Lealtad y traición. Jorge Semprún y su siglo de Franziska Augstein | Letras Libres
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Lealtad y traición. Jorge Semprún y su siglo de Franziska Augstein

La vida de Jorge Semprún está inextricablemente relacionada con gran parte de la historia del siglo XX. Nacido en Madrid en 1923, es hijo de un catedrático de derecho que fue también gobernador civil de Toledo y Santander (José María de Semprún), y de Susana Maura, hija de quien fuera presidente del Consejo de Ministros con el rey Alfonso XIII. Su madre murió en 1932 y su padre volvió a casarse. El estallido de la Guerra Civil le sorprende en Lequeitio y poco después la familia (en septiembre de 1936) se exilia. Se establece, tras un tiempo de errancia, en París. Semprún inició los estudios de filosofía y letras en la Sorbona en 1942 e inmediatamente ingresó en el Partido Comunista Francés, tomando parte en la Resistencia. Detenido por la Gestapo (octubre de 1943), fue torturado y, tras varios meses preso en Francia, fue deportado al campo de concentración de Buchenwald, donde permaneció desde el 29 de enero de 1944 hasta el 11 de abril de 1945 con el número de preso 44.909. Terminada la guerra, trabajó para la UNESCO y desde 1953, ya miembro del Comité Central del PCE, viajó numerosas veces a España de manera clandestina, con la misión de organizar la oposición comunista al franquismo. Fue expulsado en 1964 del partido (al mismo tiempo que Fernando Claudín), debido a su enfrentamiento con Santiago Carrillo, al proponer, frente al seguimiento de las tesis y directrices soviéticas, una vía democrática al comunismo (eurocomunismo). De esta última experiencia dará cuenta, mucho más tarde, en un libro polémico y revulsivo para los convencidos: Autobiografía de Federico Sánchez (1977). Hay que señalar –en este rápido currículo– que desempeñó el cargo de ministro de Cultura, durante tres años, en la segunda legislatura de Felipe González.

El libro de Franziska Augstein, Lealtad y traición. Jorge Semprún y su siglo, es una biografía, pero no se ocupa de toda la vida del escritor hispanofrancés (si lo hago en parte francés, a pesar de que siempre tuvo pasaporte español, es porque como escritor ha empleado, sobre todo, la lengua francesa). El padre de Augstein, alemana nacida en 1964, nació el mismo año que Semprún y, aunque no se sintió nazi, perteneció a las juventudes nazis y fue movilizado en la guerra. En 1979 publicó un artículo hablando del Holocausto donde afirma que solo después de la guerra se enteró de que los nazis habían practicado el asesinato sistemático de judíos. Semprún, es sabido, cree que el no querer saber actuó como una suerte de negación y de amnesia. En Weimar, la pequeña ciudad cercana al campo de Buchenwald, era imposible ignorar lo que sucedía a pocos kilómetros. Semprún, por otro lado, a pesar de su experiencia no desarrolló odio al pueblo alemán; y, español, no judío, ferviente comunista entonces enfrentado al fascismo, vivió la experiencia concentracional desde la resistencia ideológica. Se entiende que simplifico: la meditación moral en Semprún (lector ya entonces de Kant) trasciende la ideología.

La vida de Semprún parece varias vidas, y no solo por haber sobrevivido a un campo de concentración alemán sino por la riqueza de sus aventuras, de sus compromisos históricos e, incluso, de sus plurales identidades durante la clandestinidad. Semprún ha sido un hombre de acción, pero también alguien que ha meditado lo vivido, que ha hecho suya, minuciosamente, su experiencia, que nunca es algo del todo de un individuo porque –y más en este caso– está en estrecho contacto con los otros. La memoria de la experiencia, lo que Ortega llamaba vivencia, le ocurre a una persona, y Semprún ha defendido siempre esa dimensión única, hasta el punto de afirmar que su memoria “jamás ha estado determinada por circunstancias colectivas o sociales”. Esta afirmación, discutible en cualquiera, define un aspecto de su personalidad y Augstein, a lo largo de su biografía, va desgranando un poco la defendida autonomía de Semprún. A diferencia de Malraux (comunista, activista, novelista y ministro de Cultura, hasta aquí todo coincide), Semprún nunca adoró a grandes personajes, fueran Stalin, Mao, DeGaulleo, T. E. Lawrence; tampoco veo yo que haya tenido figuras tutelares en la literatura, fuertes admiraciones explícitas, aunque es evidente la influencia de Malraux, al que, curiosamente, evitó conocer en persona. A diferencia de muchos supervivientes de los campos, él nunca se sintió culpable (lo supongo, como a Castilla del Pino, ajeno a la depresión). Tras el fin de la guerra, al encontrarse con su padre en París, este no le preguntó por su estancia en el campo de Buchenwald, algo que su hijo justificaba debido a la profunda timidez y el carácter especial de su padre. Además, católico y conservador, no comprendía la militancia de Semprún, pero tampoco que un sacerdote hubiera mentido para salvar a algunos judíos. Sin duda la muerte temprana de su madre y las peculiaridades de su padre fueron determinantes en la formación del carácter de Jorge Semprún. Es curioso, su segunda mujer, Loleh Bellon, con la que vivió casi trece años, nunca le preguntó por su experiencia en el campo de concentración. Su tercera mujer, Colette Leloup, con la que vivió casi cincuenta años, no aprendió español. No deja de ser curioso, sobre todo si pensamos que lo que más le ha “excitado” a Semprún ha sido el trabajo clandestino. No sabemos mucho de su vida familiar, salvo que tuvo esos dos matrimonios (y uno anterior del que se sabe aún menos) y dos hijos, uno de ellos Jaime (1947), cercano a las ideas situacionistas, quien falleció el verano pasado.

