Las últimas palabras de Christopher Hitchens | Letras Libres
artículo no publicado

Las últimas palabras de Christopher Hitchens

And Yet es un libro de ensayos póstumo que vuelve a los temas clásicos de Hitchens, tratados con una mezcla característica de erudición, vehemencia y humor. 

And Yet es un libro póstumo de Christopher Hitchens (Portsmouth, 1949-Houston, 2011) que recoge algunos de sus ensayos. El lector de Hitchens tiene la sensación de volver a algunos de sus temas clásicos, tratados con una mezcla característica de erudición, vehemencia y humor, que aparecía en recopilaciones más extensas, como Amor, pobreza y guerra y Arguably: la intersección entre literatura y política, el legado del siglo XX y sus catástrofes, el regreso frecuente a ciertos autores del canon inglés, los revolucionarios cosmopolitas, las polémicas de la izquierda, la libertad de expresión y sus enemigos, así como las viejas amistades y los adversarios prolongados del autor. Entre las primeras están Salman Rushdie y Clive James y entre los segundos algunas sagas de la política estadounidense, como los Clinton y los Kennedy. Este es un libro menos viajero, más de reseñista, que Amor, pobreza y guerra, y entre los enemigos figura menos que otras veces uno de los más duraderos de Hitchens: Dios. Aunque la religión organizada, los absurdos que promociona y las persecuciones que fomenta sí aparecen en And Yet.

Durante buena parte de su vida, Hitchens fue un británico en Estados Unidos y un intelectual de la izquierda anticolonialista hijo de un miembro de la Royal Navy. Una corriente central de la literatura inglesa del siglo XX –de Orwell y Kipling a Auden y Larkin, pasando por Evelyn Waugh, P. G. Wodehouse y Rebecca West– era tan importante en su formación como una literatura más abiertamente política y de izquierdas (Paine, Trotski, Victor Serge, etc.). George Orwell aparece al principio y al final: en primer lugar, hay un artículo donde Hitchens defiende de manera convincente a Orwell, uno de sus modelos, de la acusación de haber confeccionado una lista negra para el servicio secreto; casi al final hay un texto sobre sus diarios, que contienen observaciones o elementos reformulados en ensayos y novelas del autor de 1984. Otros autores británicos que aparecen son Charles Dickens (a raíz de la biografía de Claire Tomalin) y G. K. Chesterton, objeto de un duro perfil donde le reprocha su ceguera política y su fanatismo católico. También hay un lugar para la literatura poscolonial: la biografía de V. S. Naipaul escrita por Patrick French inspira un texto que admira la capacidad de percepción y asimilación de Naipaul (aunque a veces, dice, quienes quieren ser ingleses se esfuerzan demasiado), pero también expresa cierto asombro ante la personalidad del autor de El enigma de la llegada, y especialmente ante la manera “cruel e inusual” de tratar a su primera esposa. Tan leal con sus amigos como con sus enemigos, Hitchens dice “una palabra o dos en defensa de Paul Theroux”, y lamenta que dos personas no tengan más espacio en la biografía: C.L.R. James, cronista de cricket y autor de Los jacobinos negros, y Shiva Naipaul, malogrado hermano del Nobel, y autor de la novela Fireflies, que Hitchens ha reivindicado más veces.

