La virgen y el cordero | Letras Libres
artículo no publicado

La virgen y el cordero

“En diciembre del año 2001 –ha señalado Patricio Pron– una serie de acontecimientos hizo pensar que el país que habitualmente llamamos Argentina llegaba a su fin.” Una aguda crisis económica devino crisis política y el descontento social parecía incontenible. En un ambiente de represión, inestabilidad y caos, la actividad literaria estaba condenada a estancarse. En los años posteriores, sucedió lo impensable: la literatura se revitalizó, las pequeñas editoriales ganaron presencia una vez que los grandes sellos dejaron de interesarse en autores locales y una nueva camada de escritores hizo su irrupción en el panorama. Estos autores demostraron no ser solo producto de una circunstancia específica sino parte de una de las tradiciones más ricas de la literatura de aquel país. Una tradición que, según observa Damián Tabarovsky en su introducción a este dosier, concilia lo excéntrico y lo político, lo central y lo periférico. Una que escribe contra la norma. En nueve narraciones, una de ellas de no ficción, Letras Libres ha querido reunir a algunas de las voces más sobresalientes de las letras recientes de Argentina, no para insinuar los rasgos compartidos de una generación, sino, precisamente, para dar fe de su diversidad. ~

Hay una pasajera interesante, pero está ocupada. Un señor con pinta de imbécil la hace girar en la pista. Son los últimos. El resto ya se durmió hace rato. El mar plancha a las personas decentes. Arturo la mira con saña, cada sector de su cuerpo merece una lamida. Los hombros son blancos o trasparentes, casi adivina sus huesos, el modo en que los músculos se ensanchan, elásticos. El pelo corto le deja la nuca al descubierto. Un deseo ambiguo la domina. Ella parece un efebo, también como hombre sería deliciosa. Arturo no puede soportar que esté con otro. El imbécil es viejo y pelirrojo, parece un payaso. Transpira sus movimientos con olor rancio. Así huelen los muertos para Arturo, que no aguanta y los deja solos. Que un estertor se los lleve. Mejor salir a la noche.

El océano fluctúa mientras el cielo se queda tieso. Arturo se acomoda en la reposera. El saco de piel apenas le cubre las rodillas. Hace años que se fue y ahora volverá resfriado. El viento le atraviesa la nariz como un pasillo que se construye rápido. Después se pierde en el pulmón y lo enfría. Los pelos del cuello, helados.

Arturo está vacío, el mar se sacude bajo sus nalgas. El barco avanza emitiendo sonidos de fiera mecánica. La música del salón es una flor en el suelo. Arturo la pisotea. Intenta fumar, el cigarrillo se muere rápido entre sus dedos.

Entonces, recuerda a su padre. El señor Wynns. Seguro que no va a recibirlo al puerto. Habrá mandado a alguien. Mejor, será más fácil decirle no. Que se queda en Buenos Aires, que a Gaiman no vuelve. Su padre ya no quiere mantenerlo. Tu anarquía me sale cara, le dijo en su última misiva. Arturo no respondió. Wynns le mandó un pasaje de vuelta y una invitación a su boda. Me caso a fines de septiembre. Otra vez.

Jaime Wynns ya enterró a dos esposas. La primera fue Rachel, la madre de sus tres hijos varones. Arturo es el del medio. El traidor a las buenas costumbres. Ella murió tras parir al último. La segunda mujer le dio dos hijas. Era una gordita del valle con pretensiones místicas y problemas gástricos, que decidió atragantarse con torta galesa una tarde de invierno. Jaime solía montarla a la hora del té y después se perdía con excusas ovinas. Pero pasaron los meses y él dejó de merendarla. Ella no pudo soportarlo. Wynns no la lloró, era un tipo sensato.

