La red de redes | Letras Libres
artículo no publicado

La red de redes

E11 de septiembre del año 2001 me encontraba en el sofá de mi casa viendo el Telediario de Televisión Española cuando a la periodista encargada de dar cuenta de aquello que las imágenes nos mostraban le tembló ligeramente la voz. Fue un segundo, seguramente incluso menos, pero suficiente como para dar a entender un involuntario atisbo de duda acerca de lo que estaba viendo y, por lo tanto, de lo que todos veíamos. Hasta ese momento, para mí, como para cualquier buen hijo de la posmodernidad, la realidad había sido la pantalla, y de pronto la pantalla dudaba de sí misma. Yo nunca había visto a la realidad dudar de sí misma. Más allá de la tragedia que supuso la muerte de miles de ciudadanos, se trataba de una duda que afectaba a los mismos cimientos de lo que desde la filosofía helénica venimos conociendo como Principio de Realidad: los modos en que nuestros sentidos aprehenden y posteriormente organizan el hábitat a fin de hacerlo reconocible. Porque veíamos todo aquello en la pantalla, sí, pero no teníamos claro qué era, qué significaba, y, sobre todo, de pronto, no teníamos claro si el formato de noticiario televisado bastaba por sí solo para dar cuenta de lo que estaba ocurriendo al otro lado del océano. Era, sin duda –o por lo menos yo así lo entendí–, el inicio del fin de una manera determinada de comunicar. Sería largo, y por conocido innecesario, relatar el proceso de cambio que desde entonces hemos vivido; baste decir que hoy todos los canales de noticias televisadas tuitean cada una de las noticias minutos antes –y no después, y aquí el orden sí altera el producto– de ser contadas en pantalla. De modo que hoy podemos ver cualquier informativo sin verlo. No pocas veces me he sorprendido a mí mismo ante el televisor con una sensación de realidad anticipada al leer el tuit de lo que minutos más tarde me contarán en la pantalla; la extraña sensación de que la realidad va más rápido que la realidad; se anticipa a sí misma. Pero no, lo que ocurre es que la realidad ya es otra.

¿Quiere decir esto que vivimos hoy en una realidad fragmentada y, por lo tanto, la información por necesidad es también fragmentada? La duda es pertinente, pues toda apariencia nos indica que los modos de recibir y hasta de abordar la realidad hoy nos son dados a través de fragmentos, una suerte de inputs y outputs de entre los cuales solo una pequeña fracción pasará a la cadena perceptiva del cerebro en forma de información útil, materia susceptible de ser convertida en conocimiento. Dejando aparte el hecho de que en una sociedad compleja, como lo es la del siglo XXI, la información ya es en sí misma conocimiento, toda esa aparente fragmentación entra en contradicción con otro hecho que también cada día, y simultáneamente al anterior, se nos repite: que vivimos en un mundo hiperconectado. Dicho de otro modo, ¿cómo es posible que una realidad sea fragmentada y confusa y al mismo tiempo adopte la forma de mundo hiperconectado? ¿Cómo es posible que algo fragmentado pueda estar al mismo tiempo totalmente conectado entre sí? Una posible respuesta, bastante común, es la de quien afirma que la hiperconetividad lleva a un estado de sobreinformación que, por paradoja, fragmenta y desinforma. Pero, en mi opinión, la respuesta hay que hallarla en otro lugar, en el paradigma que desde finales del siglo pasado ha cobrado fuerza como modelo de representación de realidad: las redes. En efecto, vivimos sumergidos en una red de redes –de la cual lo que llamamos internet es tan solo una más–, y estas alcanzan no solo la organización de la así llamada naturaleza sino también casi todas las esferas del desarrollo humano: los movimientos de mercancías entre países, la cadena trófica de los animales de los territorios vírgenes y la cadena trófica de los animales urbanos, el modo en el que las neuronas intercambian señales, el modo en que nuevas amistades generan otras ya sea en la red o en el ámbito físico, la propagación de virus y un larguísimo etcétera; todo ello, hoy lo sabemos, se organiza espontáneamente siguiendo un modelo de red que técnicamente se llama red libre de escala.

No es el momento de detallar en qué consisten este tipo de redes, baste decir que, tal como muestra la imagen de la derecha, son aquellas en las que algunos nodos de la red están muy conectados y otros apenas. Lo interesante del caso es que, en primer lugar, se ha comprobado que este tipo de red garantiza la mayor conectividad y la mayor rapidez de intercambio de contenidos entre sus nodos. En segundo lugar, que es una organización espontánea, no previamente pensada: nadie ha pensado cómo debía ser la topología de internet del mismo modo en que nadie ha pensado cómo debía ser la topología en la que se asienta el funcionamiento de las neuronas y tampoco nadie ha diseñado la red de la cadena alimentaria de tal suerte que una hormiga y un león estén conectados. Cuando se mira desde esta óptica, el discurso apocalíptico acerca del fin de la comunicación coherente se desvanece en virtud de la coherencia interna de las redes, su orden interno. Este orden es muy parecido al de un organismo vivo –es decir, al de un ente que es estimulado según leyes internas– en contra de la visión de antaño, más bien parecida a una organización –un ente que se rige según leyes externas–. En este sentido, organismo y organización son conceptos antitéticos.

