Cartas cruzadas, de Octavio Paz-Arnaldo Orfila | Letras Libres
artículo no publicado

Cartas cruzadas, de Octavio Paz-Arnaldo Orfila

Poco a poco va viendo la luz el epistolario de Octavio Paz, un epistolario que no podía quedar recogido –ni siquiera bajo la forma de una breve muestra– en un apartado específico de las Obras completas del autor, cuya edición en ocho volúmenes completó recientemente Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg. Y no podía recogerse allí por dos razones principales: porque lo idóneo, en la publicación de epistolarios, es la edición de las dos partes de una correspondencia, y porque una breve selección de cartas de Paz no hubiera dado una idea justa de su dimensión como epistológrafo. Vienen a confirmar una y otra premisa estas Cartas cruzadas entre el escritor mexicano y el editor Arnaldo Orfila (1897-1998), y es lo mismo que ya pensamos en su momento ante las cartas de Paz a Vicente Rojo (editadas en 1991), Alfonso Reyes (1998) o Pere Gimferrer (1999): que las cartas del autor de El laberinto de la soledad constituyen un importante segmento de su obra y ofrecen un interés especial para el examen de su poesía, su pensamiento crítico y su evolución intelectual. Piénsese en el más bien exiguo número de escritores del siglo XX cuyas cartas presenten el interés aludido. Recuerdo ahora que Eliot, en 1928, habló del “estilo magistral” de las cartas de Pound. Algo parecido puede decirse de las de Paz. Es una suerte poder contar con textos de tan alto significado intelectual, literario y biográfico.

Entre 1965 y 1970, el editor argentino Arnaldo Orfila y Octavio Paz cruzaron un amplio epistolario que va más allá de los puros acuerdos entre un autor y su editor. Orfila, que ya había desarrollado una brillante tarea en su país natal al frente de la Editorial Universitaria de Buenos Aires (EUDEBA), se había trasladado a México y había “refundado” el Fondo de Cultura Económica, empresa que llegó a convertir en una de las más influyentes editoriales del mundo hispánico. Precisamente como director del F.C.E. escribe a Octavio Paz –autor de la casa y, por entonces, embajador de México en la India– para proponerle la elaboración de una antología de la poesía mexicana. Paz le responde con una contrapropuesta: publicar una antología general de la poesía en lengua española (que podría, dice, extenderse a la portuguesa), e insiste en esta idea, convencido como está de que “sería una obra fundamental para nuestros pueblos”, cuya unidad vendría a afirmar, y permitiría ver “un pasado en nada inferior al de los angloamericanos”. Orfila, en cambio, le reitera su deseo de limitar el proyecto a la poesía mexicana, en una antología con varios responsables. Ocurre entonces un hecho crucial: Orfila, que había dado a conocer en el Fondo libros como Los hijos de Sánchez, del antropólogo norteamericano Oscar Lewis, o Escucha yanqui, de Wright Mills, es destituido de la dirección de la editorial por un gobierno que cree vejada la imagen de México y amenazadas las buenas relaciones con el poderoso país vecino. Orfila funda entonces la editorial Siglo XXI, a la que se lleva todos sus proyectos. También el de la antología mexicana: el resultado de aquella invitación sería lo que hoy conocemos como Poesía en movimiento, que Paz realizó con Alí Chumacero, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis.