Arturo quedó privado de los envíos de su padre y tuvo que mendigar en casa de otros poetas con más suerte. El hambre lo arrastró por la ciudad, cada vez más villana y fría. Europa en invierno es insoportable. Las metáforas se congelan. Debió aceptar el pasaje y regresar. Pero no en primera. El viejo da lecciones de ese tipo. Quiere endurecerle el cuero con alusiones indirectas.

Arturo se mira las uñas y piensa en la claridad del cuerpo de la pasajera. Parece encendida desde adentro. Tiene lo que llaman brillo propio. Piensa en clavarla, en hacerle surcos rojos en el escote. Marcarla como a una oveja.

La pasajera aparece sin aviso, en la cubierta. Está colorada por la agitación o por el trabajo de soportar al imbécil. Se pone con torpeza un abrigo y putea. Cree que está sola. Arturo sonríe, conmovido por la suerte.

¡Enrica, no es para tanto!

La voz del acompañante grita desde la puerta, no se anima del todo a salir, compite con el furor de las olas. Ella le hace un gesto de desprecio y la voz se oculta.

Arturo permanece en silencio. No tiene ánimo de intervenir. Enrica se acoda en la baranda y vomita. Se limpia con la manga del abrigo, asqueada. Los motores los acercan a destino y ellos no son capaces de mirarse. Arturo tose para llamar la atención, pero el viento se come el carraspeo.

A veces un cuerpo acorrala a otro, la atracción no se resiste. Ella es un animal, él una escopeta. Abandona la reposera para abordarla, decidido.

Tenga cuidado.

La voz de Arturo tan cerca la hace girar. Sus ojos se cruzan un instante. A ella le hace gracia. El pelo de él parece desmenuzado por el clima.

No es conveniente mirar el mar de noche, podría ser hipnótico.

Arturo siempre tiene ese tipo de frases en la lengua.

Me gusta cómo la palabra noche se le desarma en la boca.

¿Perdón?

Diga noche, de nuevo.

Mejor dígame cómo se llama.

Enrica Morgan.

Su marido la estaba buscando.

Es mi tío.

Ah.

Diga noche.

No.

Entonces, váyase.

Arturo no se mueve, está desconcertado. La presa ha resultado demasiado pantera. Enrica podría devorarlo, nadie se daría cuenta.

¿Es sordo?

No se burle. Tengo algo para usted.

Arturo enjuaga su garganta con una petaca y recita.

Mis besos son dagas / voy a lastimarte / mi ojo cojo te rebana / res vacía que me toca / concha abierta / un dedo mío te palpa.

Qué es eso.

Una balada.

No se ponga en evidencia. De dónde lo sacó.

Acabo de inventarlo.

Enrica se ríe. Tiene un diente de oro. La paleta de la izquierda. Arturo se arriesga y la toma de la barbilla. Ella lo imita. Se quedan así un momento, midiendo el riesgo. Ella se relame el diente luminoso. Arturo se moja un dedo y con baba le pinta los labios. Ella lo mordisquea con levedad caprichosa. Él la toma del cuello y la estampa contra su boca abierta. Así, intercambian las lenguas como anguilas recién pescadas. Se llenan de sabor a océano. Se roen con furia. Ella le mete una mano por la camisa. Aprieta su pezón derecho. Arturo imagina el diente de oro rasgando su tetilla. Son uno para el otro. El viento despeina, desequilibra. Pero no es el viento sino un brazo decidido el que interviene. El tío le pega un empujón a Arturo y lo envía contra la baranda.

¡Enrica, qué estás haciendo! Criatura del demonio, ubíquese en contexto. ¡Y usted, señor, respete lo ajeno!

Arturo no contesta, en cambio busca a Enrica con los ojos llenos de fiebre.

Mi camarote es el 129. Lo espero.

Él se pierde por el pasillo de babor con una obsesión física entre las piernas. Necesita embutir a Enrica o suicidarse. Prefiere pensar en ella. El oleaje invisible estalla contra su pecho. Quiere encerrarse y esperar, sabe que no podrá visitarla hasta más tarde. Se agita como si fuera a lastimarse, arrancar ese rabo que crece, se hace palo mayor y luego, infierno. Se traga el semen con las manos.

alambre gris / cópula divina /

mi pija es tuya / como mi dicha.

