Anatomía de la obra de arte | Letras Libres
artículo no publicado

Anatomía de la obra de arte

Santiago García y Javier Olivares

Las Meninas

Bilbao, Astiberri, 2014, 185 pp.

Las Meninas comienza con una cita de Gracián y termina con otra de Foucault. Una habla de la persuasión, la otra de la distancia. Dos ensayistas abren y cierran las puertas de un cómic absolutamente ambicioso, tanto en su guión y estructura narrativa como en las magistrales soluciones de dibujo, color o composición. Es decir: estamos ante un tour de force con la palabra, con la historia, con la pincelada, con lo visual, con la creación artística, y no obstante el libro empieza y concluye con la invocación de dos pensadores. ¿Por qué? Tal vez porque la teoría está en la base del proyecto, y amplifica su alcance con su fuerza: lo hace trascender.

Dos filósofos que reflexionaron sobre la apariencia y la esencia: sobre el problema de la verdad. En Las palabras y las cosas Foucault convierte la obra maestra de Velázquez en una metáfora de cómo, tras el descubrimiento de América, el conocimiento comienza a plantearse como una construcción paradójica, como un juego de espejos, pues las aventuras de Colón y de quienes lo siguieron en la exploración y conquista del territorio americano estuvieron llenas de frustrantes relaciones con los vínculos que, supuestamente, unen la predicción con la comprobación, lo esperado con lo encontrado. El cuadro es una máquina de conocimiento. Tal vez el mejor ejemplo para entender el cambio de paradigma que ocurrirá entre los siglos XVII y XVIII. Y no solo inspira el contenido del cómic, es también el modelo de su forma.

Gracián y Foucault, el guionista y el dibujante, el lector y las páginas que lee fascinado: la obra se articula a partir de binomios y, sobre todo, de conflictos. Cuando se reconstruye, parcialmente, con elipsis siempre pertinentes, la vida de Velázquez, vemos cómo el relato se va centrando alternativamente en la relación del pintor con su esposa y, después, con su amante; en su amistad con el Rey o con sus maestros o con sus ayudantes o discípulos. En el centro de todo están sus dos visitas a Ribera, en un lapso de veinte años. Esos diálogos son los de mayor magnetismo del cómic. En el primero brilla el fuego; en el segundo, se apaga la muerte. Los dos genios colisionan como dos asteroides; pero se entienden en lo esencial, como dos viejos amigos. Ese encuentro en vida tiene sus ecos en el resto de encuentros post mórtem que el libro va sintetizando, entre artistas de épocas posteriores y la obra maestra. Parejas en que el protagonista invisible es el cuadro y los antagonistas explícitos, artistas que se enfrentaron a su herencia. La posteridad se articula, por tanto, como encuentros dialécticos que van constituyendo eslabones de la tradición. Pasos del testigo con toda la tensión y la violencia de una carrera de fondo. En la página 94, por ejemplo, un Pablo Picasso en la penumbra, la cara y el cuerpo llenos de luces y sombras, nos dice mientras versiona Las Meninas: “La batalla continúa.”

Las Meninas de este 2014 es un ensayo sobre los procesos creativos y sobre la tradición artística, en relación siempre con la política, con el poder, con la industria. No se trata de recorrer solo la biografía del pintor y la obra que lo sobrevive, sino de interpretarlos a través de la reflexión y de la ficción. Para ello se utilizan la épica, la lírica, el drama, el folletín, la comedia, las ideas: como en los cómics de Chris Ware o de Art Spiegelman, estamos ante una auténtica novela gráfica. Porque es “novela” la palabra que mejor define la estructura narrativa y ensayística de esta sofisticada investigación en la historia del arte y en los mecanismos creativos. Mecanismos que no solo atañen a Velázquez y a quienes siguieron su camino, sino también a quienes siglos más tarde sostienen que la historieta es un instrumento de conocimiento, un bisturí tan válido como el ensayo filosófico, la serie de lienzos o la obra de teatro para realizar una anatomía de la creación.

Si dejamos a un lado los epígrafes, pues son solo palabras, Las Meninas comienza con la muerte del rey y con una pregunta retórica (“Apunta, una pintura de cuatro varas y medio de alto, y tres y media de ancho con su marco de talla dorado / ¿Cómo se llama?”) que permite reflexionar después sobre cómo las cosas escogen sus nombres, o cómo cuando se vuelven populares, las obras abrevian su título para hacerlo próximo, familiar (La Celestina, el Quijote, Las Meninas). El cómic concluye con una doble página alucinante que resume todo lo que hemos leído (toda la novela gráfica, todo el tebeo, toda esta obra de arte que habla de esa gran conversación que es el arte), donde se ve a Velázquez en primer plano, mirando su obra maestra invisible y mirándonos a nosotros, que somos observados a la vez por hasta otras doce miradas simultáneas, las de Goya, Picasso, Buero Vallejo, Foucault, Dalí, otros personajes del libro y los propios autores, al fondo. Santiago García y Javier Olivares. En el cuadro original hay once personajes. Ellos dos son los dos en discordia. Han estado en cada viñeta, pero solo ahora se revelan. ¿Nos miran a nosotros o miran al cuadro? ¿Somos nosotros el lienzo, la obra maestra? Nosotros: en el lugar de Las Meninas. Nosotros: parte, durante lo que dura el hechizo de esta lectura, de una conversación de miradas que dura ya tres siglos y medio y que no tiene visos de terminar.~