Autobiografía literaria | Letras Libres
artículo no publicado

Autobiografía literaria

Frédéric Beigbeder

Una novela francesa

trad. Francesc Rovira, Barcelona, Anagrama, 2011, 224 pp.

 

En los últimos tres años, hemos asistido a un fenómeno curioso dentro de la narrativa mundial. Varios novelistas e incluso poetas, nacidos después del 68, se han inclinado a publicar relatos de corte autobiográfico, incluso mémoirs, en los que describen la loca década de los setenta. No se trata por supuesto de un género nuevo, ni mucho menos, pero sí de una tendencia curiosa, un asunto generacional que rebasara las fronteras de los países, las culturas y las lenguas.

Para corroborarlo, nos llega desde Francia el libro más reciente de Frédéric Beigbeder, titulado con razón Una novela francesa, ya que sus páginas resumen muy brevemente –tanto a nivel nacional como familiar– la historia de Francia en el siglo XX. El libro, galardonado con el premio Renaudot, traza la evolución de las clases más altas de ese país durante tres generaciones. Con una ironía y un autosarcasmo adictivos, Beigbeder nos hace recorrer desde la Primera Guerra Mundial, en la que pelearon sus abuelos, hasta la juventud y la madurez de sus padres, para llegar finalmente a la suya y a su experiencia como progenitor.

El intento por reconstituir el pasado surge de una casualidad. A partir de un corto periodo transcurrido en la comisaría del VIII arrondissement, primero, y después en el Dépôt de la Cité, por consumir cocaína en plena vía pública, Beigbeder se propone establecer un recuento de su vida para explicarse a sí mismo los pasos que, desde su infancia temprana, lo condujeron a ese lugar. Sin embargo, al hacerlo, se da cuenta de que su memoria conserva muy pocos recuerdos y se lo explica, en parte, por los estragos que la droga pudo haber ocasionado en su cerebro. Poco a poco, a partir de la información que posee sobre sus ancestros, las imágenes de su pasado comienzan a presentarse y con ellas la reflexión sobre su identidad, su generación y la forma en que la sociedad se transformó en esos años. Si bien es cierto que el autor contextualiza a sus padres y sus orígenes contando los acontecimientos más relevantes en la vida de estos, el énfasis está puesto sobre todo en los años setenta, década durante la cual transcurrió su propia infancia: la adopción generalizada del divorcio y de la reconstitución familiar, el sentimiento de culpa de esos padres para con sus hijos y su consecuente intento por resarcirlos, a base de juguetes y vacaciones de lujo. La generación de nuestros padres, nos dice Beigbeder, dio prioridad al placer antes que a la responsabilidad, al sexo antes que a la familia y esto último, pero sobre todo la ambigüedad con la que asumían sus decisiones (la madre del autor le informó con un retraso de tres años de su divorcio), tuvo, como es lógico, secuelas en la mentalidad de la generación siguiente. Beigbeder llega a esta conclusión: los hijos de las parejas divorciadas y educados con la ideología de los años setenta constituimos una nueva especie en la fauna global. Ni mejor ni peor que las otras, pero sí con características bien reconocibles. Somos: “necesitados que se fingen desenvueltos, rigurosos que pasan por juerguistas, románticos que se hacen los desganados, ultrasensibles que se mueren por aparentar indiferencia, ansiosos que se hacen pasar por rebeldes, hombres elegidos en segunda vuelta”. Para añadir más tarde: “No evolucionamos: la infancia nos define para siempre, puesto que la sociedad nos ha infantilizado de por vida.”

¿Cuál es la alternativa? La novela lo deja muy claro gracias al personaje de Charles, hermano de Frédéric Beigbeder, a quien el autor dedica páginas entrañables sobre el vínculo de la fraternidad. Se trata de forjarse a sí mismo como la antítesis de lo que se recibió de los padres. Charles es, entonces, el extremo opuesto: católico militante, empresario, padre ejemplar. Al observar a su hermano con cariñosa extrañeza, el narrador se pregunta: “¿Es más feliz que yo mi hermano monógamo? Constato que la virtud y la fe parecen aportarle más felicidad que a mí mi hedonismo y mi materialismo.” Y concluye: “El verdaderamente subversivo, el único loco, el gran rebelde de la familia es él, desde siempre y yo no lo veía.”

Junto al retrato magistral de la generación que Beigbeder establece a lo largo de su libro, el episodio de la cárcel resulta un poco desequilibrado. No nos creemos el sufrimiento del autor ni su miedo a permanecer encerrado indefinidamente. Sin embargo, las reflexiones que se originan, en semejante contexto, acerca de las contradicciones del Estado francés, son interesantes: “Hemos elegido –nos dice el autor– un presidente de la República que se pasa el tiempo liberando prisioneros en el extranjero y encerrando en mazmorras a la gente de su país.”

Situado entre los autores más vendidos en el panorama de las letras francesas, seguido por millones de lectores y despreciado por los círculos más esnobs y exigentes, Beigbeder reflexiona en este mismo relato acerca de sus novelas anteriores y del proceso de escritura que implicó este nuevo libro, calificado por varios críticos como su mejor novela, y sobre el hecho de desnudarse en una autobiografía. Una novela francesa, nos confía aquí, constituye una suerte de parteaguas respecto de su obra anterior: “[Antes] he descrito un hombre que no soy yo, el hombre que me habría gustado ser, el seductor arrogante que hacía fantasear al pijo reprimido que llevo dentro. Creía que la sinceridad era aburrida. Es la primera vez que intento liberar a alguien mucho más encerrado.” Y sugiere con mucha pertinencia: “Me gustaría que este libro se leyera como si fuese el primero.” La novela tiene, sin embargo, varias cosas en común con sus libros anteriores: una facilidad asombrosa para atrapar al lector, un estilo ligero y veloz y un innegable sentido del humor. Atención, entonces: si el lector, prejuiciado por sus libros anteriores o por su fama de autor controvertido, decide descartar esta novela, se estará perdiendo de un libro sincero e inteligente, un libro que, sin duda alguna, vale la pena leer. ~