Una lluvia inesperada se ensaña contra la nave. El balanceo es abusivo. Son las cuatro de la mañana. Arturo abandona el camarote y se aventura por el estómago del barco. Hay niños llorando, mujeres en pleno rezo, hombres borrachos. 129. Olisquea las puertas en busca de su oveja. Llega hasta el extremo último. Una puerta mal cerrada llama su atención. Se agita como abofeteando el marco. Dos cuerpos en batalla han desarmado la cama. Casi no hay luz. Enrica y su tío se muerden como salvajes, están desnudos. Arturo se clava frente a la puerta, ella no lo ve. En cuatro patas, parece otra. El que la atraviesa es un mamífero fuera de sí. La nalguea, parece un arriero. Pero entonces sus ojos se cruzan, el tío le guiña un ojo. Arturo se siente enfermo. Corre hasta el primer baño, se encierra. De tan erecto, duele. Se moja el cuello, la boca. Se abre el pantalón. Cuando termina, la lluvia lo imita.

A varios días de distancia, en Gaiman ya es de día. Hace tiempo que Arturo ha sepultado el pueblo en su memoria. Tampoco quiere ver al padre haciendo el ridículo de nuevo, vestido de gala, casi ciego.

Las mujeres cosen flores de tela a una guirnalda, los hombres sacrifican corderos. Jaime Wynns controla desde muy cerca cada avance. Hace dos años que no tiene mujer y no puede ver solo. Apenas unos colores secos, como muertos sobre las cosas. Laven bien los cráneos, más púrpura en las flores. Las indicaciones contrastan con la palidez devota de los empleados.

El señor Wynns es hijo de un galés que llegó en el Mimosa gravemente enfermo. Cuando Jaime recibía su primera nalgada de recién nacido, el padre agonizaba en un catre. Después del entierro, la madre quedó sin leche, de pena. No había colono capaz de ordeñar una vaca, eran criaturas feroces. Y las mujeres estaban enfermas. Fue leche de india lo que salvó a Jaime Wynns de la muerte. Después de amamantarlo por diez noches, le enseñó a la madre a ordeñar una oveja. Hoy, el señor Wynns tiene ochocientas cabezas. También chacras, segadoras de corte y de atado, tres molinos y un Mercedes. Pero no ve sus propiedades, son bultos sin sentido. Solo puede tocar. Nadie es capaz de tocar ochocientas reses en una tarde. Jaime necesita el cuerpo de una mujer. Pasear sus dedos, palpar desde los pies hasta los ángulos menos claros. La negrura lo convoca. La noche es un terreno maldito.

Arturo se despierta en el centro de una pesadilla. Ha visto desnuda a Enrica, blanca y húmeda, bañada en leche tibia. Algo en esa piel incita y condensa maldad, huele a fermento.

Se viste dispuesto a olvidar el incidente nocturno. No va a dirigirle la palabra a ella ni al supuesto tío. Faltan dieciocho días de navegación, pero él tiene sus versos.

doble golpe y replegarse / lo siniestro no tiene velocidad / niebla frígida entre nosotros / mientras tanto, el hueco.

El cielo no tiene color, está velado por una bruma pastosa que despierta el apetito aunque sea temprano. Arturo entra al salón de desayunos con un libro y un lápiz. Enrica está sentada junto a una estufa y lo saluda con un gesto indolente. Se ha puesto anteojos de sol y está vestida de blanco, como si fuera pura. Arturo levanta una ceja a modo de hola y se sienta en el otro extremo. Enseguida pide un café. Se concentra en la lectura y la ignora, subrayando pasajes al azar.

Anoche no vino –Enrica se detiene en la mesa de él como si fueran amigos. Sus pezones indican lo contrario, se adivinan salvajes y agrios. No usa corpiño.