Pero surgen otros proyectos. En esencia, estas cartas giran en torno a tres libros: el mencionado Poesía en movimiento (1966), Corriente alterna (1967) y Posdata (1970). Los asuntos relacionados con el primero de esos libros ocupan casi monográficamente la mitad del volumen. Y con razón: el proyecto no sólo era conceptualmente complejo sino que también arrastraba numerosas dificultades prácticas. Son muchas las observaciones de interés realizadas por Paz acerca de la poesía mexicana (la carta a Orfila del 20 de octubre de 1965 es una breve y admirable historia de esa poesía, con muy agudas apreciaciones), y determinadas opiniones e ideas merecen un comentario detenido que no podemos realizar aquí. Conviene subrayar, sin embargo, dos datos importantes: el primero es la constante renuencia del poeta a pensar en una poesía “nacional” mexicana, que ve inseparable de la poesía hispanoamericana en su conjunto; el segundo es su deseo de llevar a cabo una antología no de carácter histórico, fundada en la dignidad literaria o el “decoro”, sino, por el contrario, dinámica, centrada en la idea de exploración y aventura lírica. Por complacer a Orfila –de quien tanto espera aún como editor–, Paz accede a participar en la antología mexicana, pero no deja de expresar continuas reservas y desacuerdos con el proyecto. En el prólogo que se le encarga subraya el hecho de que “la poesía de los mexicanos es parte de una tradición más vasta: la de la poesía de lengua castellana escrita en Hispanoamérica en la época moderna” (es una lástima que en una nota editorial no se haya hecho referencia al imprescindible “Post scriptum” de Paz redactado en 1986). En realidad, lo que cabe lamentar de verdad es que Orfila –hombre de probada sensatez, dotado además de un indudable sentido práctico– no cayera en la cuenta de la importancia de la ya citada contrapropuesta de Paz, que no colisionaba con la antología mexicana: la de una antología general de la poesía en lengua española (“y tal vez portuguesa”). La afirmación de la unidad literaria hispánica recorre toda la vida intelectual de Paz, desde los días de Laurel (1941), pero es en estos años –las décadas de 1960 y 1970– cuando más explícito se muestra acerca de la necesidad de esa afirmación: es asunto importante no sólo desde el punto de vista literario sino también, afirma, “desde el punto de vista de lo que llamaría la política del espíritu y aun la política a secas”. Aunque contamos con algunos escritos de Paz al respecto, se perdió aquí la ocasión de llevar a cabo un proyecto que habría sido de extraordinaria trascendencia para la lírica de nuestra lengua.

Recogen también estas cartas, como ya se dijo, la génesis de libros como Corriente alterna y Posdata (el título de este último le fue sugerido a Paz por Laurette Séjourné, esposa de Orfila), pero no menos interesantes son los comentarios al paso sobre temas de actualidad literaria y política, como, por ejemplo, acerca de los acontecimientos internacionales de mayo del 68 (incluidos los de Tlatelolco), en torno a los cuales surgió otro proyecto editorial finalmente no realizado. Ocupa buena parte de estas páginas otro tema central: la necesidad de una gran revista literaria (“en el sentido amplio de la palabra literatura”), asunto que preocupaba al escritor mexicano desde antiguo, pero que en los años sesenta adquirió para él especial relevancia: “es indispensable la existencia de una revista efectivamente independiente en América Latina”, afirma. El espléndido memorandum que Paz escribe sobre la necesidad de esa revista el 5 de abride 1968 puede considerarse una suerte de embrión de lo que pocos años más tarde serían Plural y luego Vuelta. Al mismo tiempo, no deja de hacer a Orfila numerosas recomendaciones y sugerencias editoriales sobre autores entonces poco o nada conocidos en nuestra lengua, como Roman Jakobson, Claude Lévi-Strauss, Maurice Blanchot, Norman O. Brown, John Cage, Antonio Cándido, Hannah Arendt. No puede sorprender la extraordinaria curiosidad intelectual del mexicano; lo que cabe subrayar es su percepción de la literatura contemporánea como hecho “mundial”; pocos autores como Paz han estado más cerca del ideal goetheano de la Weltliteratur.

La edición de estas Cartas cruzadas, en general muy cuidada, adolece sin embargo de algunos defectos: no figura responsable alguno de la edición, que podía haber aclarado en nota algunos datos y referencias; faltan cartas (entre ellas, la primera de Orfila); más de una carta aparece incompleta (se omite, por ejemplo, la “hoja aparte” citada en la página 36 o las “listas” de autores a que alude Paz en la página 60). Un libro, en suma, cuyo interés va mucho allá de la historia cultural y política de México y que nos acerca al núcleo mismo de un pensamiento vivo en algunos de sus años más decisivos. ~