile de las horas huecas, comparece la muerte.

La tercera sección, “Nombres del lugar”, la más numerosa, pero también la de versos más breves, recoge poemas inspirados por ciudades o paisajes. Es un cuaderno de tránsito, interior y exterior. El tiempo acude de nuevo, convocado por la voz de quien se sabe finito, y desmoronándose: algo que ve “hurta/ al tiempo/ nuestro tiempo/ y nos impone/ su ausencia”. También el amor cede, como en el primer capítulo del libro; es más, se hace pedazos, como sostiene “Al sur de Orán”, la última pieza del conjunto. Interesa subrayar el vigor descriptivo de estos poemas, que tienen la virtud de ser, simultáneamente, fluidos y galvánicos. Su exactitud, que nunca resulta árida, le debe tanto a Severo Sarduy como a Sánchez Robayna, a lo carnal como a lo abstracto, a la mirada como al canto.

El último apartado de Círculo del adiós y otros textos, “Instrucción de una gaviota”, sólo contiene cinco poemas en octosílabos, cuyos primeros versos trazan una anáfora: “Que tu vuelo sea...”. El autor los subtitula cantos; lo son: sucintos, de una pureza explosiva. Una voluntad de fuga, de sutilización más allá de lo visible, los anima. Frente al desmayo del ser, la exaltación del vuelo –de connotaciones místicas– remite a la plenitud. La embriaguez de la luz arrebata al poeta de sus hoyas existenciales y lo eleva a un espacio sin centro, en el que acaso pueda eludir al “tiempo que [le] reclama/ como a la ínfima gota/ que dibuja en el aljibe/ su breve anillo de plata”, y su voz, adentrarse en el silencio, metáfora de la definitiva sublimación. Pocas esperanzas tenemos; de hecho, ninguna. Sólo una huida así, hecha de sol y música y anulación, nos permite, momentáneamente, olvidarlo. ~