No pude. Tengo mucho que leer –Arturo muestra su ejemplar de Apollinaire.

¿Me cambió por un libro?

Soy poeta. Me atraen más las palabras que las mujeres.

Ah, es homosexual.

¡Qué ignorante!

No grite.

No me provoque.

Sus juegos me aburren.

Usted es la que juega.

A qué.

No sé. Pero no estoy interesado.

No mienta. Le palpita el ojo desde que me vio.

Es un tic viejo.

Cuántos años tiene.

¿Y su tío? Es muy afectuoso, ¿no?

Señor, su café. ¿Quiere tostadas o huevos?

Tráigale huevos.

Tostadas, por favor.

Enrica se dirige a su mesa. Prende un cigarrillo de espaldas a Arturo, que decide no desayunar y abandonar el salón.

Señor, cuál es su camarote –la camarera grita desde la puerta de la cocina.

303 –la voz de Arturo es casi inaudible.

¿Trescientos qué?

Arturo sale sin responder.

Tres –Enrica dicta desde su mesa.

Gracias.

De nada.

En Gaiman, el señor Wynns está inquieto por la llegada de Arturo. Sus hijos varones son responsables, solo falta encauzar a este. Las mujeres se casaron hace tiempo y dejaron de ser un problema. Solo son aburridas. La invitación al casamiento es el principio, lo que en realidad quiere Wynns es que Arturo se ocupe de una chacra, que sea útil en algo. Ya está grande para el ocio poético. Su carácter no coincide con el paisaje. Cero sacrificio, nada de expiación. Los pasatiempos literarios nunca rindieron. Arturo no fue capaz de ganar ningún premio Eisteddfod , ni en inglés ni en castellano. Sus poemas habrían espantado a los organizadores por el vocabulario. Vergas y estimulación filoerótica tampoco son temas que garanticen el triunfo, el sillón bárdico. En cuanto a los ejercicios espirituales, también se evadía de la escuela dominical y no demostró interés por congregación alguna.

Arturo está estancado. No ha podido escribir ni una línea. Su cabeza se dedica a reconstruir la fornicación incestuosa de la pasajera. Para suprimir las imágenes, aprovecha las sesiones de cine en el salón de entretenimientos. La cartelera no es muy variada pero él necesita sumergirse en otros mundos para ordenarse. Todas las películas refieren a la navegación. Hay marineros sudorosos, seres primitivos, soberanas en paños menores. Pero también historias menos previsibles, donde el mar no juega un papel central, pero sí perturbador. Durante la proyección de Rebecca, se descompone. Anoche soñé que había vuelto a Manderley. La frase de Joan Fontaine le hace pensar en Gaiman. En su padre y el nuevo casamiento. A punto de abandonar la silla, una mano helada se posa en su hombro desde atrás. Enrica lo mira con los ojos húmedos. No pueden moverse. Aguantan así, casi hasta el final. Es ella quien sale primero. Arturo la sigue. Caminan hasta el camarote de él, parecen sonámbulos. Se encierran. Enrica se desnuda despacio, él la abraza, ella se aparta y le abre el pantalón. Besuquea la pelambre de Arturo, devora su pubis. Él se olvida de sí, burbujea. Intenta penetrarla pero ella dice no. Solo por atrás. La virginidad es una inversión, mi garantía de futuro. La única que tengo.

Pasan dos días encerrados en el 303, hasta que el tío la encuentra. Arturo, vencido en la cama, siente un cuchicheo. Al despertar, está solo. Tiene hambre.

Doce corderos son arrancados de sus pieles y puestos en sal. Los álamos se agitan. Wynns se arrodilla y le ruega al Señor por su ganado y la cosecha. Después, extrae de un bolsillo del chaleco la foto de su prometida. Ella sonríe con lascivia, dejando a la vista su diente dorado. Jaime no la ve, la supone distinta. Enrica Morgan, tu nombre promete. Serás la última. La muerte está cerca, gira como el molino. Pero al trigo lo pulveriza el viento.

