La tremenda corte | Letras Libres
artículo no publicado

La tremenda corte

(O ¿De qué se queja la señora Lydia?)

Cuando la Suprema Corte de Justicia debatía en sesión previa sobre si debía aceptar el "caso Lydia Cacho" hubo un ministro suficientemente audaz y valiente (de quien no daré nombre ni apellidos pero "cuyas iniciales," diría el gran pensador Groucho Marx, son Sergio Salvador Aguirre Anguiano) como para proferir en mármoles sonoros esta coherente, sólida, galante argumentación (dicho sea sin ofender a la palabra argumentación):

"Si a miles de personas las torturan en este país, ¿de qué se queja la señora? ¿Qué la hace diferente o más importante para distraer la atención de la Corte en un caso individual?"

Y esas sublimes palabras fueran captadas por la exquisita sensibilidad y la fina inteligencia de otros cinco ministros (dos de ellos mujeres) que decidieron, junto a SSAA, desoir el testimonio y las quejas de Lydia Cacho sobre los agravios a los derechos humanos cometidos en su persona y en la de un gran número de menores de edad.

Tal vez el doble caso no es equiparable al de los miles de personas torturadas en este país, como dijo el valiente ministro, pero el argumento del susodicho queda incólume y sienta un magnífico precedente para las tablas de la Ley.

Si usted, como esa señora Lydia, es secuestrado por los policías de un gober precioso, si es vejado, aterrorizado, humillado, privado de su libertad, agraviado por quienes precisamente deberían hacer respetar la Ley, no es decente que considere usted su caso más importante que los de miles de niños y niñas entregados al comercio sexual en este país; niños y niñas a los cuales, por lo demás, la sabia, la justa, la honorable Suprema Corte tampoco considera tan importantes como para distraerse atendiendo o siquiera anotando sus casos (¿pues qué?: se creerán los muy-muy esos mocosos y mocosas?)

La verdaderamente importante y preciosa es la Corte. Tenemos en ella a cuatro Ministros de la Justicia y a seis Ministros Protectores de la Impunidad. Una proporción como para que todo ciudadano hasta ayer cándidamente soñador de la justicia, abra todo el pecho pa'echar ese grito:

¡Socorro!