La venganza de Martín Amis | Letras Libres
artículo no publicado

La venganza de Martín Amis

 

“En los meses que siguieron al 11 de septiembre no leí mucha ficción”, explicaba el escritor inglés Ian McEwan en una entrevista tras la publicación de su novela Sábado. “Cualquier genocidio implica un enorme reto para un novelista. Mientras que con sólo un deceso el novelista puede tejer una trama, con tres mil muertos la proporción del sufrimiento rebasa lo que cabe en 350 páginas.” La respuesta de McEwan a esa suerte de encrucijada artística fue precisamente Sábado, un libro escrito para la era del terrorismo, donde el instante fatal se ha vuelto asunto cotidiano.

McEwan no está solo. Para los novelistas estadounidenses, el derrumbe de las Torres Gemelas supuso también un acertijo. Es significativo que, después de siete años, los estantes de las librerías sólo puedan presumir algunos, contados, libros que abordan, desde la libertad de la ficción, lo ocurrido en 2001. Jonathan Safran Foer lo intentó con su Extremely Loud and Incredibly Close, invocación salingeriana en la que un huérfano trata de encontrar sentido a la ausencia del padre muerto en los atentados. En un tono menor, Philip Beard trató de capturar el naufragio de la sociedad estadounidense en Dear Zoe, donde la muerte accidental de una pequeña desata una serie de confrontaciones familiares. La huella del 11 de septiembre está también en los libros más recientes de John Updike (Terrorista), Don DeLillo (El hombre del salto) y, veladamente, Cormac McCarthy; de los tres, sólo La carretera, del tercero, se salva de la quema. En general, para los novelistas, el 11 de septiembre ha demostrado ser un auténtico galimatías, dejando a la mayoría en lo que el propio McEwan ha descrito como un “estado de incredulidad”.

Después de los atentados, otros escritores, más acostumbrados a descifrar la realidad que a recrearla, se dedicaron a tratar de explicar el destino del siglo. Periodistas como Lawrence Wright siguieron la concepción y el crecimiento de esa hidra que es Al Qaeda. Otros, más dados a la labor intelectual, prefirieron comprender qué movía los hilos del odio que llevó a Marwan Al Shehhi, Hani Hanjour y Mohamed Atta a inmolarse a quinientos kilómetros por hora. Paul Berman encabeza esta lista; su libro Terror y libertad, que desenterró para la posteridad la obra del ideólogo islamista Sayyid Qutb, es aún el libro canónico sobre el origen de Bin Laden y Ayman Al Zawahiri.

En The Second Plane / September 11: Terror and Boredom, Martin Amis ha decidido no renunciar a ninguno de los dos ejercicios: en un libro quirúrgico, une al intelectual público con el narrador ácido. Gracias a esa mezcla de análisis y dolor puro y duro, Amis ha producido la primera gran exploración del 11 de septiembre desde el ojo occidental. El libro comienza con la reflexión que Amis publicara el 18 de septiembre de 2001 en The Guardian. Ahí, el ensayista se ve reducido a un espectador –lúcido, pero espectador al fin– de una catástrofe que escapa a su comprensión. Amis ancla su texto en la imagen definitiva de los ataques, el vuelo del United 175, la segunda aeronave de la mañana: “para aquellos en la torre sur, el segundo avión fue el final de todo; para nosotros, su brillo representó el primer atisbo del futuro cercano”. El Amis de ese primer ejercicio de disquisición literaria de la era del terrorismo es, como todos los que presenciaron ese parteaguas por el cristal de la televisión, un hombre conmovido, asustado y rebasado: “sentí miedo de mi especie”, confiesa en la última línea.

Cinco años después, el temor de Amis se convirtió en desprecio y simple y llano coraje. En el ensayo furibundo que da título al libro, Amis va un paso más allá de Berman y transforma a Sayyid Qutb en la personificación misma del movimiento que inspiró: indignado, aburrido, resentido ante la modernidad, la sexualidad y, en muchos sentidos, la vida misma. Si para Samuel P. Huntington y Bernard Lewis el choque entre el islamismo y Occidente es un enfrentamiento de civilizaciones –o, al menos, de etapas civilizatorias–, para Amis se trata de un encuentro quizá irresoluble entre la apreciación racional de la vida y la devoción religiosa por la muerte. En The Second Plane, lo insondable y peligroso de los enemigos que aparecieron en el horizonte occidental el 11 de septiembre de 2001 no es la vehemencia con que pretenden defender su ideología sino su desprecio por el ejercicio más elemental de la vida. Así como Sayyid Qutb decidió “barricarse” en su camarote ante el supuesto acoso de una mujer que pretendía “seducirlo” durante el viaje a Estados Unidos que definiría su radicalización, así los islamistas han optado por darle la espalda al mundo posterior (por decir lo menos) al Renacimiento. Es una idea provocadora, a la que no le han faltado detractores. En una reseña reciente de The Second Plane, Leon Wieseltier, editor de The New Republic, lamenta que el Amis ensayista recurra tanto a la víscera. Aun así, Wieseltier evita referirse al otro lado del libro, que incluye dos ejercicios de narrativa que, quizá, resultan más iluminadores que el trabajo intelectual que los antecede. Como polemista, su omisión es comprensible: si en la reflexión los arrebatos de Amis estorban, en la ficción sacuden.

En “The Last Days of Muhammad Atta”, uno de los dos cuentos del libro (el otro, “In the Palace of the End”, da cuenta de la tortura en el Iraq de Hussein), el lector encuentra al mejor Amis. En “The Last Days...” Amis imagina, con una precisión de espía, las últimas horas de Atta, el terrorista encargado de pilotear el primer avión de la catástrofe. Por su inteligencia, carácter cosmopolita y preparación académica, Atta es un personaje fascinante. En el relato, Atta se mueve, incómodo y asqueado, con una palidez sepulcral. El terrorista guarda resentimientos, desprecia a sus compañeros de misión y se encomienda a un brebaje que le han entregado para hacer más expedita su entrada al paraíso. En la imaginación de Amis, Atta regurgita y traga bilis; se molesta ante un vello que, testarudo, se retuerce en una pastilla de jabón; imagina una y otra vez la incisión que hará en la carótida de las azafatas. Y al final, en un párrafo perfecto, Amis le niega al terrorista la paz previa a la muerte; lo piensa, en cambio, gastando penosamente ese último segundo de dolor y, quizá, arrepentimiento, no ante la gloria sino ante la tristeza abrumadora que supone el final de la vida.

Y con eso Amis logra la mejor catarsis imaginable: de un plumazo, priva al primer hombre de la edad del terrorismo del final paradisíaco que, tras horas de rezos, injurias, entrenamientos, pócimas, lecturas y llamadas a su “jeque” en Afganistán, está convencido de merecer. Una venganza literaria que consigue, por un momento, librar al lector de la incredulidad que aún flota en el ambiente a siete años del derrumbe y la polvareda. ~