¿La venganza de Cortés? | Letras Libres
artículo no publicado

¿La venganza de Cortés?

En la noche del 30 de junio de 1520 en que según la Historia (que a veces se engalana de Leyenda mientras aspira a ser un día Telenovela Histórica de Televisa) el aventurero, el conquistador, el terrible capitán español Hernán Cortés recibió en Tenochtitlan, de parte de los guerreros mexicas, una formidable tunda militar, emprendió la carrera en retirada (que sospecho que la llamaría “estratégica”) y en llegando a un lugar de la calzada de Tacuba en el que entonces había algunos ahuehuetes se sentó a recobrar el aliento bajo uno de ellos, el cual hasta entonces había sido anónimo como cualquier otro vegetal pero que a partir de ese momento empezaría a recibir honores como el Árbol de la Noche Triste, y allí soltó el “llanto militar” (como poéticamente diría el espadachín y literato don Francisco de Quevedo, el amigo del hoy más célebre Capitán Alatriste).

Cinco siglos después, el pasado 30 de junio de 2008, para celebrar con ánimo de reivindicación retrospectiva la famosa Noche En Que Chilló Cortés, un grupo de representantes de pueblos indígenas danzaba, cantaba melopeas y emitía humo de copal en torno y en homenaje al famoso árbol de aquella Noche Triste de los Españoles que simultáneamente fue la fugaz Noche Alegre de los Mexicas.

¿Pero qué es que lo que allí, en Tacuba, en esa danzada y aromada noche reivindicativa, realmente había entre las rejas que cercan al antaño famoso y verde prócer vegetal como a un presidiario? Cualquiera puede verlo si va por ese rumbo que no suelen documentar las lujosamente ilustradas guías para turistas impresas en papel couché. Allí no hay más que un patético vestigio, que un cadáver (por causa de vejez, de incuria oficial y de un incendio que vaya usted a saber si lo causó un gachupín ardido de rencor histórico) de lo que fue alguna vez el histórico, el legendario árbol. Ahora ese otrora Árbol con mayúsculas es más triste que la noche más triste, es un verdadero conjunto de resecas astillas, casi no más que un ennegrecido muñón, una carroña de árbol. Y eso entristece, pues aun si el Árbol no tuviese autenticidad histórica (¿cuántos ahuehuetes habría por allí en el siglo XVI y bajo cuál habría realmente gimoteado don Hernán?), si ya hasta su leyenda se hubiera desvanecido o si su imagen sólo persistiera en los viejos calendarios de Herrera, de cualquier modo es un árbol muerto más, tanto por censurable abandono de funcionarios y guardianes del Patrimonio Histórico, si eso existe, como posiblemente incendiado por algún rencoroso descendiente, si acaso existe, de don Hernán Cortés.