Le Mandilón | Letras Libres
artículo no publicado

Le Mandilón

En México, un mandilón es un hombre que, por sumisión histórica o mero ánimo masoquista, se somete enteramente a los designios de su mujer. El mandilón va por la vida con el delantal bien amarradito, haciendo las labores de casa, bajando la cabeza cuando se le regaña y cuidando siempre no ofender a su cónyuge, la “dueña de sus quincenas”, extensión freudiana de su “madrecita chula”. En México abundan los mandilones y los hay de todos tipos. Casi todos, en el fondo, asumen su mandilonería con más gusto que resignación. La reverencia por la figura femenina es, después de todo, parte de la mexicanidad. Sin embargo, ser mandilón cuando se es Juan Mengano es una cosa; serlo cuando se llevan las riendas de un país es otra completamente. A nadie le importa si a Mengano le imponen la agenda familiar o si, para tomar cualquier decisión, le pregunta antes a la señora. La debilidad del mandilón común y corriente es, por momentos, entrañable. La debilidad –real o percibida– en un jefe de estado es harina de otro costal. México perdió un sexenio completo gracias a la histórica mandilonería de don Vicente Fox, que hizo de “la señora Martha” una segunda versión de doña Mercedes Quesada, matriarca de la familia Fox, célebre por el constante ninguneo al que sometía a su pobre hijo. Como su suegra antes que ella, la señora Martha trataba a su esposo como a un niño pequeño. Fox, eterno nostálgico del calor materno, no sólo aceptaba ese trato en público; lo presumía. El resultado predecible fue la difusión de una imagen de debilidad casi absoluta que, a final de cuentas, dio al traste con cualquier atisbo de agenda política productiva en México.

Ahora, Francia cuenta con su propia versión del mandilón mexicano. Nicolás Sarkozy, el político de mano dura y convicciones firmes, electo para llevar a cabo la más ambiciosa agenda de reformas imaginable en la historia moderna de su país, ha sido reducido a un chamaquito incontinente y encaprichado. Después de separarse de mala forma de su primera esposa, Sarkozy decidió que era un buen momento para enamorar a Carla Bruni, una modelo y cantante italianofrancesa que está a un pasito de caer en el territorio estético reservado para Lyn May. Sarkozy se llevó a Bruni de paseo por el Nilo y, frente a los paparazzi, declaró que la relación era “cosa seria”. Lo que nadie podía sospechar es que, contagiado por la fertilidad de Osiris, Sarkozy se iba a comer el croissant antes del recreo. El aparente embarazo de Bruni y la “íntima ceremonia” en la que el presidente parece haberse casado con la modelo han terminado por dar al traste con la popularidad de Sarkozy: en menos de un año, el presidente de Francia ha perdido casi 20 puntos en los sondeos de popularidad y confianza entre sus compatriotas. No es asunto menor. Francia pasa por una crisis de productividad de gran magnitud. Para superarla, el único camino es poner en práctica reformas de complicadísima aplicación. Para eso fue electo Sarkozy. Ahora, el affaire Bruni le ha restado autoridad y, con ello, campo de maniobra política. Es una pena. Ni la fragmentada izquierda ni la intransigente derecha francesa representan ninguna esperanza para el país. Sarkozy, heterogéneo y valiente, prometía ser mucho más que un esclavo de la folie de l’amour.

- León Krauze