La última batalla de Guillermo Tovar de Teresa | Letras Libres
artículo no publicado

La última batalla de Guillermo Tovar de Teresa

Guillermo Tovar de Teresa era ejemplo, quizá el mejor, del intelectual autodidacta, ajeno a la academia endogámica, apartado voluntariamente de la burocracia cultural.

Con tristeza, pocos minutos después de enterarme del fallecimiento de Guillermo Tovar de Teresa, me doy a hojear los dos tomos de su libro La Ciudad de los Palacios: crónica de un patrimonio perdido. El más conocido por el público entre los suyos, sin duda, pero tras cuyos textos se atisban, como condensados, los saberes vertidos en decenas de otras publicaciones, ensayos, artículos, todos ellos de una profundidad y una erudición portentosa. Nadie como Guillermo nos dio en el último medio siglo una visión tan comprensiva del arte de nuestro Virreinato.

Cierro el libro con tristeza. Recorrer su portada es pasear la mirada por la ciudad que amó y de la que fue cronista, adivinar lo que de ella se preservó y lo que sus propios habitantes arrasaron a lo largo de siglos. Ahí, en primer plano, destaca por cierto algo de lo que se conserva y a lo que Guillermo dedicó los que, sin saberlo, eran sus últimos días: la estatua ecuestre de Carlos IV fundida por Manuel Tolsá, aquella que el pueblo llamó el Caballito y que recientemente sufrió daños irreversibles en una pretendida restauración. Tal vez el viejo adagio tiene razón “los acontecimientos por venir proyectan su sombra hacia el pasado”. Y así, solo por ello y no por una simple coincidencia quedó, al frente de su libro más representativo, la inigualable silueta del objeto de su última batalla en defensa de nuestra riqueza patrimonial.

Nunca traté a Guillermo Tovar de Teresa y sin embargo me deslumbró desde la primera vez que lo escuché. Admirable desde muchos puntos de vista –comenzando por su precocidad intelectual y concluyendo en sus inigualables logros en el conocimiento del arte mexicano de la Colonia– Guillermo Tovar de Teresa era ejemplo, quizá el mejor, del intelectual autodidacta, ajeno a la academia endogámica, apartado voluntariamente de la burocracia cultural. Tovar de Teresa no debía títulos a universidades o institutos; había bebido el conocimiento directamente de las bibliotecas, de nuestros escritores de los siglos pasados –aun los más desconocidos–, de los viejos folios rescatados de las bibliotecas conventuales,  de los archivos como el General de la Nación o el de Notarías (el que recorrió con una mirada distinta, que le permitió enriquecer, por hablar de un caso particular, el conocimiento que se tenía de la retablística mexicana del siglo XVIII).

A Guillermo Tovar, como cronista de la ciudad de México, se le llama colega y sucesor de Luis González Obregón, Artemio de Valle Arizpe o Salvador Novo. Y lo fue por el cargo oficial que tuvo y que dignamente decidió compartir convirtiéndolo en un Consejo de la Crónica de la ciudad de México. Pero su obra llegó mucho más lejos que la de aquellos recopiladores de leyendas, anécdotas, sucedidos, hechos picarescos o costumbres –a veces fascinantes– de nuestros tiempos pasados. Con todo lo que ello significa, Tovar forma parte de la serie de grandes estudiosos de nuestro arte novohispano como Domingo Revilla, Manuel Toussaint o Francisco de la Maza, entre otros. Me atrevería a decir que en aspectos como profundidad, dedicación, orden y método, superó a estos maestros, y que llegó a comprender como ningún otro mexicano el arte barroco mexicano en su conjunto, sus variantes estilísticas, sus transformaciones, su evolución e influencia, sus grandes artistas y sus pequeños artesanos, su propia decadencia, su atroz destrucción.

No faltarán, por supuesto, homenajes para Guillermo Tovar de Teresa en los días y meses que vienen. No es difícil incluso que algún funcionario con diligente iniciativa proponga darle el nombre de nuestro inestimable cronista e historiador de arte a alguna calle, plaza o rinconada del Centro Histórico de la ciudad de México. Pero estoy seguro de que Guillermo, que siempre vio en la traza y nomenclatura de la vieja ciudad parte de carácter monumental, habría odiado algo así; lo vería como una ofensa a lo que siempre defendió.

No quiero decir, por cierto, que no merezca Tovar de Teresa un recuerdo  en el emblema de la ciudad que amó. Pero debería tener una sencillez que no perturbe lo que de ella admiraba. Acaso convendría recordarlo con un símbolo que él mismo estudió: el Pegaso que representaba a la Nueva España. Como en las portadas del siglo XVII de las obras de don Carlos de Sigüenza y Góngora, podría acompañarse de su lema, símbolo de su elevado saber: sic itur ad astra, “así se va a las estrellas”.