Las pasiones de Jorge Wagensberg | Letras Libres
artículo no publicado

Las pasiones de Jorge Wagensberg

La impresionista y ligera autobiografía del físico Jorge Wagensberg contagia un estímulo doble: por una parte, una perplejidad gozosa ante el mundo; por otra, el placer de intentar entenderlo.

“Observar es buscar diferencias entre cosas similares. Comprender es encontrar similitudes entre cosas diferentes”: este aforismo encierra una de las ideas preferidas de Jorge Wagensberg, casi un método de trabajo que está presente en Algunos años después (Ara Llibres/Now Books, 2015). Físico, director de CosmoCaixa entre 1991 y 2013 y fundador de la serie sobre pensamiento científico Metatemas de Tusquets, Wagensberg ha reflexionado sobre la creatividad y la curiosidad, sobre las similitudes y diferencias entre la ciencia, el arte y la revelación, sobre el conocimiento y el lenguaje. Piensa de forma ágil y clara, y es capaz de establecer conexiones perspicaces, lúdicas e iluminadoras entre distintas disciplinas y fenómenos. En Algunos años después, unas hermosas y a menudo emocionantes memorias de infancia, vincula algunas de sus pasiones -el método científico, el aforismo, la divulgación- con episodios de su propia vida.

Wagensberg nació en Barcelona en 1948. Era descendiente de judíos polacos. La familia de su padre se marchó del país en los años treinta, huyendo de los pogromos, y se instaló en Barcelona. Todos los familiares que permanecieron en Polonia murieron en el Holocausto. El padre de Wagensberg, Icek, se dedicaba a hacer maletas. Estaba preocupado por conseguir mejoras sencillas y transmitió a su hijo una fascinación por el diseño como algo a la vez funcional y bello, como el resultado de la reflexión. En el libro hay un reconocimiento del ingenio artesano y del trabajo manual. “Toda utilidad contiene una belleza intrínseca”, escribe: “Existen ideas sencillísimas que cambian drásticamente la vida del ciudadano”. En sus reflexiones Wagensberg muestra siempre un interés por la inteligencia aplicada.

Helcha (Sara), la madre, venía de una familia de clase media de Lodz. Entre las cualidades que reseña el autor está el humor y el sentido crítico, así como su empeño en que su hijo estudiara. El libro es leve e impresionista, y logra transmitir con una pincelada una complicidad duradera, como la del autor con su hermano Mauri.

Wagensberg fue a la Escuela Suiza y al Liceo Francés. De ese modo, pudo evitar la formación religiosa (“Está exento de Dios”, explicó un día un compañero) y la segregación por sexos. Alerta de los peligros de enseñar algunos elementos culturales demasiado pronto, cuando pueden parecer naturales: “Transmitir una creencia a una edad demasiado temprana es algo así como forzar un tatuaje ideológico”. Las educaciones que subrayan elementos identitarios -religiosos, nacionalistas, deportivos- tienen algo de “trampa: venden irracionalidades por los pasillos del templo de la razón. Las creencias injertadas en mentes en formación funcionan como una eventual fábrica de fanáticos”, argumenta (una de las propuestas del libro es convocar un congreso internacional de fanáticos). La religión es una ficción que sirve para cohesionar, explica, citando a Yuval Noah Harari. Pero en la escuela no se deben enseñar “normas y valores humanos que por definición sean inmunes a la crítica de nuestra inteligencia”.

Wagensberg reivindica la importancia del estudio de idiomas -dice que quizá con aprender eso hasta los diez o doce años ya basta- y escribe retratos afectuosos de algunos de sus profesores, como Rufino Bernabeu, Pere Ribera y Asunción Sender, la hermana del novelista, que decía a alguno de sus alumnos: “Eres desordenado, muy despistado y a la que te descuidas, o sea siempre, te vas de una cosa a la otra. Tienes todos los indicios para ser un sabio. Solo te falta un detalle menor: ¡la sabiduría!" Con ella, explica el autor de El gozo intelectual, aprendí “a leer y escribir en el sentido pleno de la palabra”, y también “la crítica como rutina”. Wagensberg -cuya biografía contiene una historia que quizá le habría gustado al autor de Crónica del alba: su relación con su exmujer Alicia Fingerhut- señala en otros lugares que es preferible la crítica sin conocimiento al conocimiento sin crítica.

Wagensberg ha escrito muchos aforismos, el género literario que considera más cercano a la ciencia. Tiene humor y en vez de cerrar una conversación la abre: en eso es también lo contrario del proverbio, que aspira a dar carpetazo a un debate. Aunque dice que no necesitan contexto, en los suyos la glosa, que puede ser una conclusión o la explicación de cómo ha llegado hasta allí, es igual de interesante que el propio aforismo. Señala tres características que comparten la ciencia y el aforismo: la objetividad (la mínima distorsión del sujeto en el objeto de conocimiento, cuya recompensa es la universalidad); la inteligibilidad (la mínima expresión de lo máximo compartido, cuyo premio es la universalidad); la dialéctica (o la tensión continua entre sujeto y objeto). Algunos de sus aforismos se han hecho célebres: “Cambiar de respuesta es evolución, cambiar de pregunta es revolución”. En ellos combina, siguiendo la aspiración de Nabokov, “la precisión del poeta y la pasión del científico”.

Habla de la inquietud, de esa impresión de pensar que el tiempo que dedica a algo debería emplearlo en otra cosa: ahí está una de las razones de su reivindicación de lo interdisciplinario,y del pensamiento en la frontera (que también tiene graves riesgos, como el dilentatismo y la banalidad). Una de las fuentes tempranas de su interés por la ciencia es la lectura de La expedición del Kon-Tiki, de Thor Heyerdahl, y da pie a un interesante capítulo sobre el método científico (donde la excepción no confirma la regla sino al contrario), sobre el que se ha ocupado por extenso en otros lugares, y del progreso moral. “No hay tradición ni superstición que no pueda caer fulminada por unos pocos granos de conocimiento instantáneo”, escribe. Reprueba el rechazo que durante mucho tiempo ha existido en España contra la técnica y la ciencia: la patética coquetería de un país de genios aislados, artistas y poetas, orgullosos de la miseria del “Que inventen ellos”.

Como ocurre en otros textos de Wagensberg, entre ellos el estupendo El pensador intruso,esta autobiografía intelectual impresionista y ligera contagia un estímulo doble: por una parte, una perplejidad gozosa ante el mundo; por otra, el placer de intentar entenderlo. “El misterio”, escribe, “es un estado transitorio del conocimiento”. Uno de sus aforismos resume ese punto de vista: “La realidad es inteligible porque no hay bosques con más árboles que ramas”.

[Imagen]