Borrachas en la nieve | Letras Libres
artículo no publicado

Borrachas en la nieve

Amélie Nothomb

Pétronille

Traducción de Sergi Pàmies

Barcelona, Anagrama, 2016, 160 pp.

Se podría pensar que Amélie Nothomb (Etterbeek, 1966) lo había contado casi todo en sus libros: grafómana, extravagante declarada y activista de su rareza, la escritora belga afincada en París dedica a su oficio cuatro horas al día, de madrugada. “Solo dejé de escribir un domingo por la mañana. Fue el peor día de mi vida”, declaró en una entrevista con Álex Vicente en El País Semanal parafraseando, quizás, al futbolista George Best cuando dijo: “En 1969 dejé las mujeres y la bebida. Fueron los peores minutos de mi vida.” De esa compulsión resultan tres o cuatro libros al año, elige el mejor –se asegura de que el resto no vaya a ser publicado jamás– y lo envía a su editorial de siempre, Albin Michel. Nothomb cuenta con un despacho en la sede de la editorial en el que se dedica a leer las cartas que le envían sus lectores. Además de en numerosas entrevistas, lo contaba en Una forma de vida, una de las mejores novelas de la escritora, que tiene mucho que ver con la que acaba de publicarse en España: Pétronille. La más reciente entrega de lo que podría considerarse la serie de la escritora Amélie Nothomb como personaje de Amélie Nothomb descubre algunas de las cosas que aún no se sabían de ella: por ejemplo, le gusta beber. Y retoma algunas otras de las que había hablado en otras ocasiones: la relación que mantiene con sus lectores.

La novela se abre con una exagerada borrachera ensayada y preparada a conciencia (“recurrí a la técnica más antigua del mundo: ayuné”) y el relato encierra reflexiones sobre el placer de la embriaguez: “Que la primera borrachera suela ser tantas veces milagrosa se debe únicamente a la famosa suerte del principiante: por definición, no volverá a repetirse”; “beber intentando evitar la embriaguez resulta tan deshonroso como escuchar música sacra protegiéndose contra el sentimiento de lo sublime”. “Las treinta y seis horas de ayuno” que preceden a la ingesta de una botella de Veuve Clicquot producen el efecto deseado: “Con valentía, seguí bebiendo y, a medida que vaciaba la botella, sentía que la experiencia modificaba su naturaleza: el estado que estaba alcanzando no merecía tanto el nombre de embriaguez como el de lo que, con la pompa científica característica de nuestro tiempo, denominamos ‘estado alterado de la conciencia’.” Las consecuencias del experimento no dejan lugar a dudas: “Titubeé hasta la cama y me desplomé.” La narradora, Amélie Nothomb, decide tras recuperarse del desmayo que necesita un compañero de borrachera, y es entonces cuando aparece Pétronille. Acude a una firma de la escritora belga, aunque ya se habían cruzado algunas cartas, y Nothomb confiesa que no se la esperaba así, “pensé que me hallaba ante una persona en fase de envejecimiento”. Pétronille tiene veintidós años, a pesar de su aspecto de muchacho, y es una estudiante de literatura isabelina: “Escribo una tesina sobre un contemporáneo de Shakespeare”, le dice a la escritora. Esta primera fase de su amistad se ve interrumpida cuando, tras su primera noche de borrachera, Pétronille decide “ponerse a orinar allí mismo, entre dos coches aparcados”. Nothomb no vuelve a saber de Pétronille hasta cuatro años después, en 2001 (en la traducción se ha colado una errata y aparece 2011), cuando la belga descubre entre las novedades literarias de una librería la novela Vinagre de miel, de Pétronille Fanto –trasunto de la escritora Stéphanie Hochet–. Ahora, con las dos escritoras, la relación se reaviva: comparten alcohol, casi exclusivamente champán, y, a pesar de todo lo que las aleja (origen socioeconómico, intereses literarios, temas, ideología), se entienden y su amistad crece conforme más evidentes se hacen sus diferencias. Hacia el final de la novela, Nothomb descubre qué es lo que comparten por encima de todo, incluso por encima de la pasión por el champán: “Esa ebriedad que a falta de mejor nombre llamamos atracción por el riesgo, que no se corresponde con ninguna pulsión biológica ni con ningún análisis racional.”

La novela se lee a ratos como un thriller, con la angustia de saber que algo terrible está a punto de suceder; a ratos como una comedia hilarante (por ejemplo, el viaje a Londres que hace Nothomb para entrevistar a una estirada, desagradable e impertinente Vivienne Westwood que obliga a la escritora a acompañar a su perra a hacer sus necesidades, o cuando Pétronille y Amélie van a esquiar, después de más de treinta años sin hacerlo la segunda: “Dos metros más tarde me desplomé. Me levanté inmediatamente y me lancé, para, al cabo de un segundo, volver a caer. Aquel juego se reprodujo quince veces seguidas”). A veces, como una mezcla de las dos cosas, es lo que sucede cuando deciden esquiar borrachas. A ratos es un retrato de la vida literaria parisina y a ratos, una actualización del mito de Pigmalión. Pétronille tiene algo de todo eso y consigue llevar al lector por cada uno de los géneros con fluidez y provocándole una embriaguez similar a la del champán. Pero también es un retrato no enfático de la amistad femenina, como pretendía serlo la película Frances Ha, como son las series Doll & Em o Girls. La capacidad de autoparodia de Nothomb no tiene nada que envidiar a la de Lena Dunham y la destreza que demuestra para poner a su personaje en situaciones incómodas o violentas como consecuencia de su estrafalario comportamiento o de su aparente frialdad recuerda a Larry David y Louis C. K., respectivamente. Hay sitio también para la gran literatura: Flaubert, Shakespeare y sus contemporáneos, Victor Hugo aparecen citados y sus huellas están en la novela. Seguramente Nothomb no sabe que tiene algo así como un tío literario español: Javier Tomeo. Pétronille se lee con rapidez y entusiasmo, entre carcajadas y sobresaltos. Es una especie de grandes éxitos de Amélie Nothomb que recoge con brillantez y gracia sus obsesiones y da cuenta de la flexibilidad de su literatura. ~