Cerca de Brasil, Arturo sabe que su cuerpo ya no es suyo. Ella lo agita, lo babosea, parece su prolongación. Aunque no la tenga todas las noches. Enrica establece los encuentros, fija condiciones. Cuando está solo, Arturo la evoca: sus posturas, la risa ácida. En lugar de escribir, la dibuja. Su mano es un ojo. El lápiz entra en todos los orificios de ella. La perfila desde adentro.

La llegada al puerto es fea. Buenos Aires parece una película mal conservada. Llena de grises. Los bultos, el griterío compiten con la tristeza de Arturo. Ayer la pasó solo. Enrica estaba nerviosa, eso dijo. Debía prepararse. No la vio en el desayuno, ni después. El tío sí lo buscó, le hizo un gesto con el brazo y le entregó una carta. No la abra hasta que esté en tierra.

Es al hacer la fila para bajar, entre la multitud, cuando la distingue subiendo a un Mercedes. Ni siquiera lo mira. Un gordito nervioso se choca con Arturo y su valija cae al suelo. Los dibujos vuelan por la borda. Enrica desnuda, de cerca y de lejos, su boca, las tetas blandas son levantadas por el viento y diseminadas entre los pasajeros. Hay risas y silbidos. Arturo la busca. El auto ya no está.

En Gaiman, el señor Wynns se ha puesto un traje nuevo. Algunas flores púrpuras en el ojal. Dos cabezas de cordero esperan a los novios. Fueron lavadas con prolijidad, separada la carne del hueso, filtrada la sangre. Los cráneos limpios resplandecen con el sol cálido del valle. El ritual es un invento de Wynns para santificar su matrimonio. Los corderos se unen hasta el final, en sacrificio. La pareja irá hacia el altar con la muerte como sombrero.

Un grupo de niñas violinistas afina sus instrumentos. El Mercedes por fin levanta el polvo del camino. Enrica es conducida hacia la iglesia. En la sacristía, una hija de Jaime le acerca el vestido. Es el que usó Rachel, la primera esposa. La segunda no entraba en un talle tan chico y tuvo el propio. Pero no duró. El señor Wynns está viejo y no quiere arriesgarse. La hija le pide a Enrica que se recueste. Debe comprobar la existencia del himen. Ella está cansada por el viaje, pero quiere sacarse el trámite de encima.

Una vez verificada su vagina, se cambia. El raso está gastado por el tiempo, sobre todo en los bordes, pero aún brilla en el centro. Todavía no vio a su futuro esposo.

Afuera hay una cripta, al borde de la capilla donde empieza el cementerio. Es la sepultura de sus mujeres anteriores. Ahí la espera Jaime, con el cráneo ovino cubriéndole la cabeza. Un empleado le coloca a Enrica el suyo. Ella frunce la boca con repugnancia. ¿No será un poco siniestro? El tío la calla con sutileza. Son ritos patagónicos, es decir, brutales. Aguantemos.

Las niñas tocan una melodía confusa, ligeramente destemplada. Enrica tiene ganas de burlarse, de irse corriendo. Pero se queda. El viejo no va a durarle mucho.

En Buenos Aires, Arturo ha leído la carta: Me caso con un tal Wynns. Te espero en Gaiman. Dame tres meses.

Imagina la ceremonia. Y después a Enrica sentada a una larga mesa, devorando. Junto a ella, el ciego. Arturo se siente el plato principal. Los dedos de ella arrancan pedazos de su rabo asado, que, de tan tierno, se desarma. La supone llevando esa carne a la boca, masticando con indiferencia. Su padre toca los hombros de Enrica, seducido, mientras los invitados eructan con aliento a Arturo.

Pero él no va a regresar nunca. Está de pie, mirando el río desde el borde. Las aguas parecen un cuajo de leche turbia. ~