Las transformaciones de Podemos | Letras Libres
artículo no publicado

Las transformaciones de Podemos

En poco tiempo, Podemos pasó de una agenda rupturista y populista a unas propuestas aparentemente socialdemócratas. La transformación es positiva, pero no conviene olvidar de dónde viene.

“La España de hoy no es necesariamente un país ingobernable, simplemente se trata de una democracia parlamentaria con un sistema multipartidista que refleja su eminente complejidad”, ha escrito Jorge Galindo. La fragmentación y la aparición de nuevas fuerzas políticas dificulta la gobernabilidad, pero también fomenta mayor vigilancia, pactos y transacciones. Es una oportunidad, que se parece a lo que ha ocurrido en otros países europeos y a lo que ha sucedido en parlamentos autonómicos durante la democracia.

La estrategia de polarización ha funcionado y al final, como señalaba Aurora Nacarino-Brabo, los partidos moderados han sido perjudicados, con la ayuda de sus propios errores. Ciudadanos, por ejemplo, podría haber hablado más de Cataluña y haberse acercado más al progresismo moral. Anunciar su abstención quizá fuera contraproducente. Y fue un error dejarse arrastrar por la camaradería pueril y desleal de Podemos.

La formación que lidera Pablo Iglesias, cuyas fuentes ideológicas describió con brillantez Manuel Arias Maldonado, realizó una hábil campaña y ha tenido un estupendo resultado. Ha sabido recoger un descontento legítimo, mezclado a menudo con una sensibilidad narcisista y kitsch, y cierto rechazo a registrar lo evidente. Ayudados por los errores de sus adversarios, la curiosa creencia de que la viabilidad de las propuestas es irrelevante y de que la aritmética es una concesión a la derecha, los dirigentes de Podemos han conseguido combinar lo peor de ambos mundos: conjugan el nacionalismo español, transplantando un discurso antiimperialista para dirigirlo contra Alemania y la Unión Europea, y la complicidad con los nacionalismos periféricos en España, incluyendo el apoyo al “derecho a decidir”.

Uno de sus grandes éxitos propagandísticos ha sido una especie de bloqueo. Señalar las conexiones de Podemos con el chavismo, la financiación de sus emisiones televisivas por parte del régimen iraní, la negativa a condenar la represión a los opositores en Venezuela cuando se presentó la cuestión en el Parlamento Europeo o el rechazo a apoyar la petición de la liberacion Leopoldo López en la Asamblea de Madrid se consideran críticas ilegítimas, propias de una derecha extrema. Ese intento de anular las críticas se parece más a una falacia que a un argumento válido.

Podemos ha pasado de recomendar el impago de la deuda, manifestarse en contra de la Unión Europea y la globalización, denunciar “el régimen del 78” y reclamar un proceso constituyente a reconocer los logros de la transición y reivindicar un modelo supuestamente socialdemócrata (una socialdemocracia que no afronta los desafíos del presente y se queda en mera pose y lealtades adquiridas, y que no está exenta de ambigüedades, como cuando Iglesias reivindica traviesamente al socialdemócrata Lenin). Los partidarios de las asambleas y de una democracia directa crearon un partido férreamente controlado, y solo han tardado un par de días en recomendar que el presidente del gobierno sea un tecnócrata.

Hace unos meses Juan Carlos Monedero justificaba la condena al opositor Leopoldo López comparándolo con ETA y la kale borroka, y poco antes del inicio de campaña insinuaba que Albert Rivera tomaba drogas. Ada Colau, en un mitin electoral de Podemos, llamó “criminales” al PSOE y el PP. La PAH, la asociación de la que Colau era portavoz, organizó escraches en las sedes del PP, el PSOE y Ciudadanos durante la campaña. Uno puede pasar un buen rato encontrando declaraciones de los dirigentes de Podemos justificando la violencia terrorista, defendiendo medidas que están muy alejadas de la inmensa mayoría de sus votantes o empleando un doble discurso que se puede interpretar de forma distinta según las convicciones del interlocutor. Sabemos cuál era la idea del pluralismo y la tolerancia de Pablo Iglesias: el escrache a Rosa Díez cuando fue a hablar en la Universidad Complutense de Madrid y su posterior justificación: “Al intervenir contra un acto como aquel, los estudiantes fueron capaces de representar, con una intensidad inigualable, el No de Antígona en el que se fundamenta la ética en política, como acto radical de libertad que desafía las leyes y se opone a la tiranía, sean cuales sean sus consecuencias”.

Aunque hay que tener en cuenta que las campañas y las noches electorales conducen a excesos de entusiasmo, el éxito el 20-D ha servido para que el número dos y jefe de campaña de Podemos, Íñigo Errejón, celebre la fundación de un pueblo nuevo. Que lo haya hecho con solo un 20% del voto revela la soberbia de la formación, pero esa precipitación también es en cierto modo un alivio, ya que lo primero que suelen hacer quienes declaran la fundación de un pueblo nuevo es señalar a los que no son dignos de formar parte de él.

Es una prueba de la flexibilidad y la fortaleza de las instituciones de la democracia y de la sociedad española que la protesta se haya canalizado de manera pacífica, según las reglas del juego que marca la Constitución, y que Iglesias y los suyos hayan tenido que mostrar esa vertiginosa conversión para ser competitivos (mientras señalaban en otros foros que era pura táctica, con encanto posmoderno). Han mostrado sus ganas de alcanzar el poder y habilidad para obtenerlo. Hay motivos razonables para desconfiar de su transformación. En cambio, está bastante claro de dónde vienen y es prudente tenerlo en cuenta.

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