En toda la obra de Hitchens hay un interés por el imperio británico y su descomposición, que a menudo, como en muchos aspectos de su obra, muestra cierta ambivalencia. El autor de Mortalidad, que consideraba que el gran acierto de Orwell había sido oponerse a los tres males esenciales del siglo pasado: el fascismo, el comunismo y el colonialismo, señalaba que algunas de las zonas más peligrosas del mundo eran el resultado de particiones tras la retirada chapucera de Reino Unido: Israel/Palestina, India/Pakistán, Irak/Irán. Algunos de los momentos más brillantes del libro tratan de la relación de Gran Bretaña con esos territorios: a propósito de la aventurera, espía y arqueóloga Gertrude Bell, la mujer que inventó Irak y cuya reputación, según Hitchens, se vio injustamente eclipsada por la de T. E. Lawrence; de Paul Scott, autor de The Rag Quartet, una saga de cuatro volúmenes sobre el fin del poder británico en la India (el texto de Hitchens se titula “Victoria’s Secret”, naturalmente); o de un libro de A. N. Wilson sobre la decadencia imperial. La apertura del museo de la Acrópolis en Atenas es el motivo de una reflexión sobre el Partenón y el Museo Británico (Hitchens escribió un libro defendiendo la restitución de las obras actualmente en Reino Unido), pero también de algunas asociaciones llamativas (“La construcción del Partenón entrañaba lo que llamó keynesianismo de Pericles: la ciudad necesitaba recuperarse de una guerra larga y penosa contra Persia y también necesitaba dar pleno empleo (y un refuerzo de moral) a los talentos de sus ciudadanos”) y apuntes característicos: el Partenón es “único porque, aunque la antigua Grecia también tenía esclavos, su obra maestra representa la voluntad colectiva de gente libre”. Muchos de los autores que aparecen reseñados en estas páginas hablan de algunos de esos viejos conflictos: es el caso de Naipaul o Rushdie. Otro de los textos es una revisión irónica de Ian Fleming, uno de los creadores del gran mito de la nostalgia del poder declinante de un país que había perdido un imperio y no había encontrado un papel.

No fue una de las menores paradojas de Hitchens la combinación de la crítica al imperialismo –además del libro sobre el Partenón, editó un volumen sobre Palestina con Edward Said– con su alineamiento con el intervencionismo liberal en la antigua Yugoslavia y la idea de la posibilidad de la exportación de la democracia, que él defendía vinculándolo a un ideal internacionalista de la izquierda.

Ese trayecto y esa contradicción también están en este libro, al igual que un asunto relacionado que es uno de los grandes temas de la vida y la obra de Hitchens: la relación entre su país natal y su país de adopción, que es el tema central del volumen Blood, Class and Empire. Uno de los textos de And Yet, sobre su adquisición de la ciudadanía estadounidense, estudia ese asunto desde una perspectiva autobiográfica. La cultura y la política estadounidense son temas recurrentes de And Yet. Hitchens aborda el fraude electoral en Ohio, estudia figuras como Colin Powell, Arthur Schleslinger y Edward Kennedy. En un artículo escribe sobre la virulencia de las campañas electorales; en otro habla del Sur estadounidense (y señala que, aunque pocos –incluido él– reparan en ello, la ciudad en la que vivía, Washington, es una ciudad del Sur). A Hillary Clinton le reprocha sus mentiras: algunas tan ridículas como la declaración de que le habían puesto su nombre por Edmund Hillary, que no subió al Everest hasta 1953. La política demócrata nació en 1947, por lo que darle el nombre del montañero demostraría una excepcional presciencia. Aunque apoya la elección de Barack Obama, se muestra muy cauteloso con respecto a su política exterior. Lo más discutible son algunas de las posiciones en política internacional de Hitchens. Su defensa de la guerra de Irak tiene la virtud de la sinceridad sobre sus opiniones pero la evaluación es poco convincente, y el argumento a favor de una política más agresiva ante el régimen de Irán y sus ambiciones nucleares no parece haber resistido bien el paso del tiempo. A veces sus opiniones políticas prevalecen sobre el juicio literario.

Hay tres artículos más autobiográficos, sobre los límites de la mejora de uno mismo, en los que cuenta cómo sigue un tratamiento de salud y belleza para Vanity Fair, que incluye un alejamiento de malos hábitos y una depilación brasileña. La muerte de Hitchens da un tono melancólico y levemente ominoso a las tres piezas, que están escritas con una mezcla de autoparodia y narcisismo y siguen siendo muy divertidas. En esa línea más humorística también hay textos gruñones contra la navidad, y en especial contra la omnipresencia de sus símbolos y canciones desde el final del otoño.