Conforme avanza la obra, Augstein desliza algunas reticencias sobre Semprún: dudas sobre si su estalinismo fue solo político y no también cultural, lo contrario de lo que él afirma. Sabemos que el joven Semprún declaró la muerte del surrealismo, criticó a Sartre por no seguir la línea del partido (no lo bastante bolchevique), se supone que reaccionó en contra de la denuncia de los campos de concentración soviéticos por Víctor Kravchenko (1946) y, un poco más tarde (1946),por David Rousset. Más: Marguerite Duras, Robert Antelmey Dionys Mascolo acusaron a Semprún de haberlos denunciado a la dirección del PCF por desviacionismo. Es un tema que ha dado de qué hablar. Cuando Jruschov denunció los crímenes de Stalin, Semprún lo creyó y habría abandonado el partido de no pertenecer al de los españoles, afirmó el escritor. Pero lo cierto es que hasta finales de los setenta siguió siendo comunista (Edgar Morin, que fue expulsado del partido en 1951, reeditó Autocritique en 1970). En 1970 aún creía en la revolución, pero sin el partido. Ahora cree en la reforma permanente. Semprún tardó mucho en comprender lo que coetáneos suyos como Kostas Papaioannou, Octavio Paz, Arthur Koestler y otros vinculados tempranamente al comunismo habían visto y denunciado, por no citar a intelectuales conservadores y lúcidos, como Raymond AronoJean-François Revel. Creo que hay que decir que Semprún, como analista de la historia y del pensamiento político del siglo XX, estuvo cegado por la ideología, por razones complejas que afectan a muchas generaciones. Luego, algo tarde, cambió, y aunque no ha aportado nada a una crítica del marxismo y del comunismo (cuerpo de ideas y realidad social), porque ya se había hecho por figuras más penetrantes, sí lo hizo como novelista al contar sus peripecias clandestinas y, sobre todo, su experiencia concentracional. Tuvo el valor de cambiar y de decirlo, como, sin las implicaciones históricas y personales de Semprún, hizo también Mario Vargas Llosa.

La relación con Carrillo, especialmente su crítica, es conocida por su obra Autobiografía de Federico Sánchez, un libro que fue recibido por su gran amigo Javier Pradera –nos lo recuerda la biógrafa–, a quien estaba dedicado, de manera crítica al situarse Semprún como si hubiera sido un mero afiliado al partido y no un alto dirigente (formaba parte del Comité Central), acusando al escritor de tener una “memoria demasiado selectiva”.

Una personalidad compleja: inteligente, buen contador de historias, seductor, distante(ensimismado),intelectualmente especializado y ajeno a todo lo que no es el foco de su interés, indiferente a los demás, “autárquico desde el punto de vista emocional” (afirma Augstein), vanidoso de su inteligencia y de sus lecturas filosóficas (aunque luego no veamos, afirmo yo, de qué nos sirve a nosotros), escritor proustiano que no valora a Proust, y, finalmente, el autor de Quel beau dimanche, L’écritureoulavie, Adieu, viveclarté y algunas otras páginas en las que hemos podido asistir a momentos en los que el destino y la libertad encarnaban en una narración, una voz plena y esperanzada, tocada por los reflejos del tiempo y la ambigüedad de la identidad. ~