La sombra de los caudillos | Letras Libres
artículo no publicado

La sombra de los caudillos

El poder legislativo suele mostrar simpatía y compasión hacia los idiotas por razones de herencia o de experiencia personal.

Mark Twain

El acotamiento del poder presidencial ha acarreado como consecuencia el aumento del poder de un legislativo voraz, dispendioso, sonso, frívolo y con una espectacular propensión a la vulgaridad. Que sea ese poder el que administra la cancha y decrete el reglamento es inevitable; que además se las haya arreglado para nombrar a los árbitros ya es un desastre.

El interés ciudadano es que, en su vigilancia de los procesos electorales, los consejeros del IFE sean desinteresados, en la segunda acepción del diccionario: “Desapego y desprendimiento de todo provecho personal, próximo o remoto”. Nada más remoto de esto que los partidos, cuyo interés es provecho personal en todo lo que hace, en todo lo próximo y en todo lo remoto.

Ya es imposible impedir que los partidos elijan a los consejeros del IFE, y ya lo es que nuestra frágil democracia quede en manos de una instancia que es a la vez juez y parte. Nuestro poder legislativo –628 lujosos mediocres— está a punto de lograr algo que se antojaba imposible: una dictadura aún más perfecta que la anterior.