A la vista | Letras Libres
artículo no publicado

A la vista

 

Entender la esencia de la costumbre, traerla a capítulo, por conveniencia oculta. La maña del amor naciente: ¿cuál, que pueda detectarse? Y Ponciano pensó en Noemí... esa obligación casual, siendo un modo de aquellar las circunstancias que el destino diseñó para ellos. Decirlo sin tapujos ante doña Elvira: ¡Noemí! Sí, aquellar, pues, las minucias amables. Y esa idea cuajó con hartura, masa que abarca todo lo que chispea, lo abarca para sofocarlo y ¡ya!

Entonces “con permiso”, ya no abundar en otros conceptos. Lo subjetivo ¡al diablo! Más bien adueñarse de una ilusión concreta que se afila... ¡Noemí!... Y sin decir “agua va” Ponciano subió a su habitación dejando a doña Elvira entrecejada, ella se quedó con tres palabras oblongas en su mente: “amistad”, “amor”, “convivencia”: un trío circular girando como una sutil rueda de la fortuna, chiquita, luminosa, poco más, poco menos, al fin una versión de luz que sí, que ya: tal alcance, tal emblema allegado... Alcance de acueste, mejor dicho: allá, donde el sol pegaba enteramente en la cama de Ponciano. Un revestimiento blanco. Pues no había más que cerrar la cortina para que lo verdefloreado transparente se impusiera. Se impuso sobre –como un simulacro de sombra–: la cama: invitación, ociosidad: una conveniencia que quisiera ser tan fresca como una fruta y, ay, primero tocar... Es que la duda, es que lo caliente aún. Pero de rato se dio el acueste deseado para pensar con gran desplazamiento sobre lo vivido en Sombrerete, amén de seguir viviendo qué monotonías: allí, lo esperado: la cotidianeidad trabajadora y punto... y nada... Ponciano pensó –cuando se removía con gozo en el colchón– que había habido pacto entre Noemí y Sixto; que tal vez su examigo le había dicho a ella lo del asesinato remoto en el que ambos habían participado; le dijo que en cualquier momento la policía los arrestaría, anduvieran donde anduvieran; que tanto él como Ponciano tenían los días contados; que necesitaban protección mientras tanto, por lo cual –¡ya!– atando cabos: Sixto le había recomendado a Noemí que invitara a Ponciano a vivir a su casa, dándole, asimismo, chamba y, como remate, dándole vacaciones nada más por tener la edad que tenía. Protección, casi arropamiento. Entonces: más amor que amistad, ¡la interpretación! Entonces el ánimo para saber si era eso... tan grande... amor que nace y camina...

Entonces devoción...

Acercamiento...

Con cálculo...

Mañana el abrazo espontáneo, como hallazgo...

Y –¿por qué no?– como celebración...

Mañana las miradas de miel...

Lo frontal... bien suave...

Conexión que penetra y raspa muy apenas...

Con benevolencia...

Miradas todavía... Aprendizaje...

Prevenciones sonrientes...

Perfiles del azar: que han de juntarse...

Dos que quieren ser uno, un solo molde...

El beso provechoso...

Bocas pegadas... Luego: qué invención tan móvil...

Besar, besar, besar...

Seguir besando bien...

Entusiasmadamente...

La holgura natural...

Pero...

Mañana, lo primero...

Ojalá...

Aunque vale decir que el día de mañana todavía era de asueto, y adelantarse para saber si el afecto era real, si la verdad no era nada más una nube extrapolada que el viento hace cambiar a cada rato... Adelantarse. Saber. Sentir.

Vivir lo que ya es.

Aquella noche Ponciano durmió como nunca antes.

Primero se quedó acostado pensando durante –más o menos– unas cuatro horas en las tonterías que el azar lleva y trae: lo pasado que empata con lo presente, o que se deslinda: ¡a fuerzas!, tal vez, y luego, como a eso de las seis de la tarde, se le cerraron los ojos a ese que nunca se había dormido tan de cabeceo recio: por mor de una evasión llena de anécdotas casi infantiles. Durmió doce horas seguidas: ah. Consecuentemente: Noemí: la mira, el despertar. Salir de la casa amarilla para ir de nuevo a zamparse unas seis gorditas. Lo malo: no abrían tan temprano el restaurante típico.

¿Entonces?

La vagancia tempranera.

Ver lo amanecido de las calles de Sombrerete: los ruidos y los colores nacientes. Las personas y su optimismo principiante.

Ver.

¿Suponer?

Dejarse contagiar por el espíritu de la frescura y también oler lo que había de olores rancios o agradables.

