La sabiduría del corazón según el cine mexicano (2) | Letras Libres
artículo no publicado

La sabiduría del corazón según el cine mexicano (2)

-Carmen González, Ma. Elena Marqués, Queta Lavat y bebé en Canción de cuna, 1952.

[Desprendida de la inagotable Historia documental del cine mexicano, de Emilio García Riera, esta antología de las joyas de sabiduría de los pueblos (para el caso la que fue brotando de la fuente también inexhaustible del cine mexicano) tal vez hable por sí misma. Quizá no esté de más advertir que las frases fueron dichas por personajes interpretados por actores y actrices, pero si se registran éstos y éstas es para que el lector, si recuerda o se imagina bien, se dé una idea del tono, el énfasis, la vibración, la modulación, la emoción y, the last but not the least, la sabiduría con que dichas frases han quedado, inmarcesibles puesto que marmóreas, en las bandas sonoras de las cintas respectivas.]

*Esos chamacos son unos verdaderos artistas, como todo el pueblo de México.

-Armando Velasco a Marga López, refiriéndose al trío de cantantitos “Los Panchitos”, en Arrabalera, 1950.

*Los pobres tenemos la riqueza del corazón.

-José Ángel Espinosa (“Ferrusquilla”), intensamente valorativo en corazones de pobres, en La hija de la otra, 1950.

*Una secreta cascada de la muerte, ése es su espíritu.

-Arturo de Córdoba, adivinador con esfera de cristal, y terriblemente metafórico, a la sombría Leticia Palma, en En la palma de tu mano, 1950.

*Tengo que zalpal antes que el plimel layo de sol enloquezca al holizonte.

-Francisco Reiguera, el capitán Abdul, psicoanalista de horizontes, en El puerto de los siete vicios, 1951.

*Te vale más tener la quinta parte de un hombre de primera que cinco quintas partes de un hombre de segunda.

-Pedro Armendáriz, altamente autovalorativo, a Eva de Martino, en La noche avanza, 1951.

*Me casé ante Dios, en lo bueno y en lo malo y para siempre.

-Libertad Lamarque, superesposa y (pero luego) viuda, en Te sigo esperando, 1951.

*Te respetaba tanto que casi no me atrevía a pensar a ti.

-Quintín Bulnes, hijo de Libertad Lamarque, súper noble viuda (aunque para él sospechosa de adulterio), en Te sigo esperando, 1951.

*Estoy muy contenta porque sé que mi hijita no dará sus primeros pasos apoyándose en el muro de la cárcel.

-Rosa Carmina, recién parida entre muros ofensivamente carcelarios, en Viajera, 1951.

*Desde que dejé de ver, he descubierto en ti una belleza más interna.

-Alberto Mariscal, ciego por necesidad interna del melodrama, a Irasema Dilián, también bella exteriormente, en Angélica (o Un día de lluvia), 1951.

*Tener un hijo es recibir la condecoración divina que pone Dios en las entrañas de la madre… ¿Que la salve cometiendo un crimen? De ninguna manera, María Teresa, las madres deben querer a sus hijos desde que los conciben. Sus entrañas deben ser la primera cuna y los latidos de su corazón la primera canción de de arrullo… Perdone mi exaltación, pero es que le hablo como un hombre que tiene cicatrices muy hondas en el alma que por extrañas coincidencias cumple un deber sagrado defendiendo el derecho de natalidad…

-Jorge Mistral, el discursivo (aunque bien intencionado y lírico) doctor, ante Bárbara Gil, en, obviamente, El derecho de nacer (que más bien debería titularse El deber de parir), 1951.

*He llegado a pensar que la fatalidad es uno de los misterios más extraños de la vida.

-Aurora Walker, profesora común (pero estremecida por una ráfaga filosófica), en Los hijos de nadie, 1951.

*No son las manchas de tu piel las que me repugnan, sino las de tu conciencia.

-Arturo de Córdoba, doctor pueblerino pero muy consciente, al villano del pueblo (y de una vasta filmografía nacional) Carlos López Moctezuma, en El rebozo de Soledad, 1952.

*El estiércol es la verdad profunda de la rosa.

-Arturo de Córdoba, experto donjuán, hombre maduro ergo maestro filósofo en la Universidad de la Vida, en Las tres perfectas casadas, 1952.

*En este mundo movedizo del tren podemos perder a una mujer tras el velo de la bocanada de un cigarrillo.

-Víctor Manuel Mendoza, mayor de la policía, experto connaisseur de los males que provoca el tabaco, en La extraña pasajera, 1952.