Anatomía de un instante, de Javier Cercas | Letras Libres
artículo no publicado

Anatomía de un instante, de Javier Cercas

Con Anatomía de un instante, Javier Cercas nos ofrece una obra muy diferente de su Soldados de Salamina. En el punto de encuentro de la investigación histórica, el reportaje y el ensayo, presenta un estudio anatómico de los procesos que se cruzaron a las seis y veintitrés minutos de la tarde del 23 de febrero de 1981 dentro del Congreso de los Diputados, en ese instante que estuvo a punto de dar al traste con una frágil y recién inventada democracia. En el epílogo que sirve de prólogo, sí, en el epílogo que sirve de prólogo al libro, Cercas nos cuenta el sorprendente itinerario que le lleva por su parte de intentar primero escribir una novela en torno al 23-F a asumir finalmente que la ficción resulte absorbida por la realidad. Un fracaso, piensa. “El propósito de las páginas que siguen –explica– consiste en dotar de una cierta dignidad a ese fracaso. Esto significa de entrada intentar no arrebatarles a los hechos la fuerza dramática y el potencial simbólico que por sí mismos poseen, ni siquiera su inesperada coherencia y simetría y geometría ocasionales; significa asimismo intentar volverlos un poco inteligibles, contarlos sin ocultar su naturaleza caótica...” Ese intento lleva a Cercas a sumirse en las abundantes documentación y literatura disponibles sobre el 23-F, con el objeto de someter ese material a un análisis minucioso y a una reflexión casi siempre esclarecedora.

Muchos elementos del libro nos son conocidos. Cercas asume la responsabilidad de integrar en su relato multitud de episodios que ya nos han sido narrados una y mil veces: los intentos de Alcalá-Galiano y de Aramburu por someter a Tejero, la conversación de éste con Armada, el rechazo del Rey a que el protagonista efectivo del golpe tenga el aval de encontrarse en la Zarzuela, las dudas de Juste en la Brunete. Tampoco supone novedad alguna destacar la importancia del mensaje del Rey por televisión o el papel crucial desempeñado por Sabino Fernández del Campo. Pero sería engañoso creer por ello que la aportación de esta Anatomía es irrelevante. El autor lo asume de entrada: ha intentado contar los hechos “con toda la inocencia de que sea capaz, como si nadie los hubiese contado”.

Inocencia sí, pero confianza no. Cercas insiste en una buena costumbre que va proliferando por fortuna. La transparencia del relato se hace compatible con la expresión de dudas en momentos mal documentados y, llegado el caso, con el planteamiento de hipótesis interpretativas encontradas. Ello sucede en el caso particularmente sensible de la intervención del CESID en la preparación y el desarrollo del golpe. Rechaza en consecuencia las visiones terminantes que sobre la cuestión introducen otros autores como Jesús Palacios. A la vista de la intervención clamorosa de un grupo del CESID en los sucesos, Cercas prefiere formular dos preguntas: “¿Fracasó el CESID en su misión de informar y prevenir al gobierno? ¿O no fracasó y no previno al gobierno sobre el 23 de febrero?” Una tercera sigue en pie: “¿participó el CESID en el golpe de Estado?” La participación de una serie de hombres del CESID, incluso en el desarrollo de la ocupación del Congreso, era innegable, pero el papel del comandante Cortina sigue en la sombra, aun cuando los datos disponibles permitan a Cercas adelantar su opinión de que “es muy probable” que Cortina, y de este modo los servicios de inteligencia, estuvieran en el golpe, convirtiéndose “en una especie de ayudante de Armada”.

En cambio, el papel del Rey recibe una iluminación considerable, y a veces inmisericorde, a diferencia de la visión tópica de un monarca cuya única actuación consiste en frenar el golpe con su mensaje televisado. Sin negar su importancia, Cercas sitúa a Juan Carlos I, como al psoe, entre quienes de forma inconsciente y por la prioridad otorgada al acoso y derribo del Presidente Suárez, contribuye a preparar el terreno para un gobierno de concentración presidido por un militar, con toda probabilidad Alfonso Armada. Esta interpretación se apoya en las numerosas entrevistas con políticos y militares que desde fines de 1980 celebra el Rey, expresando críticas acerbas contra quien antes había sido juzgado como protagonista de la construcción de la democracia y estimado incluso personalmente. El momento álgido es el de la brutal despedida cuando Suárez le presenta una dimisión, que admite de inmediato sin siquiera agradecerle los servicios prestados. La escena se cierra con la entrada en el lugar de la entrevista de Fernández Campo. En este punto, dejemos la palabra al escritor. El Rey “se limitó a llamar a su secretario, el general Sabino Fernández Campo, y a decirle en cuanto entró en el despacho, mirándole a él pero señalando a Suárez sin caridad: ‘Éste se va’”. El sobrecogedor episodio hubiera requerido una mención de fuente, ya que de ser auténtico nos encontraríamos ante un comportamiento digno de la estirpe de Fernando VII, congruente con el borboneo desplegado contra Suárez en meses precedentes.

