Anotaciones sobre Hitler y Churchill. Una biografía, de Haffner | Letras Libres
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Anotaciones sobre Hitler y Churchill. Una biografía, de Haffner

Sebastian Haffner, Anotaciones sobre Hitler, traducción de María Esperanza Romero y Richard Gross, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona, 2002, 218 pp.Sebastian Haffner, Winston Churchill. Una biografía, traducción de Rosa Sala Rose, Destino, Barcelona, 2002, 261 pp.

BIOGRAFÍA
Destinos cruzados

Con acierto se ha denominado a Sebastian Haffner (1907-1999) "gran intermediario entre la política, la historia y el público". Gracias a sus columnas para prestigiosos diarios ingleses y alemanes o libros sorprendentes como Alemania: Jekyll & Hyde, Prusia sin leyenda o De Bismarck a Hitler adquirió un lugar distinguido tanto entre los comentaristas políticos como entre los historiadores contemporáneos. Fue un autor polémico, de juicio independiente, con predilección por las afirmaciones tajantes y los juicios arriesgados, si bien siempre incansable defensor de lo que consideraba más justo para todos.
     Poco después de su reciente fallecimiento apareció entre sus papeles una obra inédita, Historia de un alemán; de carácter autobiográfico, Haffner narraba la historia de su juventud bajo el dominio de los nazis así como su exilio a Inglaterra: de "pura raza aria", conservador por naturaleza y, por tanto, sin profesar convicciones políticas "de izquierda" ni hallarse perseguido, de sobra advirtió dónde estaba su puesto y dónde el enemigo: "algo comenzó a oler mal en toda Alemania". Fue entonces cuando se exilió a Inglaterra, desde donde combatió el régimen de Hitler con escritos acusadores.
     Después de la Segunda Guerra Mundial, en una Europa dividida en dos bloques siempre en tensión, la cosas no estaban tan claras como durante la contienda; el audaz periodista no dudó en criticar ocasionalmente algunas actuaciones del gobierno de la República Federal ni tampoco en verter algún elogio en favor de la República Democrática. Sus enemigos acusaban a Haffner de falta de fiabilidad dados sus —a menudo— radicales cambios de opinión; con todo, revelaba con ello más bien la equidad innata del buen abogado que aborda los distintos casos desde varias perspectivas antes que la veleidad del oportunista; bastará recordar que Haffner había estudiado leyes y que precisamente abandonó el Tercer Reich por negarse a trabajar para los tribunales de Hitler.
     Una claridad contundente junto a una argumentación cautivadora son las dos características principales de su estilo. La precisión periodística ligada a la celeridad de su intuición fueron las marcas típicas de sus columnas, aplicadas asimismo a sus libros que, exentos de retóricas o meandros argumentativos, atrapan desde los primeros párrafos y pueden leerse de un tirón.
     Anotaciones sobre Hitler (1978) es una obra que Haffner escribió ya en su vejez, y que constituyó uno de los mayores éxitos de su carrera. De inmediato se convirtió en un fulgurante best-seller en Alemania, y, además, actualmente la edición de bolsillo se reimprime sin cesar. Y no es para menos, pues si hay un libro que descubra sin ambages y con elogiosa concisión quién fue Adolf Hitler y de qué clase son los actos que perpetró, es éste. La intención de Haffner fue evidentemente informativa y clarificadora, y ello en una época en la que en Alemania reinaba un enorme desconcierto acerca de la verdadera imagen del dictador. En parte por desconcierto y en parte por frivolidad, muchos jóvenes se sentían atraídos por la figura de aquel supuesto estadista, fuerte y decidido, que quiso restaurar el honor de Alemania, humillada en Versalles, y convertirla en primera potencia mundial. Haffner pone toda su energía argumentativa y moral al servicio del desmontaje de cualquier ilusión acerca del líder nazi: poco a poco, a lo largo de estas espléndidas doscientas páginas, van cayendo sin remisión las sucesivas capas que cubren de apariencia la realidad del monstruo; se esfuma el oropel y aparecen el profundo vacío personal junto a esa carencia absoluta de personalidad características del ser menguado que Hitler fue en realidad. Ni el "conductor" de la Patria ni el gran estratega y político, sino el mayor genocida de la historia.
