La realidad y el deseo | Letras Libres
artículo no publicado

La realidad y el deseo

Los nuevos partidos prometieron remoralizar la política, pero la realidad les está obligando a descubrir su propio cinismo.

Todo es más sencillo desde la distancia. Un puñado de octogenarios de sexo masculino, célibes y teóricamente vírgenes llevan siglos dictaminando cómo debe vivir su sexualidad el resto de la población: su falta de experiencia no parece angustiarles mucho. Como todo el mundo, yo sé lo que hay que hacer para solucionar la crisis griega y hallar las responsabilidades me parece bastante sencillo. En cambio, en mi trabajo, que consiste básicamente en poner y quitar comas, encuentro dudas, obstáculos y ambigüedades, me parece que mi criterio es erróneo y me meto en dilemas que no sé resolver.

En la política española estamos viendo algo parecido entre algunos de los recién llegados al poder. Seguidores literales de la definición de Fernando Savater que postula que “ética es lo que les falta a los otros”, entre sus intenciones estaba la remoralización de la política, un propósito que adornaban con metáforas higiénicas. Era inquietante: no sé si hay muchas cosas peores que la falta de moral, pero el exceso de moral es una de ellas, y la mayoría de las aberraciones no las comete gente resuelta a hacer el mal sino convencida de hacer el bien. Por eso el encontronazo con la realidad tiene algo positivo.

Un par de días después de que Manuela Carmena se convirtiera en alcaldesa de Madrid, el concejal de cultura Guillermo Zapata tuvo que abandonar su puesto por haber publicado años antes unos tuits ofensivos hacia las víctimas del terrorismo, del Holocausto y de la violencia sexual. Resultaba difícil cuadrar los chistes sobre víctimas de genocidio con la idea de una política inclusiva y “decente”. Pero los defensores de Zapata advirtieron que había que situar esas frases en su contexto, que era el debate sobre los límites del humor, y hubo paladines especialmente imaginativos que lo presentaron como un caso de libertad de expresión. Algunos de quienes argumentaban que había que leer los tuits en su contexto fueron menos escrupulosos al desenterrar, seleccionar o promocionar declaraciones de sus adversarios, que no tenían ética y tampoco merecían contexto.

Pocos días después de ocupar su cargo, la alcaldesa de Madrid declaró que veía el programa electoral como “un conjunto de sugerencias”. Esas palabras, acompañadas de la renuncia a algunas de las propuestas estrella, como la de crear un banco público, resultaban llamativas: en estos años, algunos han defendido los “programas electorales vinculantes”. También suponían un reconocimiento de los límites de lo que se puede hacer.

Aunque una de las cosas que más se ha criticado de los partidos tradicionales es la falta de dimisiones cuando hay procesos judiciales abiertos, Ahora Madrid mantiene en su cargo a personas imputadas. Las penas que pide el fiscal contra Rita Maestre son excesivas y el proceso legal contra Guillermo Zapata es desproporcionado, pero la diferencia más clara entre estos imputados y los imputados de otro partido, y entre los argumentos para defenderlos y las razones para defender a los cargos de otro grupo político, es la formación a la que pertenecen.

Entre las candidaturas regeneracionistas se han producido contrataciones de familiares. Cuando se publicó que Ada Colau había contratado a su marido, la alcaldesa de Barcelona escribió un mensaje en Facebook donde explicaba que no era decisión suya, sino de la coordinadora de su plataforma política, Barcelona en Comú, y que no trabajaría para el ayuntamiento sino para el partido. Colau decía: “Adrià decidió dar el paso a pesar de que pasará a cobrar menos de lo que cobraba en la empresa privada, puesto que es un economista con alta cualificación y experiencia". Añadía:

Como se puede ver, no hay nada ilegal ni inmoral en esto. Lo que sería, y es injusto, es que una persona sea vetada o difamada por el mero hecho de ser mi compañero y padre de mi hijo. Los que llevan décadas saqueando el país a manos llenas, ahora se atreven a intentar lincharnos por reducir los sueldos de los cargos electos y renunciar a privilegios, cosa que les pone en evidencia. [Las cursivas son mías, la puntuación suya.]

Habrá más ejemplos de lo que José Antonio Montano ha denominado narcisismo ideológico, que prefiere la autosatisfacción sentimental a la evaluación de los problemas. En mi ciudad, cuyo nuevo alcalde se presentó por la plataforma Zaragoza en Común, el nuevo gobierno municipal ha decidido unir la concejalía de cultura con la de economía, lo que muestra una distinción con respecto a administraciones previas: de las anteriores sabíamos que despreciaban la cultura, de la actual sabemos que también desdeña la economía. La corporación ha colgado una bandera griega en el ayuntamiento de la localidad, probablemente porque la virgen del Pilar dice que no quiere ser francesa. Algunos de los errores que han cometido los nuevos gobiernos se han producido en los campos en los que los impulsores de Podemos son expertos: eso produce cierta intranquilidad. Cometerán otros en otras áreas; esperemos que no sean irreparables.

La aparición de nuevos partidos es positiva, y demuestra que la democracia española es fuerte y flexible. Que haya nuevas formaciones de alcance nacional puede permitir una renovación de ideas y el desarrollo de una cultura de la transacción y el pacto que ha sido más común a nivel autonómico que estatal. Esa cultura de la concesión, el realismo y el acuerdo debería debilitar las tentaciones mesiánicas de algunos de los recién llegados. Como me decía un amigo, entretanto y mientras chocan con los obstáculos de la política cotidiana, podemos ver en directo cómo descubren su propio cinismo. Mi apuesta es que aprenderán a convivir con él.