La torre y el jardín | Letras Libres
artículo no publicado

La torre y el jardín

Reseña de la novela La torre y el jardín de Alberto Chimal

 

No es difícil entender por qué Alberto Chimal demoró ocho años en escribir La torre y el jardín (México, 2012), su más reciente novela, pues se trata de un libro que necesitaba de una estructura que la soportara y le diera forma; por eso tampoco es difícil calificar al autor como escritor de obra y no de libros. Durante ese tiempo, Chimal construyó un personaje, el explorador Horacio Kustos, al que poco a poco preparó –o entrenó, casi habría que decir– para participar en esta historia y a quien ya conocíamos  por un conjunto de minificciones que se pueden encontrar aquí y por un libro (El último explorador, 2012). También construyó un estilo y un programa literario al que ha llamado “la literatura de la imaginación”, idea que habría que revisar con cuidado para entender qué está pasando con algunos escritores mexicanos que además de crear ficciones, se han dedicado a crear especímenes todavía más raros: lectores, y eso hay que tomarlo en cuenta al margen de la beligerancia con que se ha presentado esta poética y de los detractores que seguramente producirá.

Se va a decir y se ha dicho que Kustos es el protagonista de este libro que cuenta la historia de El Brincadero, un burdel que los habituales visitan para satisfacer sus fantasías zoofílicas. Atrapados en un calabozo, Horacio Kustos y Francisco Molinar esperan encontrar a la administradora del lugar, Isabel, para recorrer junto a ella ese lugar que es más grande por dentro que por fuera y llegar finalmente al jardín, el secreto que justifica la existencia del catálogo infinito de perversiones que es la torre. 

Al mismo tiempo, además de una aventura más de Kustos, su primera aventura, según el autorLa torre y el jardín también es una historia sobre los vínculos, las traiciones y las promesas entre padres e hijos. Uno de los momentos más emotivos del libro es la carta que Isabel le escribe a su padre (p. 343-360), el primer guardián de la torre: un recuento de su vida y de sus razones para aceptar la única herencia que puede recibir, el libro azul en el que se encuentran las claves para hacerse cargo del burdel y en donde se explica el motivo secreto de su existencia, el jardín, ese lugar único “donde no cuentan las palabras: donde aún están por llegar o ya se fueron hace mucho o jamás van a aparecer”.

Por el peso que tienen las palabras en la historia hay otra razón para llamar la atención hacia la carta de Isabel: es probablemente el momento más lírico de toda la narrativa de Chimal, lo que es importante en una historia donde el papel de la poesía es primordial. Casa piso de la torre lleva como nombre un verso que puede encontrarse sólo en el libro azul. La poesía es la única manera de controlar y ordenar la violencia contenida en el edificio infinito y es el medio más efectivo para resguardar la belleza del jardín que está en el último piso –que por cierto no es el más alto, sino el cimiento de la torre– y que se expande con el paso del tiempo. Contra la brutalidad humana, contra la maldad y el terror y la sangre, la poesía.

De hecho, la carta enfatiza una de las características del estilo lírico de esta novela: el ritmo. Para contar la madrugada en la que transcurre la historia de los aventureros, la narración alterna dos partes que parecen responder a una estructura medida acompasada, musicalmente: la voz de Zenhya, una máquina de historias que cuenta los avatares de la torre; y los diálogos de los personajes, quienes al mismo tiempo están escuchando la voz narrativa.

Se dirá también, lugar común, que La torre y el jardín es el libro más arriesgado del autor, pero quizá no se explique de la mejor manera. Los lectores de Alberto Chimal son fieles, pero también están acostumbrados a la brevedad de los cuentos y las minificciones. Ellos forman parte de la poética del escritor: Chimal hace libros al mismo tiempo que hace lectores, por eso sorprende el riesgo y el reto de escribir una novela de cuatrocientas páginas en la que el conocedor se sienta como en casa –la torre es una metáfora de la obra de Chimal, un lugar infinito en el que se suceden historias, temas y motivos constantes en su obra– y el lector nuevo acepte, seducido, las historias que hay en ella.