Canadá, de Richard Ford | Letras Libres
artículo no publicado

Canadá, de Richard Ford

¿Es una fatalidad el dejarnos envilecer por las infamias que nos asedian?

Canadá. Richard Ford. Traducción de Jesús Zalaika. Anagrama (Barcelona, 2013)

 

Como García Márquez en Crónica de una muerte anunciada, Richard Ford, que no por casualidad se confiesa deudor del "boom" de la narrativa hispanoamericana, inicia su novela Canadá desvelando los hechos cruciales que ocurren en ella: "Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después. El atraco es la parte más importante, ya que nos puso a mi hermana y a mí en las sendas que acabarían tomando nuestras vidas". ¿Quién alza la mano para negar la contundencia ejemplar de este inicio?

No se trata, como escribió un comentarista, de que al autor le dé igual revelar la parte esencial de su trama por indiferencia ante la anécdota y exclusivo interés en el lenguaje. Todo lo contrario: si algo ponen de manifiesto estas primeras líneas es una atención esmerada en captar la complicidad del lector de un solo golpe maestro. En palabras de García Márquez "coger al lector del cuello y no dejarlo irse". Por lo demás, no es Canadá una novela   en la que el lenguaje llame la atención sobre sí mismo: tan discreto como eficaz, siempre está al servicio de lo narrado.

Cincuenta años después de los hechos, Dell Parsons funge como narrador de su propia historia. Antes de darnos los pormenores del asalto perpetrado por sus padres, que, como a su hermana gemela Berner, lo pondría en una situación de desamparo con tan solo quince años, Dell nos brinda un retrato minucioso de su propia familia. Así nos enteramos de que el de sus padres fue un matrimonio infausto, producto de un error que acabaría enlazándose con otros malos pasos hasta desembocar en la catástrofe.

Se cuida bien el narrador de sugerir siquiera que sus progenitores fueron criminales natos. Personas normales, dice más de una vez, que cruzaron una frontera de la que no fueron capaces de volver. En su labor de oficial de bombardero de las fuerzas armadas estadounidenses, el padre ha llevado con su familia una vida itinerante y éticamente relajada a la que le faltan asideros. Un embarazo no deseado orilló a la madre a renunciar a sus pretensiones de escribir poesía, por lo cual vive inmersa en una eterna insatisfacción, cual madame Bovary contemporánea, cumpliendo un papel para el que no está hecha junto a un hombre que no ama.

Tres partes bien diferenciadas conforman Canadá: la primera, una radiografía familiar de gran profundidad y precisión que nos permite comprender, que no justificar, los hechos aciagos que alejaron a los Parsons entre sí; la segunda da cuenta de la travesía del narrador por hostiles tierras canadienses, donde enfrentará duras experiencias, como los asesinatos anunciados al principio, y madurará su visión del mundo; la tercera, un breve reencuentro y despedida entre los hermanos Dell y Berner que funciona como síntesis del libro.

Novela de iniciación por tener como centro el proceso de maduración de su joven protagonista, Canadá depara a sus lectores los placeres de las ficciones armadas como figuras perfectas a las que no les falta ni les sobra nada: cada episodio, cada personaje, cada uno de sus elementos termina por ser significativo y converger en un mismo, epifánico punto. Contra la falsa idea de que la novela es necesariamente el reino de la ambigüedad ética y de la "suspensión del juicio moral", el libro de Ford lanza de frente una pregunta crucial y toma postura ante ella: ¿es una fatalidad el dejarnos envilecer por las infamias que nos asedian?

Como es sabido, hace más de un siglo se viene anunciando con insistencia la muerte de la novela. Lo cierto es que el género, pésele a quien le pese, goza hoy día de una salud de piedra. Canadá es prueba de ello: una obra de corte clásico, pese a su osado arranque, que demuestra que las ficciones literarias persistirán no por su derroche de lenguaje ornamentado o bagaje cultural o retruécanos ingeniosos o cosa parecida, sino por su capacidad de hablarnos con mayor profundidad e intimidad que cualquier otro género del interior del ser humano y de sus relaciones conflictivas con sus semejantes a la vez que nos reportan placer y nos forman, ética y estéticamente (así suene grandilocuente).

De Richard Ford (Mississippi, 1944) conozco también Rock Springs, su primer y más celebrado libro de cuentos, de gratas reminiscencias carverianas. Ford es autor de otros dos cuentarios, otras seis novelas, un libro de memorias y uno de ensayos. Luego de la excelente Canadá, espero agotar próximamente (fatigar, diría Borges) su bibliografía completa.

 

 


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