LETRASUna generación de hombres solos | Letras Libres
artículo no publicado

LETRASUna generación de hombres solos

Me han sugerido que escriba un artículo para una revista literaria y nunca he escrito uno. Tampoco los he leído. Compro un ejemplar para enterarme de qué va la cosa y me encuentro con gente de letras que sabe moverse en un terreno que desconozco. Me viene a la memoria la frase de mi profesor de periodismo que me decía: "Vos nunca vas a ser periodista porque no escribís para los demás sino para vos mismo." No soy hombre de letras, sino apenas un aprendiz de cuentista —o de cuentero, como gusta de corregir mi amigo Felipe—. ¿Cómo es un hombre de letras?, pienso. Revuelvo en mi memoria y me encuentro con las historias que escuché tantas veces acerca de aquellos grupos de escritores que vagaban por los cafés de la época cuando aún eran jóvenes. Me era agradable imaginarlos algo ebrios, saliendo del último bar a la noche fría, armándose, entre risas, de abrigos y de bufandas. De a poco el grupo se iría desarmando —la charla más interesante sería siempre la última, cuando sólo dos quedaran— y los integrantes se retirarían a sus respectivos altillos: habitaciones frías e inhóspitas con cama simple y escritorio. Durante mucho tiempo supuse que eso debía estar pasando en alguna parte y que yo me lo estaba perdiendo. En algún bar de alguna ciudad, los escritores de mi generación, aún ilustres desconocidos, debían estarse encontrando a intercambiar impresiones acerca del mundo y la literatura. Hoy sé que esos grupos no existen. Tenemos la tendencia a mirar hacia el pasado, hacia las formas en que las cosas ocurrieron en el pasado, para dar con nuestras formas, lo cual no está nada mal, mientras no olvidemos que las formas, indefectiblemente, habrán de ser otras.
     Esos grupos hoy no existen y las razones de que ello ocurra deben buscarse fuera del universo literario. No existen como no existen las tertulias en los bares ni las revistas de cambiar el mundo. Ya no hay héroes en nuestros días. Despertamos de las utopías para encontrarnos solos. ¿Quién puede hablar hoy de izquierdas y de derechas? Ya no hay genios en nuestros días. Se necesita de la fe de las personas para que un genio exista, y las personas la han perdido. Hubo escritores comprometidos que extraviaron sus voces en nombre de alguna causa. Hubo otros, escandalosos, que hoy resultarían más bien somníferos. Hubo algunos que apelaron a la asepsia: prolijas ingeniosidades que, personalmente, preferiría ver colocadas en un tratado o en un ensayo.
     Hombres de letras, vuelvo a pensar, y como si me pusieran un espejo enfrente me encuentro de pronto conmigo, sentado frente a esta máquina y apartando por un día las historias que acuden a mi cabeza, y que me obligan a practicar este oficio inútil por el que hay que dejar casi todo esperando casi nada. Y una voz me dice al oído que tal vez no sea más que eso, una generación de hombres solos que en el juego de las verdades ya no quiere defender ninguna, que no las enfrentarán en bandos enemistados, porque las historias no se enfrentan, sino sólo los torpes argumentos con que se las ataca y se las defiende.
     Ya no hay ideas que defender, sino esta insistente manía del papel y las palabras. Su ejercicio, solitario, seguirá ocurriendo solo, sin escuelas ni cafés, sin ninguna pertenencia. Cada cual en su habitación conocerá o no a sus demonios, y no podrá hablar de ellos sino en el único idioma que no afirma ni cuestiona: el de las historias. Y de pronto recuerdo que esto era un artículo para una revista literaria, y decido terminarlo y enviarlo así, sin correcciones; sin mirarlo siquiera. Como si nunca hubiera ocurrido. Nada de nada. Nunca nada. ~