La vida animada | Letras Libres
artículo no publicado

La vida animada

UNO

Para empezar, una confesión: quien firma estas líneas creyó hasta bien entrado en su adolescencia que Hanna-Barbera era un una mujer en lugar de dos hombres y que de verdad se podían comprar productos marca acme por correo.

Después todo eso queda atrás. El paisaje se modifica, la programación cambia y, a no ser por algún fenómeno cult-sociológico puntual, nos fuimos y no volvemos allí. Cosas como Heavy Metal, la dupla Una rubia entre dos mundos/¿Quién engañó a Roger Rabbit? (con sus reflexiones metanoir de las relaciones entre dibus y seres humanos), la tontería de Beavis y Butt-head, el desafuero de Ren & Stimpy, la manía referencial de South Park y Los Simpson. Y, ah, por supuesto, todos esos trasnoches blancos y químicos bailando el insomne vals del zapping entre Nickelodeon y Cartoon Network cuando se nos ocurrían cosas como que cada generación de seres animados estaba íntimamente relacionada con la droga/guerra du jour. Así Tex “Bugs Bunny & Co.” Avery era el alcohol/Segunda Guerra Mundial mientras que Friz “Pantera Rosa” Freleng (y mejor no hablemos de Scooby-Doo) era la heroínica Vietnamarihuana y ahora, sí, estamos en plena era psicotrópica... Pero mejor no hablar de esas cosas.

En cualquier caso, todo vuelve. Incluso la propia infancia que nunca se va (la mía, argentina, marcada a fuego por esa genialidad no todo lo merecidamente celebrada fuera de mi país que fue y es y será Hijitus) retorna clonada sobre la infancia de los propios hijos. El niño que llevamos fuera refuerza al niño que llevamos dentro. Así, volvemos a ver dibujos animados en la tv y en el cine y, de pronto, descubrimos que nos interesa mucho más cuándo será el estreno de la primera de los Minions a solas que la llegada de la última de Paul Thomas Anderson. Y –previendo previews de una y de otra– todo parece indicar que está bien que así sea.

DOS

Aclarado todo lo anterior, mínimas coordenadas: mi hijo tiene ocho años. Lo que significa que me he pasado el último lustro yendo a ver obras maestras de una edad dorada en la que las caricaturas suelen reclamar las voces de grandes actores “serios” porque les conviene, porque van a salir ganando y serán más queridos en el futuro, cuando sus fansitos crezcan.

Mis fines de semana son, sí, muy animados. Y el relato de uno de los últimos funciona, creo, para explorar la vida animada de estos días y sus circunstancias.

Es sábado y ya hemos recibido nuestra dosis de Phineas y Ferb o lo más freak que alguna vez llegará a ser la Disney (sobre todo, luego de comprobar que la tradicional y con princesa Frozen se ha convertido en lo más exitoso de la/su historia).Ya fuera, la primera etapa es Capitán Harlock, anime galáctico 3d dirigido por Shinji Aramaki. Y lo cierto es que salimos de allí con dolor de cabeza producto de la sobreexposición a esta space opera de trama convulsa y críptica donde todos van de una nave a otra y aprietan botones mientras el capitán del título –una cruza de Holandés Errante con Alatriste– parece más preocupado por la caída y vuelo de su capa al girar que por la estabilidad del universo todo. Intensidad japonesa y, todavía, ecos de Hiroshima/Nagasaki y, digámoslo, de Battlestar Galactica. Mi hijo me hace demasiadas preguntas sobre lo que sucedió. Preguntas para las que no tengo respuesta. Por lo que decidimos beber antídoto poderoso: el spin-off Los pingüinos de Madagascar, de Eric Darnell y Simon J. Smith y cualquier cosa que contenga el gag de utilizar el omnipresente en la cultura norteamericana apellido “Kowalski” cuenta con toda mi simpatía. Volvemos a casa tranquilos y relajados, aunque mi hijo sigue interrogándome acerca de eso de que la nave Arcadia del Capitán Harlock haya “asimilado” la “esencia” de su mejor amigo muerto y...

TRES

... el día siguiente comienza como incursión en ese gigantesco making of que es la exposición por los veinticinco años de Pixar en CaixaForum. El responsable de estas páginas se ha conmovido con la trilogía Toy Story, ha celebrado la primera mitad “muda” de Wall-E, ha recibido el guiño proustiano/epifánico en la gastronómica Ratatouille, y no puede sino admirar la intro elíptica con la que abre Up. Pero, por encima de todo, sostiene que Monstruos s.a. es una obra maestra de cualquier género y formato. Sin embargo –se percibe en los rostros de hijos y de padres–, hay algo decepcionante en toda esta demostración de cómo se hizo lo que se pensaba o se quiere pensar como milagroso. La incómoda sensación de un mago explicándote el truco a la vez que te comunica que jamás podrás comprenderlo del todo.

