La soledad después de la hazaña | Letras Libres
artículo no publicado

La soledad después de la hazaña

En ocasiones, personas que acaban de lograr una hazaña deciden casi de inmediato perderse un rato entre la gente. Y dan como resultado una imagen poéticamente bellísima.

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En 1975, en la Argentina se viven tiempos revueltos. La violencia política y una sensación de anarquía dominan el panorama. Faltan apenas meses para que comience la dictadura más bestial, que regirá el país durante casi ocho años.

Sin embargo, la madrugada del sábado 6 de septiembre parece tranquila en el barrio de Núñez, en Buenos Aires. En la avenida Cabildo, cerca de la General Paz, que marca el límite entre la ciudad de Buenos Aires y la provincia homónima, hay una pizzería abierta. Entre sus escasos parroquianos, vemos a un muchacho muy delgado, que come pizza y hojea con aire aburrido un ejemplar del diario Crónica. Ha cumplido 23 años hace poco más de un mes. Nadie lo reconoce. Nadie allí sabe que ese muchacho, llamado Nito Mestre, ha protagonizado, unas horas antes, un hito en la historia de la cultura popular argentina. El primer recital masivo del rock nacional. Un concierto concebido y anunciado como una despedida. Como un adiós: Adiós Sui Generis.

Nito Mestre no está triste. Necesitaba, eso sí, estar solo, después de un día tan intenso. Sabe, además, que la despedida no es definitiva: dado el éxito del show en el Luna Park, han planificado algunos más, en Córdoba y en la Patagonia. El futuro parece al alcance de las manos. Lo que, por supuesto, no tiene forma de saber es que las cosas se empezarían a torcer. Muchos de sus equipos de sonido resultarán destrozados en un accidente automovilístico. Les robarán otros. Entonces sí, él y su compañero, Charly García, lo verán como el final.

Y sin embargo, cuatro décadas después, el largo epílogo de esta historia sigue añadiendo capítulos.

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El 1 de julio de 2015, Nito Mestre escribió en su página oficial de Facebook que estaba tratando de recuperar la historia de Sui Generis: pósters originales, fotos y memorabilia de toda índole. Y contó: “A mí me robaron el libro de recortes con todo lo que tenía. ¿Habrá alguien allá afuera con una conciencia que me lo quiera devolver?”. La búsqueda no demoró ni dos semanas. El 13 de julio, el mismo Nito informó que habían aparecido sus carpetas. La historia completa la publicó un portal de noticias tres días después.

Se trataba de dos carpetas, una marrón y otra azul, que incluían desde fragmentos de los primeros folletos de difusión hasta los artículos en doble página que las revistas publicaban cuando la banda ya era un fenómeno. Las carpetas habían quedado en una sala de ensayos que, en agosto de 1975, la policía clausuró de un día para otro porque algunos vecinos denunciaron haber visto “gente extraña” por allí. Ya dijimos que se vivían tiempos revueltos.

Marcelo Gips, por entonces un chico de 17 años que trabajaba en la sala de ensayos, encontró la carpeta y la guardó, creyendo que era de Charly García. (No sabemos por qué Gips, si supuso esto, nunca le ofreció devolvérsela.) Cuarenta años después, su hija se enteró de la búsqueda de Nito en Facebook y se pusieron en contacto con él para devolverle la bitácora. Pusieron a cambio una condición: el cantante tenía que ir a buscarla a casa de los Gips, con “charla, pizza y anécdotas de por medio”. Y así se hizo.

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“Estamos viendo la forma de poder compartir este material con todos ustedes —escribió Nito en su página de Facebook al día siguiente de encontrar sus carpetas—. Habrá que ver de qué manera lo hacemos posible”. De modo que es probable que dentro de algún tiempo podamos disfrutar de un libro con la reproducción de aquellos materiales originales, que permitirán, de algún modo, revivir un pedazo importante de la historia de la música popular argentina.

El proyecto me recuerda a hermosos libros-álbumes que se han publicado en distintos momentos. Uno de los más recientes es Cortázar de la A a la Z, un precioso álbum biográfico editado por Alfaguara que, a manera de “diccionario enciclopédico” recorre objetos y conceptos significativos, con fotos y textos, en la obra del autor de Rayuela.

El más lindo que vi nunca fue Mohamed Ali, un impresionante libro-objeto que Susaeta Ediciones, de Madrid, dedicó al excampeón de boxeo. Mide 30 centímetros de ancho por 26,5 de alto (y no menos de 5 de espesor), viene en un estuche de cartón plastificado, pero lo principal es que incluye versiones facsimilares de documentos de la vida de Ali: contratos, entradas para sus combates, papeles familiares, etc. Las reproducciones son tan logradas que te basta con una mínima suspensión de la incredulidad para que tengas la sensación de que estás manipulando los documentos verdaderos. Una joyita.

Ojalá salga algo lindo con las bitácoras de Sui Generis.

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Con sus 23 años recién cumplidos, a Nito Mestre no le importa demasiado haber perdido sus carpetas. Junto con Charly García, acaba de meter 30 mil personas en el Luna Park y de crear una efeméride de las grandes. Pero lo que necesita es estar solo, y se va a comer pizza y leer el diario Crónica a un boliche de Núñez.

Siento que esa postal de la soledad después de la hazaña es hermana de otra.

La noche del domingo 16 de julio de 1950, Obdulio Varela, capitán de la selección uruguaya de fútbol, sale con un amigo a tomar unas copas por los bares de Río de Janeiro. No es cualquier noche: unas horas antes, Uruguay le ha ganado a Brasil la final del Mundial. El Maracanazo. Entrevistado por Osvaldo Soriano en 1972, Varela contó su experiencia:

Mirábamos a la gente. Estaban llorando todos. Parecía mentira: todo el mundo tenía lágrimas en los ojos […] De pronto veo entrar a un grandote que parecía desconsolado. Lloraba como un chico y decía: “Obdulio nos ganó el partido” y lloraba más. Yo lo miraba y me daba lástima. Ellos habían preparado el carnaval más grande del mundo para esa noche y se lo habíamos arruinado. Según ese tipo, yo se lo había arruinado. Me sentía mal. Me di cuenta de que estaba tan amargado como él. Hubiera sido lindo ver ese carnaval, ver cómo la gente disfrutaba con una cosa tan simple. Nosotros habíamos arruinado todo y no habíamos ganado nada. Teníamos un título, pero ¿qué era eso ante tanta tristeza?

La idea de alguien que acaba de lograr una hazaña, algo extraordinario, un hecho que será recordado como un episodio mítico por las generaciones futuras, y que esa misma noche elige salir y perderse en el anonimato, entre la gente, me parece poéticamente bellísima.

A veces me imagino que estoy en un garito de mala muerte, en alguna madrugada perdida, y que alguien me señala a alguien y me dice: “¿Ves, ese que está ahí? Acaba de cambiar la historia”. No voy a creerlo, por supuesto, y seguiré enfrascado en mis tonterías. Me lo perderé. Pero años después me encantará leer esa historia en alguna parte.