Las tertulias: monos en una jaula | Letras Libres
artículo no publicado

Las tertulias: monos en una jaula

 

De entre las muchas cosas con que este país me sorprendió cuando llegué hace diez años, una de las que más perplejidad me produjo fue la ausencia de discusión y análisis políticos en la televisión. No tardé mucho en aprender que en España la discusión –o cierta forma de discusión– política tenía lugar en la radio y no en la pantalla, así que empecé a escuchar la radio. Sin embargo, esos interminables y estériles peloteos radiofónicos no eran lo que yo estaba buscando. Una vez empecé a familiarizarme con las voces que iban de tertulia en tertulia, no podía dejar de preguntarme cómo era posible que esos señores y señoras pudiesen tener una opinión –opinión que estaban dispuestosa defender con uñas y dientes (y gritos, lo que era bastante más irritante)– acerca de todos y cada uno de los acontecimientos de la vida pública del país y, peor aún, que su opinión, rara vez fundamentada en datos, hechos o informaciones, fuera perfectamente previsible, incluso para un oyente novato como yo.

La tertulia televisiva en España es una derivación de su hermana mayor, la tertulia radiofónica. La diferencia, claro, estriba en que la tertulia televisiva tiene lugar en la televisión, con todo lo que eso significa. El medio televisivo, como sabe cualquiera que haya dedicado unas cuantas horas de su vida a contemplar esa caja iluminada, requiere inmediatez, espectacularidad y acción dramática. Más aún cuando en España la variedad de tertulia televisiva que ha triunfado es hija del éxito del programa 59 segundos. De modo que, gracias a ello, la norma dicta que uno ha de explicarse (mal), construir un argumento (peor) y defenderlo (eso sí) en 59 segundos. Y es la depuración de una falsa idea de discusión la que mantiene buena parte de la prensa española. Y a esa idea me gusta llamarla el periodismo como tablón de supermercado.

Es decir, como cualquiera que lea prensa en España puede comprobar, en los periódicos españoles se benefician los anuncios, los pronunciamientos, antes que los hechos o, mejor, la narración de los hechos. En buena parte de la prensa española, a los periodistas se les paga por amamantar y agitar al “nicho de mercado” de su respectivo periódico. Y, como la realidad suele ser tozuda y no siempre nos da la razón, pues la mayoría de las veces en la construcción de esos anuncios, esos pronunciamientos, los periodistas han de realizar complicadas acrobacias para seguir amamantando y agitando a su respectivo nicho de mercado. Es decir, ante una misma noticia, ante un mismo hecho, el periódico A y el periódico B darán lo que se conoce como “su versión de los hechos”. Lo que significa, más o menos, que el periódico A y el periódico B (y también el C, D o E) cogerán esos hechos y los moldearán de manera tal que satisfagan los apetitos de sus lectores, perdón, de los integrantes de su nicho de mercado.

Esto, que es la práctica habitual de buena parte de la prensa escrita española, se ha visto depurado, reducido a la esencia, en las llamadas tertulias televisivas. Porque en una pieza de periódico el esfuerzo por retorcer y moldear requiere eso, cierto esfuerzo para conseguir que ese fragmento de realidad que uno tiene delante quepa de alguna manera dentro del molde de nuestros prejuicios (y de los prejuicios de los integrantes de nuestro nicho de mercado). Requiere, cuando menos, que uno se esfuerce en construir un artefacto narrativo por escrito que, con mayor o menor éxito, justifique la operación de tergiversación llevada a cabo. O, dicho en plata, para conseguir amoldar la realidad a nuestro antojo, por lo menos hay que amoldarla. Ese esfuerzo, esa necesidad, ese peaje, desaparece por completo en la tertulia televisiva. Y desaparece porque el formato así lo dictamina. Porque tiene unos tiempos y unos usos que imposibilitan lo contrario.

He conversado con algunos de los personajes que saltan de tertulia en tertulia, en algunos casos tipos hábiles y listos; eso sí, aquejados de adanismo. Pese a que son conscientes de los múltiples vicios que aquejan al formato, a que saben perfectamente que se les paga sabiendo de antemano qué posición van a defender, se creen, o al menos me han dicho que así lo creen, que ellos son capaces de hacer lo que la tertulia televisiva incapacita a cualquiera para hacer. Se creen que ellos son (o serán) capaces de dotar de ecuanimidad, pausa y reflexión a un formato que premia o, más bien, solo admite el forofismo, las prisas y la sinrazón. Que, para entendernos, van a ser capaces de jugar al fútbol en una mesa de ping pong.

Y resulta curioso que lo crean, porque viéndolos actuar en aquellas tertulias uno descubre que son muy hábiles en el manejo del formato, que entienden sus reglas y las utilizan de manera que, muchas veces, salen airosos del envite. ¿Y cómo sale uno airoso en una tertulia televisiva? Pues o bien gritando más alto que el contrario, interrumpiéndolo más veces de las que él te interrumpe a ti, utilizando su filiación política o ideológica como arma arrojadiza o bien ridiculizándolo con alguna ironía gruesa.

Así es, exactamente igual que nuestros diputados en el Congreso. Y me gustaría que nos detuviéramos a pensar en la última vez que un debate en el Congreso sirvió para algo, la última vez en que de esa “discusión” salió algo en claro o se convenció a alguien o se acercaron posturas entre contrarios. No, yo tampoco puedo recordarlo. El pleno del Congreso, como todos sabemos, no es sino la representación teatral de lo que en realidad se negocia y decide en los pasillos y despachos de ese edificio de Carrera de San Jerónimo y en las sedes de los respectivos partidos. Y, si quieren, está bien que así sea. El periodismo, por el contrario, no puede o no debería regirse por normas similares, no puede o no debería convertirse en un espectáculo vacío al servicio de los prejuicios y apetitos del supuesto nicho de mercado del medio que paga la nómina de cada periodista. Porque, de lo contrario, los periodistas no somos más que monos en una jaula lanzándonos cacahuetes y heces los unos a los otros. E imagino que ninguno de nosotros está dispuesto a caber en esa etiqueta. ~