Blanco nocturno, de Ricardo Piglia | Letras Libres
artículo no publicado

Blanco nocturno, de Ricardo Piglia

 

A los setenta años de edad, Ricardo Piglia ha publicado la novela que resume sus cuarenta y tres años de obra narrativa y ensayística. Desde la publicación de la anterior, Plata quemada (Premio Planeta Argentina 1997), han pasado trece años cruciales en la recepción del escritor argentino, durante los cuales la editorial Anagrama ha reeditado la totalidad de su producción, dándole una segunda vida –incluso una segunda oportunidad–, que ha supuesto su definitiva consagración iberoamericana. Para un autor que no publica en prensa, la aparición de diez títulos en una década, de los cuales tan solo dos remitían a obras inéditas, ha significado tanto la reunión de una suerte de obras completas como la presencia constante de Piglia en los medios de comunicación y en los circuitos académicos, por no hablar de la conciencia de los lectores.

Entre otros muchos aspectos y elementos que ya estaban presentes en algunos de sus nueve libros anteriores, encontramos en Blanco nocturno el personaje o álter ego Emilio Renzi (se conoce que el nombre completo del autor es Ricardo Emilio Piglia Renzi), que nació en su primer libro de cuentos, La invasión (1967). La reflexión sistemática sobre el lugar de la verdad y el de la falsificación en la literatura y en la sociedad de nuestra época, que Piglia llevó a cabo especialmente en Nombre falso (1975), es retomada en un sorprendente pasaje de su nueva novela, en que la cita del Evangelio según Juan (“¿Qué es la verdad?, ¿de qué verdad hablas?”) conduce a una sentencia descorazonadora: “Esa pregunta sostiene, implícita, el triste relativismo de una cultura que desconoce la presencia de lo que es cierto.” En el mundo pigliano no existen los hechos: todo son versiones (la palabra, de tan repetida, se convierte en el ruido de fondo de Blanco nocturno). De su obra maestra, Respiración artificial (1980), rescata la epistolaridad dirigida hacia el futuro (“En vez de escribir cartas póstumas, escribo cartas postreras…”) y la melodramática saga familiar, laberinto emocional donde se esconde el enigma. Las diversas figuraciones espaciales de la cárcel y del psiquiátrico que encontramos en la novela, donde al menos tres personajes principales se encuentran recluidos, remiten a Prisión perpetua (1988). El recurso de las notas a pie de página permite jugar con la identidad del texto: según los vaivenes a los que el narrador la somete, la novela se presenta como crónica, al igual que ocurría en Plata quemada (1997), hibrida Crítica y ficción (1986) (particularmente brillantes son los pasajes dedicados a los
grandes detectives de literatura y a la poesía gauchesca) o reproduce auténticas Formas breves (2000), cuya autoría se adjudica a Renzi (las notas 18 y 41, por ejemplo, podrían ser “notas de diario”, dos de esos textos hiperbreves que el escritor ha ido haciendo públicos, como adelantos o trailers de su diario personal e inédito). Para que el resumen sea completo, no podían faltar sendas alusiones directas a La ciudad ausente (1992) y a El último lector (2005): “Un tipo conoce a una mujer que se cree una máquina…” y “Mi madre dice que leer es pensar”.

Otros temas y obsesiones que encontramos en Blanco nocturno están en prácticamente todos los libros de Piglia: el conflicto entre la ciudad y el campo, que recorre la historia argentina desde sus orígenes y que sigue siendo hoy en día un elemento crucial para interpretarla; la historia de la literatura argentina y de la novela policial (las páginas 256 y 257 son una reescritura televisiva de “El aleph”); y, tal vez la obsesión fundamental de la obra pigliana: el cruce, la intersección, el factor Borges que buscó Alan Pauls en el duelo y la inquisición. La duplicidad constante que articula el mundo de Piglia convierte esta novela en un artefacto con doble personalidad: la primera parte es una novela policial clásica; la segunda, una novela pigliana clásica. Por supuesto, lo que importa es la comunicación entre ambas partes, en la arquitectura general de la obra y, en lo que respecta a la orfebrería, las figuras de la duplicación, la recurrente presencia de elementos mínimos que nos recuerdan que estamos ante una novela que explora la duplicidad (como las mellizas que la protagonizan). Eso nos lleva a la necesidad de articular dos planos narrativos, las famosas dos historias, con la conciencia de que la reducción al número dos no es más que una simplificación, porque la realidad y la ficción que la representa siempre son múltiples: “Era una historia verdaderamente extraña, con aristas variadas y versiones múltiples. Igual que todas, pensó Renzi.” Por eso a la novela policial y a la novela pigliana se les suma una novela histórica obsesionada con la economía.

He comenzado estas líneas con la edad de Piglia porque no me parece un dato insustancial. Complementariamente, otro dato biográfico puede iluminar Blanco nocturno: acaba de jubilarse como profesor de la Universidad de Princeton. Su regreso definitivo a Argentina, después de varias etapas en los Estados Unidos, ha sido acompañado, por tanto, por la publicación de una novela que, en su afán de rebobinar toda una trayectoria literaria y vital (esto es: la cinta transportadora por donde circula un mundo), también ha querido incorporar a Norteamérica. Esa incorporación se observa en cómo la narración carga las tintas en la relación económica entre Argentina y Estados Unidos. La circulación del dinero, que siempre está presente en la literatura pigliana, nunca había sido tan importante en un texto del autor de Plata quemada. Desde la economía doméstica (la herencia) y el tráfico ilegal de divisas (el relato policial), la ficción se eleva hasta el ámbito de la macroeconomía. Pues es ahí donde se ubican los titiriteros que manipularon el resto de instancias de esa relación desigual norte/sur: la política, la militar, la ideológica. La violencia institucional que, a principios de los años setenta, momento en que está ambientada esta novela, era un horizonte cada vez más concreto.

El trasfondo filosófico del que se nutre Piglia sigue siendo el posmoderno (sobre el periodismo, por ejemplo, escribe “confidencias personales y noticias falsas, ése era el género”) y la propia concepción de la novela es anacrónica: escribir una obra de los años setenta en pleno siglo XXI. Por eso el debate entre el campo y la ciudad que leemos en ella también lo es: “No era cierto que la ciudad fuera el lugar de la experiencia. La llanura tenía capas geológicas de acontecimientos que volvían a la superficie cuando soplaba el viento del sur.” La conclusión es obvia. Si comparamos la representación de la provincia en novelas argentinas recientes como Opendoor (2006), de Iosi Havilio, o Los topos (2008), de Félix Bruzzone, con la que lleva a cabo Piglia en Blanco nocturno observaremos la distancia histórica: mientras que las primeras vacían la ciudad y construyen un espacio alegórico sumamente complejo en el Interior, la segunda simula que la pervivencia de la defensa de una literatura urbana tiene vigencia en 2010. En ese sentido, es posible que la última novela de Piglia esté cerrando el siglo XX de la literatura argentina (y quizá de la hispánica).  Y escribo “es posible” porque la literatura descree de oraciones como la que acabo de escribir. ~