Leñero: ochenta años de fecundidad | Letras Libres
artículo no publicado

Leñero: ochenta años de fecundidad

Quien mucho abarca, poco aprieta, dice la sabiduría popular. El talento polimorfo de Vicente Leñero desmiente este refrán, pues a pesar de haber incursionado en múltiples géneros (la novela, el cuento, el drama, la crónica, el guión cinematográfico) en todas sus facetas ha dejado obras importantes, y los secretos del oficio narrativo que aprendió en su juventud le sirven con frecuencia para renovar el lenguaje dramático o audiovisual. Como es bien sabido, en sus mocedades Leñero estaba subyugado por el nouveau roman, un movimiento que se propuso reconstruir las estructuras de la novela convencional, superar el psicologismo de la literatura decimonónica y crear modelos para armar en los que el andamiaje narrativo predominaba sobre la fabulación. Los representantes más radicales de esa vanguardia (Robbe-Grillet, Butor) quisieron también prescindir de los personajes. Por fortuna, Leñero no los siguió hasta ese extremo, pero su influencia es muy notoria, sobre todo, en Los albañiles y Estudio Q.

Algo menos perceptible, y por lo tanto, apenas advertido por la crítica, es que en su faceta de guionista Leñero se mantuvo fiel a esa inclinación por los rompecabezas narrativos con planos temporales yuxtapuestos. Su estupenda adaptación de El callejón de los milagros, por ejemplo, es una especie de nouveau roman cinematográfico, en donde la eterna partida de dominó en la cantina del barrio funciona como un rehilete o un distribuidor vial que suelta líneas argumentales en varias direcciones. Y es indudable, por ejemplo, que la experiencia de Leñero en la novela policiaca de enigma (Los albañiles puede catalogarse como tal, aunque admita muchas otras lecturas) le permitió combinar a la perfección la intriga y el suspenso en Asesinato, la historia del doble crimen de los Flores Muñoz, presuntamente asesinados a machetazos por su nieto Gilberto. Ningún escritor mexicano ha estado tan cerca del Truman Capote de A sangre fría como Leñero en esta magnífica reconstrucción de un crimen erizado de conflictos sexuales, políticos, psicológicos y sociales.

En las abundantes entrevistas que ha concedido en los últimos meses con motivo de sus ochenta años, y en “Las uvas estaban verdes” el primer relato de su nuevo libro Más gente así (Alfaguara, 2013), Leñero ha confesado que después de obtener el Premio Biblioteca Breve con Los albañiles soñó con ingresar al boom y ser un novelista de fama internacional. Se trataba, sin duda, de una ambición legítima pues, a medio siglo de su aparición, Los albañiles no ha perdido un ápice de su encanto. La magnética personalidad de don Jesús, el depravado y mitómano velador de la obra, bastaría para colmar de orgullo a cualquier escritor. Las primeras novelas de Leñero no se tradujeron tanto como él esperaba, tal vez porque su representante no lo apoyó demasiado. De ningún modo creo que este revés de la fortuna le reste valor a su obra, pero según parece fue determinante para que Leñero cambiara la narrativa por el teatro. Entre su variada y abundante producción dramática, yo destacaría, sobre todo, una pequeña joya del drama intimista: La visita del ángel. Un matrimonio otoñal apacible y feliz, pero algo enmohecido por la rutina, recibe la visita de su hija, una joven rebosante de picardía y vitalidad que irrumpe como un ventarrón en la paz un tanto sepulcral de sus padres. En esta obra naturalista y, a la vez, complejamente artificiosa, el arte de sugerir emociones, la elocuencia del silencio, la tentativa por apresar el carácter efímero de la felicidad, alcanzan alturas chejovianas. Registrar con sutileza lo que Stendhal llamaba “los movimientos del alma” es quizá la tarea más difícil para cualquier dramaturgo. Leñero rechazó el homenaje nacional que le ofrecía el Conaculta con motivo de sus ochenta años, pero una manera indirecta de homenajearlo, y más eficaz en términos de difusión cultural, sería reponer esta cautivadora pieza, que hace tiempo no está en cartelera.

Aunque desde los años setenta se consagró de lleno a la literatura, Leñero siempre ha tenido un pie en el periodismo, donde también ha dejado varias obras maestras, entre ellas la crónica “El derecho de llorar”, donde narra el tragicómico sainete de los actores cubanos que en los años cincuenta se atrevieron a pedir un aumento de sueldo al dueño de la rcn, durante la grabación de la legendaria radionovela “El derecho de nacer” (Carlos Monsiváis la recopiló en su famosa antología A ustedes les consta). Aquí Leñero hace gala de un humor formidable y estoy seguro de que estas páginas perdurarán entre lo mejor de su obra. Por modestia o por penitencia, en la entrevista que le concedió a Christopher Domínguez Michael en un número reciente de Letras Libres México, Leñero solo habló de proyectos literarios fallidos, de ambiciones frustradas y de las críticas adversas que ha recibido a lo largo de su carrera. Quizá se flageló en público para aplacar la vanidad (no olvidemos que es un católico empedernido) pero me temo que ni con esas mortificaciones quedará libre de pecado. Desde el reino tenebroso de Lucifer y de don Jesús, lo condeno a cargar para siempre con la culpa del honor merecido. ...