Las protestas en Francia | Letras Libres
artículo no publicado

Las protestas en Francia

Las medidas de austeridad que ha adoptado la Unión Europea para salir de la crisis han provocado protestas en muchos países. Pero, con excepción de Grecia, las más importantes se han producido por la reforma a la ley de pensiones en Francia, que subirá la edad mínima de jubilación de 60 a 62 años y de 65 a 67 la edad para recibir la pensión íntegra. En un solo día, entre 1.2 y 3.5 millones de personas salieron a la calle a manifestarse contra la reforma. Las protestas se han prolongado durante varias semanas: aunque la mayoría de las manifestaciones tuvieron un aire festivo, el movimiento se fue de las manos de los sindicatos nacionales y algunos grupos adoptaron tácticas de guerrilla, bloqueando carreteras y refinerías y provocando problemas de abastecimiento. La industria petrolera francesa ha perdido 230 millones de euros. Hubo episodios de violencia callejera en Nanterre, Le Mans y Lyon, donde los vándalos provocaron disturbios en el centro histórico, y destruyeron tiendas y quemaron coches. El Gobierno aguantó el pulso y la Asamblea Nacional aprobó la ley.

La intensidad de las protestas, en las que han participado muchos jóvenes y alumnos de instituto, resulta sorprendente. En parte, tiene que ver con la tradición francesa de huelgas y protestas sociales. Pero también con una sensación de hartazgo frente a las medidas de austeridad para combatir una crisis que fue menos grave en Francia que en otros países de su entorno, pero de la que el país tarda en salir. Y también de desconfianza: ante un presidente impopular que ha recurrido a un discurso xenófobo para mejorar su popularidad y ha desmontado campamentos de inmigrantes gitanos rumanos (en un episodio de corporativismo vergonzoso, otros líderes europeos lo apoyaron); ante varios escándalos de corrupción y de cercanía maloliente entre miembros de su gabinete y grandes fortunas; ante un Partido Socialista desnortado y anacrónico; ante el capitalismo, los “especuladores” y la política. Bernard-Henri Lévy ha declarado que se trataba de la reacción a “una depresión colectiva” y Mark Lilla ha comparado en un artículo brillante las inquietudes de los manifestantes con las del Tea Party: “Ambos se sienten excluidos, desconfían de sus líderes, quieren que cambien las cosas y no quieren que las cosas cambien”.

El malestar debe articularse y expresarse democráticamente, y es más fácil saber a qué se oponían los manifestantes que lo que defendían. En las declaraciones y eslóganes de los participantes había un elemento nostálgico y utópico: “Somos más que en 1789”, “No queremos vivir peor que nuestros padres”. Recordaban algunos de los lemas más tontos de mayo del 68, o la frase que justificaba el episodio de gangsterismo en las banlieus en 2005: “Si te llamas Mohammed nadie mira tu currículo”. En algunos sentidos, parecía una protesta contra la realidad. Hay razones demográficas y económicas para retrasar la edad de la jubilación, como hacen o van a hacer otros países. Cuando Otto Von Bismarck estableció el retiro a los 70 años, la esperanza de vida en Prusia era de 45 años. Francia tiene que revisar sus cuentas si quiere mantener un modelo que ofrece una gran protección social y posee una poderosa administración (5,2 millones de funcionarios). Tampoco está claro que convenga prescindir de la experiencia y el talento de gente puede estar en su mejor momento profesional.

A diferencia de lo que ocurrió en 1995, cuando una huelga nacional logró frustrar el plan de Alain Juppé, los acontecimientos de octubre no han detenido la ley de reforma de las pensiones. Los sindicatos tienen un gran poder de convocatoria, pero las huelgas ya no tienen los efectos de otras épocas. El vandalismo, los cortes de carreteras y el bloqueo de las refinerías hicieron que las protestas perdieran apoyo popular. La sensación de firmeza que ha dado el gobierno ha favorecido a Sarkozy; los sindicatos y buena parte de la sociedad francesa han gastado mucha energía para poca cosa. Les queda el consuelo ilusorio de que pocos saben montar una revuelta como ellos, aunque las razones sean equivocadas y las consecuencias negativas.

- Daniel Gascón