Por eso resulta compatible afirmar de un lado que el Rey no fue el promotor del golpe, ya que de ser así el triunfo del mismo era seguro, y que en cambio lo paró, porque era el único en condiciones de hacerlo, y subrayar a continuación que el comportamiento regio estuvo lejos de ser irreprochable. “Como casi toda la clase política –resume–, en los meses previos al 23 de febrero el Rey se comportó de forma como mínimo imprudente y –porque para los militares él no era sólo el jefe del Estado, sino también el jefe del ejército y el heredero de Franco–, mucho más que la de la clase política, su imprudencia dio alas a los partidarios del golpe. Pero el 23 de febrero fue el Rey quien se las cortó”.

¿Imprudencia o malos usos heredados al servicio de una prioridad absoluta: conservar la Corona? Recordaré la anécdota que el propio monarca me refirió en julio de 1988. El príncipe Felipe, aún niño, le habría preguntado por lo que estaba pasando y Juan Carlos le contestó: “Nada, hijo, que he dado una patada a la Corona, está en el aire y ya veremos dónde cae”. La obtención de la Corona había sido antes la clave para aceptar la prestación del juramento en las Cortes que supuso su plena aceptación del régimen franquista. Y tal vez la ambigüedad derivada de esa preferencia siguió aleteando sobre la cabeza del monarca aquella noche. Después de muchas discusiones, el Rey autorizó la visita de Armada al Congreso, y la cláusula de cautela advirtiéndole que en modo alguno utilizase su nombre y se limitara a intentar la liberación de los diputados resultaba insuficiente a todas luces, ya que la simple presencia de Armada en el hemiciclo le hubiera convertido ante los diputados en enviado del Rey. Y Cercas añade, mediante una cuidada lectura del mensaje televisado, que amén de la inequívoca defensa del orden constitucional, “sus palabras constituían una condena del golpe de Tejero, no necesariamente una condena del golpe de Armada”. Luego, como sabemos, la lealtad de Tejero a sus principios franquistas deshizo toda posibilidad de éxito al intento.

Cercas piensa que el Rey ignoraba en un primer momento el papel de su general preferido, lo cual choca con la versión que nos confió aquella noche de julio de 1988, aludiendo a la reina que habría exclamado al conocer la ocupación del Congreso: “¡Esto es cosa de Alfonso!”. De cualquier forma, los sondeos ante los capitanes generales tras el alzamiento de Miláns en Valencia no le permitían a Juan Carlos demasiado juego. En algún momento, hubiera tenido que limitarse a advertir a Gabeiras de que no dejase las cosas en manos de Armada, pero era difícil resistir a la tentación de utilizarle como último recurso para evitar una tragedia en el Congreso y admitir que salvase como fuera la situación. Ahora bien, en modo alguno el Rey era un enemigo de la democracia ni un nostálgico del franquismo. Por algo le desagradó a Armada la rigurosa adhesión al orden constitucional que presidiera el mensaje.

Conclusión: un golpe militar fallido, pero que estuvo en varias ocasiones a punto de triunfar, surgido de una placenta civil. No deberían ser idealizados a posteriori los comportamientos de aquella noche. De ahí que Cercas se fije en las tres personalidades políticas que ante el acto de Tejero se jugaron las vidas por el honor, negándose a esconderse ante los disparos de los guardias: Suárez, Gutierrez Mellado y Carrillo. Héroes de la retirada, al fin de sus respectivas carreras políticas, según la terminología creada por Hans Magnus Enzensberger. No sólo héroes políticos, sino héroes morales, cualesquiera que hubiesen sido sus trayectorias anteriores. De las tres semblanzas abordadas por Cercas, la de Suárez es sin duda la más sugestiva, al proporcionar un convincente cuadro explicativo de su transfiguración, de tahúr provinciano de la política del último franquismo en guardián de la dignidad democrática amenazada en esos inicios de 1981 desde todos los ángulos del espectro político, militar, y añadiríamos, cultural (recordemos la abundante literatura del “desencanto”). Ese “dudoso profesional del apaño y la negociación”, guiado tal vez por la preocupación obsesiva por la propia imagen, acaba convirtiendo su derrota política en emblema de la resistencia democrática. Fue algo más que un remake del general Della Rovere. La semblanza de Carrillo es más blanda, como si Cercas se dejara ganar por la imagen que el viejo líder comunista traza de sí mismo, renunciando a indagar en las zonas de sombra y como ya viene siendo habitual, ignorando que en la pirámide del mando comunista en el otoño de 1936 se encontraba Victorio Codovilla, lo cual permite a su vez fijar la posición del joven político en aquellos momentos de plomo. El trato comparativo con Suárez se hace así injusto para éste. Tampoco añade mucho la tercera semblanza, correspondiente al general Gutiérrez Mellado, precisa en cuanto a su papel en la democracia, pero sin explicar el itinerario seguido por quien fuera activo participante en el bando franquista hasta convertirse, un tanto al modo de Suárez, en figura emblemática del nuevo ejército al servicio de la democracia.

Muy bien escrito, esclarecedor en muchos puntos y en la percepción general del acontecimiento, el libro de Javier Cercas nos deja además una útil recomendación: que se proyecten de una vez en su integridad los treinta y cuatro minutos filmados por las cámaras de la televisión sobre el tejerazo. ~

 


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