And Yet tiene buenos artículos sobre algunos de los héroes y villanos de la izquierda, disidencia y la libertad de expresión. El volumen incluye una revisión del Che Guevara, con motivo de la biografía de Jon Lee Anderson, que contiene una demolición bastante completa del personaje y sus tendencias totalitarias, sin renunciar a algunas gotas residuales de simpatía. Entre los personajes positivos destacan algunas mujeres: Rosa Luxemburgo, de quien admira su cosmopolitismo y su defensa de la libertad de expresión, y Ayaan Hirsi Ali, víctima del fanatismo islámico que no obtuvo la solidaridad que habría merecido de sus conciudadanos europeos. Elogia las entrevistas de Oriana Fallaci, aunque pone reparos al catolicismo que adoptó en los últimos años (“¡Es adorable! Está de acuerdo conmigo. Pero ¡completamente!”, decía Fallaci del papa Benedicto XVI). Hitchens, que defendía una libertad de expresión sin restricciones y testificó a favor del derecho de David Irving a publicar sus libros (que le han valido condenas por negacionismo del Holocausto en Austria), señala que la retirada de una invitación a dar un discurso no siempre es un ataque a esa libertad, en un texto que habla de él y sobre todo de Tony Judt, a quien retiraron una invitación por sus críticas a Israel.

Otras literaturas y otras regiones también aparecen en este libro, como Rusia (a través de Lermóntov) y Turquía (por el genocidio armenio y Pamuk, que le inspira una reseña bastante crítica). En el último texto –el más breve y cronológicamente el primero: salió en The Nation, en 1991, y aparece después de algunos de los últimos que escribió, una introducción a los diarios de Orwell que también publicó póstumamente Vanity Fair y el artículo sobre Chesterton– explica que “en mi país de nacimiento en primera línea de los grandes nuevos artistas de la ficción aparecen apellidos como Rushdie, Ishiguro, Kureishi, Mo. Su éxito me hace extrañamente orgulloso de lo que sea que soy, y me convence de que el internacionalismo es la forma más elevada de patriotismo”.

Alguien escribió que Hitchens se tomaba el terrorismo islámico como algo personal. Es un buen diagnóstico pero incompleto: uno de los atractivos de leerlo es ver cómo su mirada, erudita y cultísima, tiene ese componente casi íntimo. Hitchens era un maestro del ensayo breve, capaz de incorporar la nueva información a un sistema previo, de establecer asociaciones inesperadas y de encontrar formulaciones divertidas, precisas, hirientes y difíciles de olvidar. A veces, lo más disfrutable de sus textos no es la tesis central, sino la manera de presentarla, los apartes o el modo de comenzar un artículo. Por ejemplo, en su perfil de Chesterton señala en una “digresión irresistible” el horror de Henry James ante la figura “paquidérmica” del autor de El candor del padre Brown. Al comienzo de un texto sobre la campaña electoral recuerda al escritor checo Jaroslav Hasek, fundador del paródico “partido del progreso moderado dentro de los límites de la ley”. En la reseña del libro de A. N. Wilson sobre la decadencia del imperio británico, recuerda una anécdota del “quinto o sexto” marido de Barbara Hutton, que, interrogado acerca de la perspectiva de la inminente noche de bodas, respondió: “Bueno, sé lo que tengo que hacer, pero no estoy seguro de cómo conseguir que sea i-i-i-interesante”. Encontrar una manera novedosa de narrar el declive del poder británico en el mundo es, señala Hitchens, una tarea de similar complejidad. Esa sensación de estar en buena compañía permanece con el lector a lo largo de And Yet, que no es el mejor libro de Hitchens y ofrece una selección irregular, pero trata muchos de los temas más queridos (y odiados) de su autor, incluye algunos ensayos excelentes y es disfrutable de principio a fin, también por sus defectos.

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