Las imágenes no sirven para aligerar la lectura, son una lectura en sí | Letras Libres
artículo no publicado

Las imágenes no sirven para aligerar la lectura, son una lectura en sí

Si bien la literatura infantil ha producido obras de indudable valor, la percepción generalizada es de que se trata de un género menor. Pareciera que este desdén es el precio que ha pagado por cometer al menos tres herejías: a) tener lectores, b) despreocuparse de los críticos literarios, y c) tener en alta estima a la ilustración, cuando lo común es regodearse en la supremacía de la palabra escrita sobre la imagen. Aun cuando, según es sabido, escribir para niños no da puntos para el canon, no se trata en modo alguno de una tarea sencilla, del pasatiempo que se toma mientras se construye una obra “de verdad”. Clásicos como Roald Dahl o Gianni Rodari son inimitables, precisamente porque han sabido conciliar las complejidades de la inventiva con una prosa en apariencia espontánea. Para indagar los mecanismos detrás de la creación de libros para niños, hemos acudido a cuatro autores de probada calidad: Andrés Barba, que tras alcanzar reconocimiento como autor para el público adulto, decidió escribir también para niños; Jaime Alfonso Sandoval, que ha escrito solo para lectores jóvenes y se ha enfrentado a prejuicios y a ideas anticuadas sobre el prestigio literario; Paloma Valdivia, que se ha especializado en aliar las imágenes y las palabras en hermosos álbumes ilustrados, y María Baranda, que ha demostrado, en toda su obra, que la hondura de la poesía no reconoce edades. Estos cuatro autores responden: ¿qué significa escribir un libro para niños?

Siento pasión por los niños, y no solo por los de ahora, sino por las infancias de todas las personas, independiente del lugar o la época donde hayan nacido. La infancia es ese territorio común que compartimos todos con más intensidad que otros momentos vitales, un breve periodo de tiempo que queda latente hasta el último de nuestros días. Para mí, es la etapa más importante, la que forma nuestra personalidad y genera nuestra actitud ante la vida.

Siempre me gustó dibujar, leer y contar historias. Los primeros libros que escribí e ilustré no los hice necesariamente pensando en los niños, los hice pensando en responder ciertas dudas que yo tenía cuando niña. Por ejemplo, en Es así intenté darme una respuesta tranquilizadora acerca de la muerte, visualizándola desde el todo, del ciclo de la vida, que nacer y morir son solo instantes y que lo importante es lo que hay entremedio, la vida, y esta hay que disfrutarla.

Cuando hago libros los hago pensando en que podrían ser para todos. Yo he coleccionado y disfrutado libros álbum en todo momento; algunos de ellos, a pesar de tener muy pocas palabras, pueden generar emociones y reflexiones, a veces, mucho mayores que un libro lleno de letras y pensado para un adulto. Como El pato y la muerte, de Wolf Erlbruch, que provoca reflexiones y pensamientos positivos sobre lo que significa morir.

Conversando con otros autores, me he dado cuenta de que, casi todos, coincidimos en tener una enorme memoria de nuestra infancia. Corresponde también con el trabajo del artista, en general, que estamos muy conectados con ese primer tiempo de vida. Desde ahí, para mí, es muy fácil vincularme con los sentimientos que tenía de niña, con lo que me gustaba ver o me gustaba escuchar, con la posición que tenía frente a ciertos temas relevantes. Recuerdo con nitidez la primera vez que escuché ciertas palabras y pregunté su significado; y ante las respuestas, recuerdo cómo se me iba armando todo un mundo en torno a esas nuevas palabras y conceptos. Lo mismo con las imágenes que veía en libros de pintores: pienso en el enorme placer que me daba mirar por largo rato el cuadro Juegos de niños de Pieter Brueghel.

Creo que la maternidad, en cierto modo, ha cambiado mi modo de ver la literatura infantil. Hoy me doy cuenta de que el mundo de los niños, al igual que el mundo de los adultos, es también un mundo complejo, lleno de preguntas, miedos, reflexiones. Es ahí donde viene la intervención del adulto, del autor. Creo que los libros pueden ayudar mucho en eso, con temas inteligentes, soluciones positivas, estableciendo una comunicación sencilla y sin pretensiones con temas complejos, ayudando a pensar, generando momentos de tranquilidad, conversación, cariño.

La gente en general lee menos, pero tiene acceso a muchísimas imágenes durante el día. Para un niño, leer desde la imagen es algo muy natural. Las ilustraciones evocan mundos, son ventanas por las cuales ven diversas situaciones, ficticias o reales. Las ilustraciones estimulan, crean emociones, narran. Son las primeras imágenes impresas a las que un niño tiene acceso, su primera entrada a un museo. Otorgan diversión y placer, momentos de tranquilidad para observar y largos tiempos para imaginar.

La fuerte presencia de la ilustración no debe interpretarse como una forma de aligerar la lectura; debe considerarse como una forma de lectura en sí, es decir que las imágenes se leen, seducen, atraen al lector, facilitan la entrada de un nuevo público acostumbrado a la visualidad. Una ilustración puede dejar huella largo tiempo y, a veces, acompañar de por vida. La imagen, indiscutiblemente, traspasa fronteras territoriales, edades y culturas.

Me gusta el género de los libros álbum porque tengo interés en contar historias desde lo visual, donde texto, imagen y silencios entren en diálogo, como en la música. En mi proceso creativo las imágenes y las palabras aparecen al mismo tiempo, son mi lenguaje, un idioma y una vez que lo aprendes no puedes desprenderte de él. A veces pienso en un concepto y la idea se desarrolla en mi cabeza en formato álbum. Me gusta la economía lingüística, ahorrar palabras, eliminar adjetivos y todo lo que pueda ser dicho en imagen. Una de las grandes virtudes del libro álbum es que es bastante libre, con frecuencia se están inventando nuevas formas de narrar a través de él. Por ejemplo, el libro Nocturno, de Isol, es extremadamente novedoso; a mi juicio, es una competencia directa –y superior– a los libros digitales, que si bien son sorprendentes por la cantidad de estímulos sensoriales, no terminan de asombrar al niño, porque ya está acostumbrado a ellos; en cambio, Nocturno, al estar en papel e iluminarse con la luz, lo que entrega al niño es magia. ~