Aquiles en el gineceo, de Javier Gomá | Letras Libres
artículo no publicado

Aquiles en el gineceo, de Javier Gomá


Aquiles en el gineceo o Aprender a ser mortal, tiene su apoyo en la extensa y profunda investigación previa que Javier Gomá llevó a cabo en Imitación y experiencia, obra en la que se estudia tanto la acción imitativa como la dimensión metafísica del modelo ejemplar. Aunque supongo que el meollo de su reflexión parte de Ortega y Gasset, no cede sin embargo a sus atractivas y a veces confusas digresiones. La obra de Gomá, por lo publicado y lo que promete, es una reflexión sobre la “experiencia de la vida”, título de Ortega que nunca llegó a darle cuerpo, pero del que se sentía orgulloso. Por otro lado, las ideas de Gomá parecen un doble filosófico de la novela de formación que tanto le interesa: el paso de la subjetividad a la objetividad, de lo absoluto a lo relativo, de la inmortalidad (imaginaria, sin duda) a la mortalidad, o dicho con otras palabras: del gineceo del yo adolescente a la alteridad de la ciudad.

Javier Gomá se pregunta por qué Aquiles eligió entregar su propia vida participando en la guerra de Troya en vez de aceptar la protección del gineceo de Esciros, que lo mantiene ajeno a la experiencia. Nuestro autor parte del mito, de una narración arquetípica y ejemplar porque en su origen se manifiesta una visión de la ejemplaridad, de la excelencia. Aquiles, sabedor de que el oráculo auguraba su heroicidad y muerte si se enrolaba con la armada griega contra Troya, acepta su mortalidad (hijo de Tetis, una diosa, pero también de Peleo, un mortal) y, a cambio, su imagen trascendente: la inmortalidad de su ejemplo. La pregunta de Gomá no está relacionada con una mera curiosidad perteneciente al estudio de los mitos sino con la condición humana, y más exactamente con la asunción de nuestra mortalidad y por lo tanto de aquello que nos es irreductible: la experiencia de la vida, esa que –según Ortega– sólo puede ser mía. En alguna medida, esta obra es un estudio, por momentos de gran belleza y lucidez, sobre la adolescencia: ese tiempo en el que se sufren las negaciones “que surgen en el tránsito de lo meramente potencial a lo actual de la realidad efectiva, siendo la última y mayor de las resistencias la muerte misma”. Gomá denomina también a esta etapa de estética, por oposición (no excluyente) a la ética propia de la madurez que acepta el desafío de la polis. El ciudadano, al abandonar el yo absoluto y potencial de la adolescencia, improductivo, acepta la brevedad de su vida en la acción de la ciudad. La conciencia de sí del adolescente lo muestra como único, mientras que la sociedad le dice que es intercambiable, fungible. Para Gomá, la experiencia de la vida abarca necesariamente este viaje de Esciros a Troya, del yo vivido como un mundo a la resistencia del mundo frente al yo. La ciudad y la ciudadanía son al terreno de lo relativo, pero también el espacio en que tenemos la oportunidad de tener experiencia. Javier Gomá, cuyas descripciones de los procesos psicológicos son admirables, retoma la novela de formación alemana (Tonio Kröger, Peter Camenzind), en este caso El hombre sin atributos, de Robert Musil: “Ulrico –nos dice Gomá– se mantiene existencialmente en la mañana de su adolescencia sin querer evolucionar, fiel al lema de su juventud –“¡vivir hipotéticamente!”– y a la utopía del puro ensayismo, para la que toda realización equivale a una degradación, a una caída en lo fáctico y meramente existente”.

La experiencia de la vida es, en principio, una vivencia de la negatividad en la medida que supone el enfrentamiento del yo a las resistencias de la realidad, y por lo tanto toda experiencia –según Gomá– es experiencia política. Si lo entiendo bien, esto no se contradice con aquello que afirmaba Ortega de que la experiencia de la vida sólo puede ser nuestra, siempre que se entienda que eso nuestro no es privado. La experiencia se da en el estadio de la ciudadanía y por lo tanto, siendo mi vivencia de dicha temporalidad, forma parte de mi dimensión de ciudadano. Quizás Javier Gomá –que a veces conceptúa (sin duda estratégicamente) con alguna vaguedad y en otras delimita tajantemente– exagera al afirmar que “al ser ciudadanos, experimentamos que somos mortales” (y morales): creo que la sospecha de la muerte de los otros (y de la propia) comienza en la infancia y desemboca de manera trágica en la adolescencia, el estadio (por utilizar su vocabulario) en el que nuestra más exaltada subjetividad percibe (y de ahí que sea una “estación violenta”) lo inexorable de la muerte. Gomá introduce otro concepto: el paso del gineceo a la polis supone la aceptación de que somos una fuerza de trabajo: en definitiva, un momento sustituible de la gran cadena de lo social, en la que perdemos “el propio yo para encontrarlo transformado en obras”. Aunque esto es en alguna medida cierto, tanto la teoría como la descripción de la ética del trabajo me parecen algo débiles (habrá que esperar al siguiente volumen de esta obra en marcha) porque no se analiza con suficiente detención la complejidad de la tensión entre individuo y sociedad, que, como apunta Gomá, no tiene que ser de oposición, o al menos no negativa: puede ser una oposición creativa. Sin duda será necesaria una nueva educación de los sentidos (o una poética) que se apoye en la fuerza afirmativa del eros; todo lo contrario –afirmo– de la actual degradación del erotismo cuyos modelos son lo antisocial en la medida que niega el misterio de todo sujeto en una objetividad en la que ha desaparecido la persona. El yo escindido del ciudadano moderno –heredero del romanticismo, como analiza en unas bellas páginas Gomá– supone la negación de la subjetividad en la masa amorfa de lo social. Nos hemos entregado a ser mortales, vivimos sin más allá, finalmente en una compleja relatividad. Tras las absolutas pretensiones totalizadoras de finales del siglo XIX y del XX, Gomá vislumbra un suave relativismo donde el gran “desafío de la cultura política estriba en encontrar el modo de edificar las antiguas instituciones de la eticidad sobre bases exclusivamente finitas”, es decir, sobre los cimientos de “su propia humanidad”, o dicho con otras palabras, en el reconocimiento del hombre en cuanto tal, sin fundamentar su acción en instancias metafísicas. Aquí la invitada es la ética. Fernando Savater hace años que trata de redondear una ética como amor propio (o egoísta); habrá que esperar la nueva obra de Javier Gomá para saber su respuesta a esta tensión entre el yo que se sabe mortal y no quiere renunciar a su estética y la sociedad que demanda (desde dónde, cómo) el deber. ~


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