Labordeta, Runciman y la política | Letras Libres
artículo no publicado

Labordeta, Runciman y la política

Sobre la importancia de meterse en política.

Este mes de septiembre se han cumplido cuatro años de la muerte del escritor, poeta y político José Antonio Labordeta. Hace unos días se presentó una fundación dedicada a estudiar su obra. En un acto emocionante celebrado en el Auditorio de Zaragoza, artistas como Joan Manuel Serrat, María José Hernández, Silvia Pérez Cruz y Refree, Paco Ibáñez, Luis Mendo o Santiago del Campo realizaron versiones bellas de las canciones de Labordeta o de su mundo más cercano. Ibáñez cantó “La mala reputación”, un poema que es un comentario antropológico, una definición íntima y una aspiración intelectual, y una canción decisiva para el zaragozano. Serrat, que como Labordeta desciende de Belchite, un pueblo destrozado durante la guerra civil, versionó “Aragón”. El homenaje de Eliseo Parra podría causar confusión. En él recordaba la reacción del diputado Labordeta ante la actitud de la bancada del Partido Popular en el Congreso, una tarde en la que lo estaban insultando un poco por encima de lo tolerable. La canción decía más o menos: “Y a la mierda los mandé en el circo del Congreso”. En el siniestro clima antipolítico de la España actual eso cosechó aplausos. Pero lo que pasó en el Congreso fue justo al revés. Creo que Labordeta cometió un error comprensible. Lo había sacado de sus casillas el comportamiento impropio (circense) de los diputados conservadores. Y su reacción, movida por la ira, no fue la más templada, ni fue representativa. Pero lo enfadó un comportamiento que no era el adecuado, que era indigno y que no le permitía hablar con el ministro de Fomento. No era solo que no lo respetasen a él personalmente, sino que no se respetara la institución, y que no se respetaran unas voces democráticas (por cierto, como dice Labordeta poco después en ese diálogo, unas voces que fueron silenciadas durante la dictadura). Probablemente esto lo sabe Parra, pero sería una pena que parte del público, movida por la ola antipolítica y su resaca de tópicos, no se diera cuenta de esa distinción esencial. Labordeta fue opositor a la dictadura, profesor, poeta, narrador, presentador televisivo, cantante, colaborador de la revista Andalán (cuyo director, Eloy Fernández Clemente, encarcelado durante el franquismo, estaba en el concierto), y también diputado en el Congreso durante dos legislaturas. En esta última actividad desempeñó de forma más plena un compromiso cívico que era también importante en el resto de sus tareas. Fue un diputado eficaz, extremadamente trabajador y comprometido, heterodoxo dentro de su propio partido, que compaginó una actividad intensa con una cualidad singular: era un hombre culto, valiente y sensible, que transmitía autenticidad y conectaba como pocos con la gente común. Usó un poema de su hermano Miguel Labordeta, un poeta expresionista de posguerra, para exponer su oposición a la guerra de Irak y eso en él no parecía falso. Era el político con quien los españoles querían irse a tomar cañas y eso también parecía una posibilidad verosímil. El “a la mierda” no es un “a la mierda” antipolítico. Al contrario. Fue un exabrupto político de un hombre que se tomaba ese trabajo y ese lugar muy en serio, que había luchado duramente por que funcionara y a quien le importaba mucho que desempeñara su tarea.

El día anterior a la presentación había terminado de leer Politics, de David Runciman, que pronto publicará la editorial Turner y que reseña Ramón González Férriz en la edición española de septiembre de Letras Libres. En esa breve, inteligente y clara introducción a la filosofía política, Runciman explica: “Hobbes entendía que no puedes tener una discusión política productiva sin un acuerdo político básico: el toma y daca depende de un consenso subyacente. A veces las dos partes de la política pueden reaccionar hacia la otra para producir resultados sorprendentes: cualquier discusión política, por aparentemente trivial que sea, tiene la capacidad de desafiar el orden político establecido. Una disputa por los impuestos puede llevar a una revolución. Por eso Hobbes intentó que la relación entre coacción y consentimiento fuera tan estrecha como fuera posible. Pero lo que realmente señala a Hobbes es que veía que los dos van juntos y dependen uno de otro”. Un orden político puede verse como una forma pactada de discusión; las reglas de ese pacto deben respetarse, aunque no son inamovibles. El autor de Leviatán sabía que era inútil intentar alcanzar la buena vida a través de la política y que la política existía para permitirnos buscar la buena vida por nosotros mismos. De lo contrario, tal como analizó Constant, oscilamos entre la indiferencia y un redentorismo peligroso: “el público a veces se despertaba de su pasividad política y se desataba. La gente que pierde el interés en la política no renuncia a la política por completo. Se vuelve hosca, resentida y propensa a las fantasías de venganza […] Largos periodos de indiferencia intercalados por breves espasmos de furia no son manera de hacer política”.

Hablando de la relación entre tecnología y política, Runciman explica: “La gente que piensa que puede tomar la política cuando la necesite suele descubrir que cuando la necesita de verdad no sabe dónde encontrarla. Los profesionales dirigen las cosas. La única manera de saber cómo hacer política es hacerla, en buenos y en malos tiempos. Necesitamos más política y más políticos”.

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