Así se escribe la historia | Letras Libres
artículo no publicado

Así se escribe la historia

George Packer

La puerta de los asesinos

Traducción de Jaime Enrique Collyer

Barcelona, Debate, 2016, 592 pp.

La puerta de los asesinos es un libro antiguo. Fue publicado en 2005 y cuenta las decisiones políticas que llevaron a la guerra de Iraq y los dos primeros años de conflicto, hasta las primeras elecciones del 30 de enero de 2005. Un postscriptum resume algunos hechos de inicios de 2006. Las expresiones “primavera árabe”, “Estado Islámico” o “guerra de Siria” no salen ni una sola vez. La palabra “Obama” aparece solo en la última nota del traductor: “El autor [George Packer] escribe varios años antes de que se iniciara la retirada gradual de tropas norteamericanas bajo la administración de Barack Obama.”

Por todo esto, el libro sabe a historia y no a periodismo –que es lo que fue en su día–, con el problema aña- dido de que la historia se escribe años después y con una perspectiva que La puerta de los asesinos no tiene. Se hace raro leer en 2016 un análisis meticuloso de la política exterior de George W. Bush sin que haya referencias a la doctrina Obama, elaborada en parte como una reacción al Bush del primer mandato. Packer ni siquiera prevé el cambio de estrategia que el mismo Bush hizo con su nuevo secretario de Defensa, Robert Gates, que tampoco aparece en el libro. En 2007 llegó el conocido surge o aumento de tropas en plena crisis (2007 fue el peor año en muertes americanas de la guerra). La única profecía errónea de Packer es probablemente en este punto: “Parece inevitable que haya alguna retirada significativa de tropas estadounidenses en los años 2006 y 2007”, lamenta Packer. Ocurrió justo lo contrario.

Entre los elogios recogidos en la solapa destacan uno que dice “El mejor libro del año” sin decir de cuál –el New York Times clasificó el libro como uno de los mejores de 2005– y una cita de Cristopher Hitchens, que murió en 2011. Quizá el éxito de El desmoronamiento –la última obra de Packer– haya animado a Debate a publicar el libro ahora. Sería una buena noticia. A ver si les anima también a publicar otro libro anterior del periodista, Blood of the liberals, sobre su familia y su ideología.

Dicho todo esto, es un libro extraordinario. El lector español debe agradecer que su lengua disfrute de un reportaje así. Sobre todo, los periodistas que quieran aprender un ámbito poco explorado en español. Los países de habla hispana no producen obras de no ficción de esta profundidad. Packer hace referencia en el libro dos veces al fracaso de las tropas no norteamericanas o británicas en Iraq: “Los estadounidenses habían traspasado el control de la región centro-sur a una división multinacional bajo mando polaco, pero la mezcla de polacos, españoles, salvadoreños, búlgaros y ucranianos era más útil como prueba de que había una coalición en Iraq que como fuerza de seguridad.”

Ningún libro ni reportaje extenso español ha analizado por qué nuestros soldados no dieron la talla. Debe de ser porque en el fondo da igual, pero después de la polémica de la foto de las Azores y del 11m debiera ser algo importante para la historia de España. Con buenas preguntas tras los desastres, los países mejoran sus sistemas o al menos repasan sus errores.

En español no hay tradición de libros así por muchos motivos, pero hay uno evidente: es caro. Packer viajó varias veces a Iraq con su chófer y un intérprete distinto cada vez –y guardaespaldas al final–. En los agradecimientos al final del libro agradece al director de The New Yorker, a su adjunta y a su editor –que, por lo poco que se usa el concepto en España, el traductor llama “redactor”–, pero los agradecimientos siguen para el equipo de verificación de datos de la revista, su ayudante de investigación y varios miembros de la editorial. Es previsible que quien pague todos esos gastos espere ver muchos libros vendidos.

