Algunas letras de Francia, de Adolfo Castañón | Letras Libres
artículo no publicado

Algunas letras de Francia, de Adolfo Castañón

La obra crítica de Adolfo Castañón es la de un verdadero lector. Cualquiera que abra por primera vez algunos de sus libros (Arbitrario de la literatura mexicana o Por el país de Montaigne, por situarnos ante dos de sus mejores contribuciones) no tarda en percibir que quien escribe lo hace desde el placer de la lectura, aunque sea, en ocasiones, para disentir en algún aspecto. Se trata de un crítico que ha sido durante muchos años editor y nada menos que en el Fondo de Cultura Económica, esa Babel en la que nos hemos educado en parte casi todos los lectores de lengua española. También ha sido traductor y como tal cuenta en su haber Después de Babel, de George Steiner. Ya tenemos algunas de las palabras claves: crítica, placer, Babel, lo que equivale a decir que en Castañón el gusto por la lectura y la necesidad de dar cuenta crítica de ella es una tarea inagotable. Algunas letras francesas reúne varios de los ensayos y notas que su autor ha dedicado a la literatura de lengua francesa. México, como Argentina, como buena parte de Hispanoamérica, ha tenido un lado afrancesado, como también ha ocurrido entre nosotros. Tanto en el caso argentino como mexicano, en buena parte del siglo XX este interés ha sido paralelo a la inclinación por la lengua y literaturas inglesas. Lamentablemente, ya quedan pocos afrancesados en nuestra lengua, pero Castañón compensa un poco este desequilibrio siguiendo la tradición de Alfonso Reyes, Octavio Paz, Juan José Arreola y la del propio prologuista, José de la Colina.

De la Colina señala que esta colecta tiene la unidad que le otorga la mirada del crítico, cuyas elecciones son un “diálogo imaginario”. La apelación a lo imaginario supone no tanto que existan obras y un lector, como que ese lector construya, sin saber bien cómo, un mundo. Un término más cargado de pathos sería fatalidad: uno acaba escogiendo aquello que finalmente lo escoge a uno. Creo que esto se ve más en las lecturas foráneas de Castañón que las que pertenecen a su ámbito patrio. Hay en éstas, en ocasiones, una necesidad sociológica, de diseño panorámico que, si bien perfila al posible historiador de la literatura, desdibuja al lector más placentero cuyas elecciones, tocadas por una subjetividad que no renuncia a la reflexión, son más interesantes. ¿Por qué? Por lo que he dicho antes: si Castañón es un verdadero lector, todo lo que esté elegido por ese lector y no por el otro, el historiador, será, a mi modo de entender, más interesante para los que mantenemos o queremos mantener un “diálogo imaginario”, o dicho de otro modo: el diálogo de la imaginación. Pero la imaginación suele tener un territorio, aunque se desplace, y en este caso es México. Adolfo Castañón lee con un cierto apoyo en y desde México, y en este sentido la imaginación se territorializa, echa de vez en cuando un ancla en la biografía compartida de la nacionalidad.

Como Castañón no está tocado por la crítica textual como disciplina científica de la lectura, suele introducir anécdotas, digresiones y retratos de los autores que sin duda nos ayudan a comprender mejor las obras. Y si no se logra siempre este objetivo, al menos nos divierten. Citaré a algunos de los autores más significativos en este libro: Montaigne, Maurice Blanchot, Léon Bloy, André Breton, Roger Caillois, Chamfort, Huysmans, Michel Leiris, Malraux, Louis Panabière, Perse, Raymond Russel, Marcel Schwob… En una ocasión junto con el comentario se nos da un diálogo, no imaginario, con el autor: Jean-Paul Aron, quien publicó un libro sobre la cultura occidental, sobre todo la francesa, desde 1945, Los modernos. Ahí se pintaban, desmitificándolos, los excesos teóricos y la relaciones ancilares de los autores con sus productos ideológicos. Una visión cáustica que levantó ronchas en sus días y que quizás haya llevado a cabo, en un sentido más riguroso, Marc Fumaroli en las dos últimas décadas. Pondré ahora un ejemplo de retrato, el de Léon Bloy: “príncipe desterrado de este mundo. Católico a ultranza, escribió cuentos, novelas, e innumerables páginas de un Diario estremecedor donde se ve al autor, entre otras cosas, luchar cuerpo a cuerpo con los demonios que le impiden escribir, que lo empujan y orillan a escribir”. Pero no nos habla de este diario sino de una obra algo atrabiliaria (y que dio que hablar) de Bloy: El revelador del Globo, es decir, Cristobal Colón. Breton no aparece como el autor de obras que pudieran suscitar una y otra vez la lectura sino como “el autor de una o varias bibliotecas”, es decir, como un lector que relacionó de manera brillante e inusitada mundos poéticos y que inspiró en definitiva libros como La historia del surrealismo de Maurice Nadeau, De Baudelaire al surrealismo de Marcel Raymond, Las máquinas célibes de Michel Carrouges y El arco y la lira de Octavio Paz. Las cuatro elecciones de Castañón delatan su gusto y no puedo sino sumar un sí fervoroso. ¿Por qué no recomendarán los profesores universitarios estos libros? Sin duda podrían convertir a la lectura a más de un alumno. El texto sobre Caillois podría leerse junto con el discurso de acceso a la Academia Francesa, de Marguerite Yourcenar, que versó sobre el autor de La escritura de las piedras, quien le precedió en su silla. Para ambos autores la exactitud de la descripción formaba parte no sólo de su poética sino de su epistemología. Para Castañón es reveladora en Caillois “la insistencia neoplatónica en reconocer la impronta del logos en la materia, el ideograma en el cuerpo, el signo en la conducta de cristales, vegetales y animales”. Veamos ahora a Chamfort, ya que hablamos de Academia y heterodoxos: “ser académico y recibir una pensión del rey no fueron obstáculos para su lengua, una guillotina que iba decapitando reputaciones por los salones de Francia”. Este hombre de libros, inmerso en un laberinto de libros que son diálogos siempre con vivos, nos descubre a posibles interlocutores o gracias a sus homenajes, como el que hace a su amigo Louis Panabière, nos incita a una lectura posible y que nunca hicimos. En el artículo dedicado al olvidado Jean Paulhan, el gran hombre de la NRF, hay una frase brillante, dedicada a todos esos poetas malditos “pero sin misterio” y que podemos ampliar a tanto autor de naderías que van sobre esforzados pedestales y a los que Castañón define así: “rumiando su cólera en las atestadas salas de espera de la posteridad”.
Bien, este libro está escrito desde la soledad poblada de un lector a la altura de lo leído. ~