¿Cómo sacarse ese incómodo sabor de boca y de pupilas? Fácil: un buen montón de burgers-cangreburgers. Y el nuevo largometraje de Bob Esponja –Bob Esponja, un héroe fuera del agua, 74 millones de dólares de presupuesto– no solo no decepciona sino que aumenta aún más nuestro amor por el sinsentido, la tontería, la libre asociación de ideas libertinas y el modernismo convertido en caricatura. Al fondo de la creación del biólogo marino Stephen Hillenburg pueden oírse “Yellow Submarine” y “Octopus’s Garden” de The Beatles; pero como si les hubiesen inyectado en vena aquello que bebía el Dr. Jekyll antes de salir de juerga. Vale todo y todo vale y no hay más lógica que la falta de. Piratas, gaviotas, cruces interdimensionales, esa idea subversiva de que debajo del agua hay agua, Antonio Banderas, Fondo de Bikini pasada por el tamiz posapocalíptico de Mad Max, un delfín hipercerebral como Guardián de la Galaxia que lleva diez mil años aguantándose las ganas de “ir a hacer pipí” y, de nuevo, la fórmula secreta de las hamburguesas como anillo tolkienístico, etc. “Los niños mandan”, le explicaba la Princesa Mindy a un Bob Esponja que, equivocadamente, quería crecer en la película anterior. Y padres e hijos, colosalmente empequeñecidos, salen del cine con (a) cara de qué-le-han-hecho-a-mi-hijo y (b) con cara de qué-me-han-hecho. Y son lo mismo. Y son felices. Y somos felices.

CUATRO

De regreso en casa, los dos, volvemos a ver en una de las muchas mansiones del dios YouTube uno de nuestros vídeos favoritos. Véanlo ustedes: todo tuvo lugar en Madrid, en Puerta del Sol. Allí, en la turbia y turbulenta imagen, vemos a los personajes de dibujo animado Dora la Exploradora (a una persona metida dentro de un disfraz de Dora la Exploradora) agarrándose a tortazos e insultos con Minnie Mouse (una persona metida dentro del disfraz de Minnie Mouse), mientras otros dos personajes (Bob Esponja y su amigo Patricio, también rellenos de carne humana) intentaban apaciguar los ánimos de las combatientes ante la mirada perpleja y angustiada de niños que pasaban por allí. Todo el asunto podría ser rápidamente catalogado y almacenado como una pelea callejera por el territorio de animación/recaudación de monedas de quienes pasan y pasean por allí. De no ser porque aquí laten y se perciben los evidentes aunque subterráneos destellos fringe de un x-file de consideración, clasificado y top secret y etc. Otro aviso de un complot que se viene cociendo a fuego lento y que se apresta a alcanzar su punto de hervor máximo. Así, una lectura superficial y rápida de lo que la Historia acabará reconociendo, en Sol –y poniéndolo a la altura de aquel archiduque baleado en Sarajevo, 1914– como la mecha que encendió la bomba planetaria de las Cartoon Wars. Cartooncalypse Now. Veamos... Por un lado, Minnie Mouse simboliza la tradición conservadora de la Casa Disney, algo así como el Tea Party de los dibujos animados aunque, de tanto en tanto, se intenten gestos de modernización y puesta al día con mínimos detalles supuestamente transgresores que no lo son tanto. En cambio, Dora la Exploradora (y su primo Diego) representan el aluvión migratorio y latino y (como Manny “Manitas” García o Handy Manny) mano de obra barata; pero que Minnie y los suyos no pueden dejar de percibir como caballo de Troya conteniendo una cultura extraña y un idioma exótico. Lo más inquietante de todo el asunto es la aparición –como pacificadores– de Bob Esponja y Patricio. Uno y otro no parecen los candidatos ideales para solucionar ningún problema y, mucho menos, un enfrentamiento de trazos e ideologías como el recién descrito. Se sabe que Bob Esponja y los suyos –como buena parte de las últimas creaciones para el consumo de infantes– son seres psicóticos, dados a la alucinación, capaces de cometer las acciones más aberrantes para morir y resucitar y seguir haciendo de las suyas intentando convencernos de que son las nuestras. Y me temo que lo son.

Los inminentes atentados terroristas en varias sucursales de Disney World y en parque temáticos Warner serán atribuidos a células terroristas fundamentalistas islámicas y bla bla bla... Para cuando se sepa la verdad será demasiado tarde y ya estaremos viviendo en lo que será histórica e histéricamente conocido como la Era de acme: un tiempo y un espacio donde todo producto nos acabará explotando en la cara. De hecho, ya estamos ahí, ya llegamos. Coyotes correcaminando. Conectados al mundo “real” –con sus looney tunes y silly symphonies– donde Minnie le gritaba “sudaca-chicana” a Dora, Dora le escupía un “pinche rata” a Minnie, y Bob Esponja y Patricio proponían a todos hacer las paces masticando la más tóxica de las burger-cangreburgers.

And that’s all, folks! ~