Latinoamérica en Honduras: carambola a cuatro bandas | Letras Libres
artículo no publicado

Latinoamérica en Honduras: carambola a cuatro bandas

Ávido de algo distinto, deseoso de encontrarme en los periódicos del día con algo más que los dimes y diretes, los embustes y las patrañas de nuestra chusma electoral, decidí comprar a primerísima hora el diario El País en el puesto de la esquina. Ciertamente, algo de contradictorio y quizás hasta tramposo hay en afirmar que esta mañana hojeaba gustoso esas refrescantes páginas, ya que en ellas florece igualmente un vasto jardín de noticias nefandas y desastrosas. Aún así, lo cierto es que al llegar a la llamada “Cuarta página” me encontré con un lúcido y bien argumentado cuestionamiento a la peregrina y manida idea de nuestra unidad latinoamericana. Lo firma Jorge Volpi y no tiene desperdicio. Se trata, además, de un polémico análisis que le viene como anillo al dedo al espectáculo que en estos días ha dado la canalla latinoamericana a raíz de la crisis política desatada en Honduras.

Si bien en “La pesadilla de Bolívar” no queda del todo clara la dimensión real y práctica identificable en el ideario del célebre prócer –la cuestión de la praxis política versus la invención del mito–, lo cierto es que Volpi no tiene empacho en aseverar que ya entrados en el siglo XXI “el territorio bautizado como América Latina prácticamente ha dejado de existir.” Y razón no le falta, pero habría que ir más allá, es decir hacia atrás: ¿realmente existió alguna vez?

Con la crisis desatada por el golpe militar en Honduras, una vez más queda claro que los mandamases de la región no sabe bien qué hacer ni qué intereses reales han de seguir cuando se aparece el fantasma integracionista de Bolívar. La situación oscila entre lo cómico y lo patético, sin distinciones: un presidente que, envalentonado por su súbito bolivarismo, así como el de sus vecinos, decide convocar a un referéndum para lograr su reelección en el cargo; una junta militar que lo saca a patadas de su cama y del país al tiempo que atornilla en la silla presidencial a un sustituto que se escuda en la carta magna; los presidentes de Venezuela y Ecuador apurando marciales declaraciones cantineras en defensa de su compadre defenestrado; los vecinos centroamericanos del compadre, por ejemplo el siempre elocuente Daniel Ortega, prestos a desplegar el avasallador poderío militar de sus naciones en caso de que así se requiera. En realidad, nada que no hayamos visto antes.

Sin embargo, en esta ocasión la gran diferencia provino de donde menos la esperaba la canalla latinoamericana. Los abuelos de la revolución cubana no tuvieron que blandir el bastón ni Hugo Chávez tuvo que compartir con el imperio las lecciones aprendidas en Las venas abiertas de América Latina para que, en cuestión de horas, Barack Obama emprendiera una operación política digna de un campeón en la mesa del billar latinoamericano. Nadie esperaba que el todavía novato presidente ejecutara una ejemplar carambola a cuatro bandas, no al menos con la contundencia y pulcritud con las que ejecutó su magistral jugada. Ocurrió como sigue.

A pocas horas de desatada la crisis en la capital de Honduras, el presidente Zelaya logró convocar el apoyo de los compadres latinoamericanos. La normalidad democrática había sido violentada por miembros de las fuerzas armadas, las cuales desde el inicio del brete invocaron el quebrantamiento del orden democrático y constitucional implícito en los afanes reeleccionistas del compadre Zelaya. Quizás con razón, el resto de los compadres no tardó en levantar la voz en apoyo del amigo agraviado. El problema, en este caso, radicó en el automatismo latinoamericanista con que los compadres actuaron. No así la diplomacia estadounidense. Mientras la hermandad se reunía en Managua, Nicaragua para defender al bolivariano Zelaya, entre ellos varios presidentes que sueñan no sólo con la integración de “nuestros países” sino también con prolongar su permanencia en el cargo cuantos periodos sea posible, en Washington los mandarines de Foggy Bottom deliberaban y preparaban una carpeta de opciones para la Casa Blanca. La premisa fundamental: defender la causa de la democracia frente a cualquier forma de golpismo, y al mismo tiempo exorcizar del continente a los demonios del caudillismo que pretende mantenerse en el poder abusando incluso del propio orden democrático.

Así, tras reunirse con sus compadres latinoamericanos y adelantarse a la respuesta estadounidense, el presidente Zelaya se apersonó en la Asamblea de las Naciones Unidas, donde recibió el apoyo unánime de una resolución de condena al golpe y que abre la puerta a su eventual regreso a Honduras, a cambio desde luego de renunciar explícitamente a cualquier intento de reelección. De manera simultánea, desde la Casa Blanca Obama envió una señal inequívoca mostrando la posición que mantendrá su gobierno frente al tema de los mandatos indefinidos. Y lo hizo nada menos que a través de Álvaro Uribe, presidente popular si los hay. Al igual que varios de sus colegas, incapaz de resistir a la tentación de prolongar su mandato, Uribe viajó a Washington con el propósito de desatorar el tratado de libre comercio con Estados Unidos y se llevó una pequeña sorpresa: ante la prensa el presidente Obama se declaró tajantemente a favor de un mandato limitado a dos periodos y en contra de procesos de referéndum.

La decisión y ejecución de Obama fueron, pues, impecables. Una carambola que corrió a cuatro bandas: logró tocar de frente al compadre Zelaya y sentarlo eventualmente otra vez en su silla; al mismo tiempo, desplazó a la hermandad bolivariana en la gestión de la crisis y refrenó, al menos por un tiempo, los ímpetus reeleccionistas de los miembros más ambiciosos de la canalla latinoamericana, tan deseosa de compartir con “nuestros pueblos” los frutos de su sabiduría política a través de largos y dictatoriales mandatos.

- Bruno H. Piché