Como no podía ser de otra manera, también el intercambio de información se organiza hoy en modo red. Y aquí sí que la red internet ha cambiado radicalmente el modo en que los emisores –típicamente periodistas, agencias de noticias o gabinetes de prensa– gestionan la información, el modo en que se comunican con el público, el cual en virtud de esa conectividad es quien en ocasiones hace de agente provocador, de emisor inicial del que se nutren los profesionales dela información. Cuando decimos que la información hoy parece haberse fragmentado, cuando sentimos que no hay hoy medios de comunicación lo suficientemente sólidos como para generar los criterios de autoridad de antaño, debemos pensar que no es tanto eso como que la comunicación, nos guste o no, ha tomado como forma topológica el modelo de red antes aludido, el cual favorece el protagonismo del emisor anónimo y no vinculado necesariamente a un medio de comunicación en detrimento de la práctica periodística tal como desde el siglo XIX la veníamos entendiendo. Si antes el periodista era alguien que tras una peripecia más o menos épica obtenía una información que después compartía con el resto del mundo, hoy su función parece más bien la de interpretar, agrupar, sacar conclusiones de todo aquello que circula en la red. Digámoslo así: del paradigma de la subjetividad del profesional como única fuente hemos pasado al de un modelo colectivo de representar lo real. Naturalmente, esto no solo ha afectado a la profesión del periodismo.

No hay pues una atomización real, así como tampoco una pérdida de contenidos ni una fragmentación, sino una nueva disposición de las cosas que tenemos ante nuestros ojos. Lo que hay que hacer es girar ligeramente la óptica para que, como ocurre en un caleidoscopio, lo que era un caos se reorganice ante nuestros ojos. Y el cambio es imparable. Basta teclear en el buscador Google la frase “from analog to digital” para ver que aparecen cerca de un millón de resultados. Si tecleamos su inversa, “from digital to analog”, la cifra alcanza poco más de cien mil. En el XVIII Congreso Internacional de la Sociedad Española Periodística, Phil Bennett, ex director adjunto de The Washington Post, se preguntaba: “¿Tiene futuro el periodismo de investigación en la era Twitter?” Su respuesta fue que es el periodismo narrativo quien tiene mucho que decir en este momento de dificultad: “hay que aprovechar la crisis actual para encontrar nuevas formas de hacer las cosas.”

¿Y la lengua? ¿Qué ocurre con los modos de escritura, cada vez también más aparentemente atomizados? Me aventuro a decir que parece lógico pensar que podemos aplicar el mismo patrón de red para afirmar que no es que el uso del lenguaje se vea deteriorado, sino que este se amolda a esa misma configuración reticular. Cuando las palabras fluyen a velocidades que hace veinte años habrían parecido de ciencia ficción es lógico pensar que como consecuencia de esa velocidad se vuelvan plásticas, maleables. A ello hay que añadir que, como ya hemos apuntado, no es hoy únicamente el reportero quien maneja y emite información sino que son millones de personas no profesionales quienes a través de un trabajo no reglado nos abastecen a cada instante de una ingente cantidad de datos, de modo que el uso del lenguaje ya no es legislado por un solo agente o un grupo de agentes, más que nunca se vuelve algo comunitario, más que nunca es organismo, más que nunca crea realidad colectiva producto de un pacto.

Pero hay que resaltar también la importancia que los residuos, la basura, tienen para este nuevo modo de crear realidad y por lo tanto usos del lenguaje. Los arqueólogos lo saben: una parte de lo más valioso que civilizaciones pasadas nos dejaron es precisamente aquello que “no nos dejaron”, aquello que nos dejaron sin querer, aquello que en su día consideraron residuo, objetos o ideas que no alcanzaban la categoría de conocimiento, sino mera información: hoy los llamaríamos spam. Esta clase de hallazgos revelan modos de vida no oficiales, y por no oficiales no me refiero a pretendidamente ocultos sino todo lo contrario, tan comunes, tan paisaje, que ya ni se hacían visibles, y que hoy la Historia, a fin de conocer las condiciones materiales y lingüísticas de los pueblos de la antigüedad, tanto aprecia. De ahí y solo de ahí la importancia de las excavaciones arqueológicas, de ahí y solo de ahí la noble tarea de convertir hoy en archivo lo que en su día no fue incluido en esa categoría. Del mismo modo, lo que hoy guardamos en museos tendrá valor para los humanos de dentro de miles años, pero también revivirá aquello que en un vertedero aguarda hoy el incierto futuro de la pérdida para siempre. Y en ese sentido, en mi opinión, el periodista hoy más que nunca no ha de limitarse a dar informaciones sino que ha de considerar estas residuos en tiempo real para de este modo enfocarlas de otra manera, recodificar sus significados. El periodista más que nunca, y por paradójico que parezca, ha de ver el presente como una arqueología en la que abundan restos a punto de resucitar, una arqueología en la que no cabe la nostalgia sino un principio activo de construcción de realidad. Nuestra realidad que, una vez más, es lenguaje. Qué si no.~

Adaptación de la conferencia pronunciada en el encuentro “El español del futuro en el periodismo de hoy” de la Fundéu bbva.