     Ya desde las primeras páginas, Haffner nos presenta a un ser repugnante en lo personal, morbosamente inclinado al suicidio, pero que lograría dar sentido a su vacía existencia al colmarla con dos obsesiones prioritarias: la guerra —en su versión total y más destructiva— y el odio a los judíos. Hitler poseía la fuerza de voluntad de los psicópatas, y gracias a ella sedujo y dominó a los alemanes, que, hastiados de los desórdenes de Weimar, ahítos de propaganda, creyeron en las patrañas nacionalistas que tan bien supieron difundir los nazis.
     Haffner determina las sucesivas etapas del acoso y derribo de Alemania por parte de aquel líder fanático, cuyo único logro fue elevar la arbitrariedad y el caos a sumos legisladores de la nación. Hitler atrapó a millones de personas en la maquinaria de un sistema totalitario colectivista y populista, que Haffner distingue del fascismo italiano asemejándolo más bien a las dictaduras proletarias encaminadas a machacar cualquier brote de individualismo e iniciativa personal. Discute, así, que el régimen hitleriano fuera hijo único de "la derecha"; más bien aduce que se trató de un engendro político de vaga filiación cuyos hilos manejaban poco menos que retrasados mentales, de sensibilidad atrofiada y bestial.
     Frente al siniestro Hitler, la figura del apasionado Winston Churchill se alza diáfana y atractiva. La biografía del primer ministro inglés es de extraordinaria amenidad y su atmósfera, menos asfixiante que esa otra que rodea a Hitler, tan teñida de sangre. De inmediato seduce al lector la personalidad del joven noble —descendía del duque de Malborough y era hijo del célebre político lord Randolph Churchill—, de temperamento rebelde, genial y un tanto desmesurado en sus actos espontáneos e intuitivos. Pésimo escolar, halló su destino, sin embargo, en el ejército y la política, ámbitos donde enseguida brilló por su audacia. Pero, además, al alejarse de la presión de las instituciones pedagógicas, afloró su inteligencia y se convirtió en escritor autodidacta: nos legó recuerdos de campañas militares, ensayos históricos y memorias, y en 1953 obtuvo el Premio Nobel de Literatura. Obviamente, carece de comparación con el megalómano dictador nazi.
     Haffner sí compara a los dos, ante todo, desde el punto de vista de su anacronismo: ambos se asemejaron a antiguos señores de la guerra, y a su modo eran tercos y extremos. La diferencia más evidente estribó no obstante en sus disímiles actitudes frente al bien y el mal. Churchill era conservador y vehemente en la lucha. Orgulloso de pertenecer al Imperio Británico y de observar sus tradiciones, no escatimaba epítetos a la hora de denostar a los enemigos de su patria. Si hubiera tenido poder para ello, también habría declarado la guerra a la Rusia bolchevique; el odio que sintió siempre hacia personajes como Lenin o Trotski sólo lo superó el que profesó a Hitler, a quien llegó a denominar en alguno de sus discursos "aborto canceroso", amén de otras lindezas por el estilo. En el fondo, lo tenía también por una especie de "revolucionario" especialmente chulo y cruel. Ahora bien, era una necesidad de justicia la que encendía su ira; siempre creyó que las guerras debían emprenderse cuando eran necesarias —y lo eran, por desgracia, en muchas ocasiones—; una vez declaradas, debían excluirse las vacilaciones y actuar con suma contundencia. Sólo un hombre así —argumenta Haffner—, con voluntad de acero, pudo cruzarse con éxito en el destino del férreo autócrata: "Sin Churchill, Hitler habría vencido". Aquél exigió a su acomodada nación grandes sacrificios —"sangre, sudor y lágrimas"— y, además, logró convencer a los norteamericanos de que debían participar en la extinción del nazismo. Sólo entonces comenzó a oscurecerse la estrella fugaz de Hitler y a cimentarse la salvación de Europa. El periplo vital que condujo a Churchill hasta los años gloriosos de 1940 y 1941, cuando se decidió el destino de Europa, es el que Haffner nos narra con singular viveza. ~