El mérito principal de un reportaje honesto de un periodista serio –y Packer lo es– es que ayuda a entender la realidad y a comprobar que la verdad nunca es simple. Los protagonistas poderosos deben enfrentarse a su primer juicio, más emocional y menos documentado que la historia, pero con un incalculable valor de primera mano y experiencia directa. Packer comparte sus dudas con transparencia, algo que en un historiador sería más raro: “La guerra del gobierno no era la mía –era apresurada, deshonesta, imperdonablemente partidista y destructora de las alianzas–, pero el hecho de objetar a los inspiradores y sus métodos no parecía razón suficiente para oponerse a ella. Por ponerle alguna etiqueta a mi postura, me incluía en el sector reducido e insignificante de los liberales que eran ambivalentemente proclives a la guerra.” Packer creía que la liberación de los iraquíes tras la primera guerra del Golfo era un motivo suficiente.

El segundo gran mérito de Packer –además de su honestidad– es la organización. El libro surge de años de entrevistas y viajes. En su trasfondo hay varios reportajes publicados originalmente en el New Yorker. Algunos se extienden demasiado, como el dedicado a la ciudad de Kirkuk. Pero el libro fluye, se entiende, los personajes que van y vuelven son fáciles de reconocer con una pincelada, el caos incomprensible se vuelve orden. El periodismo a menudo olvida que contar la realidad no solo es difícil porque cueste de descubrir sino porque es compleja y desordenada.

Packer es bueno definiendo a los personajes con detalles sueltos, a menudo el lugar en el que les entrevista. El periodismo de Packer –el norteamericano en general– no es minuciosamente descriptivo. No todos los detalles son iguales. Con Hitchens por ejemplo almuerza “en un lugar caro y abierto toda la tarde” (son distintos los restaurantes que dan solo almuerzo de los que tienen la cocina siempre abierta); el bistró de Brooklyn al que fue con el intelectual Paul Berman, donde “pedía su hamburguesa con queso y su copa de vino (todas las camareras le conocían)” o el cuarto “pintado enteramente de amarillo brillante” de Eli Pariser –un activista en contra de la guerra de MoveOn.org–, que era tan pequeño que “al darse la vuelta en la cama se quemaba con el conducto de la calefacción”. No siempre son lugares. El embajador norteamericano Hume Horan destacaba por ser tan “excéntrico” que durante su estancia en Bagdad “leía una novela histórica francesa de diez volúmenes”. Hay veces que esos detalles son lejanos para un lector español, como cuando compara a personajes con Ed Asner o el poeta Allen Ginsberg.

A pesar de ser un libro que llega a España fuera de época y de que tenga quinientas páginas, es ideal para entender mejor por qué ocurrió la guerra de Iraq y las pequeñeces políticas que a menudo la empujaron al fracaso. A semanas de empezar la guerra, en una reunión con exiliados iraquíes de Condoleezza Rice, consejera de Seguridad Nacional del presidente, y George W. Bush, se hablaba de la posguerra. El presidente preguntó a Rice: “En Iraq, a nuestro ejército le seguirá uno humanitario, ¿no es así?” Rice dijo que sí y, según Packer, “quedó cabizbaja de un modo que sugería que era perfectamente consciente de hasta qué punto era inadecuada su respuesta.”

Así se escribe la historia. La guerra de Iraq iba a empezar –algo que hacía meses que se sabía– y el presidente no tenía ni idea de qué iba a ocurrir el día que cayera Bagdad. El núcleo duro del gobierno no quería pedir ayuda a otros departamentos para no demostrar que la decisión de la guerra ya estaba tomada. El impulso ideológico hacia las armas impidió que el país viviera un debate sano sobre si una guerra humanitaria tenía sentido. Los neoconservadores habían criticado Kosovo y Haití. Pero ahora hacían lo mismo a lo grande con una excusa propia: las armas de destrucción masiva. En parte por ese desastre, Obama no ha reivindicado el derecho humanitario para proteger civiles en Siria. Pero la primavera árabe y la guerra de Siria –con el renacer yihadista en Iraq– nunca hubieran ocurrido sin la guerra de Iraq. Así se escribe la historia y así lo cuenta George Packer. ~