Caminar. Detenerse. Buscar dónde sentarse.

Por adelantado hay que seguir el engallamiento de Ponciano, asociando un aspecto que ahora se trae a colación: traía puestos una camisa y unos pantalones vaqueros relucientes, o una brillantez contra lo medio chocho de él. Estreno –porque sí– acorde con lo que haría tras llegar a la tienda de la chaparra. Atrás quedaron el zampe de gorditas y la relajación resultante, justo cuando estuvo dándole sorbos sonadores a su café con leche. Tantas ideas que a fin de cuentas terminaron por incidir en un solo propósito. Propósito que sería ¿un parteaguas?: ¿en Sombrerete?: ¿o qué? Motivado por la acción que iba a emprender, Ponciano se dirigió a la tienda de Noemí: taconeaba de vez en vez el empedrado de la calle, iba erguido, con una gallardía que ni él mismo se la creía del todo e incluso suponiendo cosas muy de vencida: su juego, su osadía, pero hasta dónde el freno: bah, es que pensaba exagerado: para bien: en liviandades y ternuras. Luego ocurrió esto: llegó y la actividad, llegó esperanzado. Tal era el movimiento abarrotero que el chupado optó por recargarse en una pared sin dejar de mirar el atareo único de su objetivo. El recargue del hombre en una suerte de catinga fue notado por la clientela y los empleados juveniles, menos por Noemí: su concentración valía. También Ponciano, concentrado, estaba viendo y valorando. Una belleza casi contraria... tan metida en lo suyo. Chaparra, pero apetitosa. Con cabeza de papaya: sí, en efecto, pero había que ver cómo le caía el cabello: las capas lisas sugerentes: como si se tratara de un amaneramiento la uniformidad colgante, bonita. Cierto que estaba un poco regordeta, pero... con valorar chulamente lo bueno de su ser... La recomposición radiante... Los rasgos del agrado... Ahí y allá los destellos que jalaban... Y el hombre recargado en la pared no podía dejar de ver a la chaparra ni un instante. Ver el brillo de su morenez punteando. Cazador paciente. Tanta insistencia fue notada por muchos ojos circundantes, tantos preguntándose poquedades. Y sí: lo otro: la lentitud saliente de la clientela que iba siendo despachada. Desalojo parcial, pues, y zozobra acá porque Noemí avanzó hacia la puerta principal, y la intercepción: el abrazo de... ¡chin! Arrebato sensible voluntarioso. Ponciano aperingó a Noemí de la cintura. Agarrada sabrosa, útil para que él tratara de besarla con mucha dulzura, pero ella movía su cabeza de un lado a otro, negándose tajante, gimiendo, y: Nomás un beso. Uno, ¡ándele! Nomás uno que dure un ratito y con las bocasabiertas. ¡Déjese! Pero la chaparra se sacudió con toda la brusquedad que pudo y le acomodó a Ponciano una cachetada sonadora. Pero –huy– siguió el forcejeo de manos que insistían en el aperingue y Noemí luchando sin pedir auxilio. Los empleados aún no sabían si intervenir o no. Tulio extendía sus brazos hacia los lados y abría sus manos para detener los posibles impulsos. Es que la patrona y el empleado mayor habían vivido juntos: sabían su cuento. Por ende: el aprieto: más, más, y todavía: Un beso suavecito. Uno, ¡por favor!... Si usted saca la lengua yo también saco la mía. ¡Besémonos! ¡Ándele! En ese momento entró a latienda Sixto Araiza solo para notar la espectacularidad angustiante. ¡Suuueeéltaaaalaaa, caaabrooón! Al oír lo sonorode esa voz cavernosa, Ponciano soltó a su presa. Por fin sepercató de que los empleados y unos dos o tres clientes empezaban a rodearlo: todos con los puños bien cerrados. De nuevo Sixto habló: Más vale que te largues ahora mismode este pueblo, porque de lo contrario te vamos a apedrear hasta matarte, y al soltar su procura Sixto vio en redor y: ¿verdad que sí lo mataremos?, y el “siií” general concurrente se oyó frenético y, bueno, Ponciano salió de la tienda –le abrieron paso–, ganó la calle e iba gallardo como si se metiera por un boquete para alejarse cuanto antes.

Atrás quedó el sortilegio de las muchas miradas.

Ponciano aceleró sus pasos, de todos modos lucía de maravilla su ropa vaquera. ~

 

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Fragmento de la novela A la vista, que aparecerá próximamente publicada por Anagrama.