Las formas de una historia | Letras Libres
artículo no publicado

Las formas de una historia

¿Cuántas posibles formas tiene una misma historia? ¿Hasta dónde se pueden introducir modificaciones para lograr una variación de la misma historia y no una historia diferente?

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El cuento “La nena”, de Ricardo Piglia —parte de la novela La ciudad ausente (1992) e incluido en la Antología personal del autor, editada en 2014 por el Fondo de Cultura Económica—, narra la historia de Laura, una niña que sufre una afasia causada por problemas emocionales. Su padre decide, a manera de tratamiento, contarle relatos breves. Dice el texto que el hombre

“esperaba que las frases entraran en la memoria de su hija como bloques de sentido. Por eso eligió contarle siempre la misma historia y variar las versiones. De ese modo, el argumento era un modelo único del mundo y las frases se convertían en modulaciones de una experiencia posible.”

La historia que le cuenta es la conocida como la Venus y el anillo. Básicamente, dice que un hombre va a jugar con sus amigos y, como teme perder el anillo de casamiento, lo coloca en el dedo de una estatua. Cuando vuelve a buscarlo, descubre primero que la estatua ha cerrado la mano y luego que ha desaparecido. Más tarde, al desear acostarse con su esposa, siente una presencia que se interpone. Se trata de la diosa Venus: al poner el anillo en su dedo, el hombre la ha desposado y ahora ella desea estar con él.

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Piglia cuenta en su relato tres versiones de la historia. La primera, la de William de Malmesbury, incluida en su Chronicle of the Kings of England, del siglo XII. La segunda está tomada del Kaiserchronik, un colección alemana de fábulas y leyendas publicada en la misma centuria. En este caso, la estatua no es Venus sino la Virgen María y el hombre abandona a su mujer y se hace monje. La tercera es el cuento “The Last of the Valerii”, de Henry James, escrito en 1874.

En La ciudad ausente se menciona también una cuarta versión: Robert Burton, en su clásico The Anatomy of Melancholy (1621), “también contaba el cuento del anillo para ilustrar el poder del amor”.

Una búsqueda no demasiado exhaustiva en la web nos informa más variaciones: desde el cuento “La Vénus d’Ille”, de Prosper Mérimée (1837), pasando por la novela The Stress of Her Regard, de Tim Powers (1989), hasta la película Corpse Bride (El cadáver de la novia), de Tim Burton y Mike Johnson (2005).

Sin embargo, el que se cita como principal antecedente de esta película no es el mito de la Venus y el anillo, sino un cuento popular ruso judío del siglo XIX, el cual se derivó, a su vez, de “El dedo”, relato de Isaac Luria, un pensador judío del siglo XVI. En estos últimos cuentos, hay un hombre y hay un anillo, pero no hay estatua.

El cuento “La muerte de la emperatriz de la China”, de Rubén Darío (1888), fue analizado por Mariano Baquero Goyanes como una variación del mito de Pigmalión y Galatea (narrado ya por Ovidio en sus Metamorfosis) y de la leyenda “El beso”, de Gustavo Adolfo Bécquer (1863). Los tres describen una suerte de historia de amor entre un hombre y una estatua. Sin embargo, Darío involucra un elemento ausente en los otros dos: los celos de una mujer. Por eso, Baquero Goyanes también lo relaciona con los citados cuentos de Mérimée y James. Es decir, en un sentido, el cuento de Rubén Darío también es una versión del argumento de la Venus y el anillo. Pero aquí no hay anillo.

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¿Cuántas posibles formas tiene una misma historia? ¿Hasta dónde se pueden introducir modificaciones para lograr variaciones de la misma historia sin convertirla en una historia diferente?

Me parece que el límite es fino y muy subjetivo. Se puede tensar la cuerda del relato —de las interpretaciones del relato— y ver un mismo argumento bajo máscaras de lo más disímiles. Me pregunto: así como Borges dice que cada escritor crea sus precursores, ¿podríamos decir que cada lector crea los lazos y las continuidades entre dos o más textos?

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Laura, la nena del relato de Piglia, comienza una tarde a contar ella misma la historia de Venus y el anillo. Su primera versión es, de algún modo, una respuesta o una hipótesis que Piglia propone ante las preguntas anteriores:

“Mouvo miró la noche. Donde había estado su cara apareció otra, la de Kenia. De nuevo la extraña risa. De pronto Mouvo estuvo en un costado de la casa y Kenia en el jardín y los círculos sensorios del anillo eran muy tristes.”

El grupo humorístico argentino Les Luthiers recoge el concepto y lo lleva al absurdo. En uno de sus shows, representan la zarzuela Las majas del bergantín, la historia de unos marineros españoles y su relación con las prisioneras a las que transportan, mientras los asedia un barco pirata, a cuya banda pertenecen las mujeres. La zarzuela está basada en una novela titulada Lejanías. “La adaptación no fue fácil —explican—, ya que la novela original trata de un leñador que vivía con su loro en los bosques de Bulgaria”. El narrador mira al público y enfatiza: “No fue fácil. El único personaje que ha permanecido es el loro”.

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Se me ocurrió escribir sobre esto cuando, hace unos días, poco después de releer “La nena”, de Piglia, volví a escuchar la canción “A la sombra de un león”, popularizada por la interpretación de Joaquín Sabina y Ana Belén. No tuve dudas de que la historia del interno que se fuga del manicomio de Ciempozuelos y se enamora de la Cibeles es otra versión de la historia de la Venus y el anillo.

Pero encontré después un artículo que plantea la hipótesis de que “A la sombra de un león” es “una reescritura y/o continuación” de la canción “De cartón piedra”, de Joan Manuel Serrat. Yo veo ciertos elementos en común entre ambas canciones, pero no hablaría de reescritura o continuación de la canción de Serrat. Sí lo podría hacer, por ejemplo, si me refiriera al cómic El síndrome Guastavino (2007), de Lucas Varela y Carlos Trillo... Y aquí me detengo. Continúen ustedes, lectores, tejiendo los mapas de conexiones y vínculos y vasos comunicantes como buenamente quieran y puedan.