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artículo no publicado

Aguafiestas

Jordi Gracia

El intelectual melancólico. Un panfleto

Barcelona, Anagrama, 2011, 104 pp.

 

Buena parte de la obra ensayística de Jordi Gracia –sobre todo tres de sus libros: La resistencia silenciosa, Estado y cultura y A la intemperie. Exilio y cultura en España– podría adscribirse a lo que los británicos llaman whig history: una visión de la historia según la cual esta avanza siempre en dirección a una mayor democratización, una tolerancia creciente y una imparable liberalización de las costumbres y la cultura. Es cierto que los británicos utilizan a veces esta etiqueta con un poco de desdén, como si esta percepción del pasado encerrara una cierta ingenuidad, pero también lo es que Gracia, en su estudio de la cultura española desde el franquismo para acá, ha tenido muy buenos motivos para el optimismo. Como demuestran sus libros, ya mediada la dictadura la cultura españolaavanzaba hacia el liberalismo a pesar de las condiciones políticas, y en las últimas décadas la producción literaria, filosófica y periodística de España no ha hecho más que ir convergiendo paulatinamente con la del resto de los países democráticos europeos. Frente a la percepción generalizada de que la cultura española está tan lastrada e incapacitada por nuestro pasado como todo lo demás, Gracia se ha tomado la molestia de explicar por qué, al menos en la segunda mitad del siglo XX, esto no ha sido así, o no enteramente. Es cierto que a día de hoy no tenemos una virguería de cultura, pero sí una cultura normal de democracia mediana.

Llegado a este punto en su reconstrucción de la historia cultural española, Gracia se ha topado con algo que parece incongruente con nuestra actual y razonable normalidad: el intelectual melancólico. O, por decirlo con menos elegancia, el hombre –porque suele ser un hombre– cercano a la vejez, bien instalado económicamente –en la mayoría de casos porque es funcionario de la universidad–, que puede difundir sus ideas en libros y periódicos y que, pese a todo ello, ha decidido que el mundo actual, y en particular su cultura, son un asco. El intelectual melancólico cree –y afirma siempre que puede– que las cosas eran antes mejores,que la política era noble, los muchachos escuchaban a los sabios con reverencia y las ideas eran respetadas incluso por los analfabetos. Ahora, en cambio, los adolescentes están idiotizados por Facebook, los nuevos profesores son estúpidos “lectores de lapeor bazofia literaria del mercado [que] cometen faltas de ortografía en la pizarra” y, en definitiva, quienes hoy consiguen “audiencias grandes o impactos culturales abrumadores” son insoportablemente vulgares.

A diferencia de las obras anteriores de Gracia, El intelectual melancólico es un panfleto, como se reconoce ya en la portada del libro, y no un ensayo, y por lo tanto está movido por el mal humor y no por la erudición. Sin embargo, es quizá el mejor libro que yo haya leído contra esa generación deintelectuales españoles que, después de la llegada de la democracia, tuvieron la posibilidad de ejercer su trabajo en libertad y bastantes comodidades pero que, al no lograr todo el reconocimiento público que creían merecer –o, en algunos casos, aun cuando lo lograron– decidieron que el mundo es un inmenso error y las nuevas generaciones una inmensa estupidez. Confundieron, como quizá han confundido siempre las viejas élites al verse desplazadas del escenario central, sus apocalipsis personales con los apocalipsis colectivos. “Muchos de ellos encarnan hoy las múltiples variantes del éxito, pero demasiadas veces escriben desde el resentimiento y son escuchados como príncipes valientes contra el envilecimiento moral y cultural de nuestra sociedad. La melancolía se ha adueñado de ellos porque nada está siendo como debería y, para empezar por lo inmediato, las cifras de ventas de sus libros suelen estar lejos de las escandalosas cantidades que manejan otros; unas veces más jóvenes, otras insolentemente más jóvenes y, por lo general, a sus ojos, semideficientes o puros indigentes intelectuales.” Ahora bien, estos intelectuales melancólicos que se quejan del pésimo estado de la cultura no quieren recordar que han sido en buena medida ellos quienes han creado, a lo largo de los años, con el desempeño de cargos influyentes y con un práctico monopolio de los medios y las universidades, esa cultura. Los errores siempre son de los demás

Gracia sabe, como buen whig, que en general, y sobre todo en España, cualquier tiempopasado fue sustancialmente peor. Por eso, aunque él mismo reconozca que de vez en cuando le asalta también esa melancolía intelectual –se desespera al ver cómo sus hijos aporrean el teclado en las redes sociales y entonces corre, dice, a leer algún sesudoensayo “de Ferlosio, si es posible” para calmar su alma– ataca el que quizá sea el mayor defecto imaginable en un intelectual: no solo su incapacidad para entender su tiempo, sino su progresivo desinterés por él. Y eso, y aquí Gracia es magistral, no puede sino deberse a que esos viejos intelectuales nunca llegaron a entender los clásicos que ahora lamentan que no sean leídos por los jóvenes. Porque si siguieran recordando las enseñanzas de Marco Aurelio, de Montaigne o de Plutarco, sabrían que la naturaleza de las cosas es, precisamente, la mudanza, la transformación, la pérdida de la influencia y la llegada de nuevas generaciones que en mayor o menor medida le darán la vuelta al legado recibido. Esa fue la lección de los humanistas, y en eso consiste la vida, la intelectual y el resto de ella. Lo cual no significa necesariamente que las cosas vayan a mejorar. La buena noticia es que eso depende por entero de lo que los vivos decidamos hacer con el mundo. La mala es que siempre existirán quienes crean que, si el mundo no es como ellos creen, o no les beneficia en la medida que ellos consideran, es porque se ha convertido en una porquería.

Y una cosa más: quienes hemos tenido la suerte de leer este libro siendo relativamente jóvenes debemos guardarlo y releerlo dentro de treinta años. El riesgo de que también nosotros nos convirtamos en intelectuales melancólicos, me temo, va con el oficio. Y hay que evitarlo a toda costa. ~