La peste mediática | Letras Libres
artículo no publicado

La peste mediática

I

El jueves 23 de abril, después de un día pleno de neurosis urbana, recibo una llamada en la que se me narra la aparición de una novedosa enfermedad. Mi informante está emocionado, una nueva tragedia se avecina y debemos apartar nuestras butacas para la corrida dramática. No me interesa la noticia y antes de cortar la comunicación añado: “A esta ciudad no le puede suceder nada porque es la enfermedad misma, la madre de todos los virus.” Cuando nada es evidente y nuestras certezas se instalan en una especie de ambigüedad permanente hemos entrado con toda probabilidad a un periodo estético de la vida en sociedad: un ejército de sócrates disminuidos especulamos acerca de las virtudes y enfermedades públicas sólo para concluir que no sabemos nada y que nuestras conversaciones o discusiones a ese respecto tienen como única meta curarnos el miedo que nos causa el no saber nada. Los científicos intentan convencernos de que su conocimiento no es retórico o poético y que puede ser comprobado a partir de métodos que ellos mismos inventaron (la verificación como principio del conocimiento verdadero). Así las cosas, una epidemia debería ser suficiente para ponernos en paz: tendría que unirnos frente el peso indiscutible de la ciencia médica y la bondad de nuestros precavidos gobiernos. La voz de alarma causada por un mal que deteriora lo mismo la salud de los chinos que de los rusos debería bastar para estrechar las relaciones sociales y fortalecer el humanismo. No es precisamente el caso de nuestra escandalosa “pandemia” y su aparición, aun cuando es virtual en gran medida, sume a la gente en un estado de sopor intelectual y de zozobra anímica. Esa noche de jueves yo duermo como un bendito.

 

II

Los rumores aumentan a una velocidad constante y el desconcierto comienza a extenderse entre los televidentes. Si bien no sabemos qué sucede, por lo menos tenemos derecho a que personas de nuestra entera confianza nos guíen por los caminos oscuros de una enfermedad que amenaza la vida de todos los habitantes de la comunidad. La decepción sobreviene cuando las personas de nuestra entera confianza simplemente no aparecen en el horizonte. La confusión aumenta y en ausencia de políticos sobrios e informados buscamos enterarnos de los acontecimientos por boca de nuestros vecinos. El vecino, en este caso, no es el habitante de Pakistán a quien conocemos merced a los medios de comunicación, sino una persona que vemos pasar cuando nos asomamos por la ventana.

El 28 de abril las autoridades anuncian que vivimos el momento más crítico de la crisis sanitaria. Mis bostezos se vuelven insoportables para las personas que anhelan vivir una tragedia y a sus ojos me convierto en un cínico. Escéptico, busco entre mis amistades a una sola que haya sido poseída por el virus, espero los correos electrónicos o la noticia que dote de un rostro a la enfermedad: nada, sólo especulaciones (mi decepción se expande por los aires). La desconfianza endémica y la carencia de personas que guíen a los sonámbulos en la oscuridad, sumadas a la ausencia de evidencias reales del mal, vuelven el horizonte más incierto de lo acostumbrado. Los gobiernos no han podido evitar la crisis económica pues esta es consecuencia, explican, de una pandemia mundial y de una orgía financiera que afecta incluso a los mirones: por tanto se declaran impotentes para resolver asuntos económicos que trastornan y deterioran la vida de los ciudadanos. Entonces me pregunto, ¿qué podrán hacer contra un virus que se difunde en los medios a velocidades impropias para el pausado entendimiento humanista? En realidad no mucho, usarán los manuales, sacarán provecho de los miedos públicos y, en el último de los casos, desaparecerán en pos de un simulacro universal. La presencia de las autoridades mexicanas en esta emergencia es la prueba más contundente de su ausencia. El 29 de abril recorro la ciudad desde la colonia Escandón hasta la Obrera y saludo de mano a varias personas en espera de contraer el virus. No pasa nada.

 

III

Durante el primero de mayo en Berlín, trabajadores alemanes descontentos arremeten contra la policía y marchan en protesta por una crisis económica que ellos no crearon. En el Distrito Federal las calles están vacías y su silencio es como un milagro que no merecemos. ¿Y todo esto a causa de un catarro virtual? La enfermedad no es extraña a los seres humanos y su presencia es necesaria para que la vida se abra camino y para que la muerte duerma tranquila a nuestro lado. El acecho de la muerte es constante y su olvido supondría un suicidio anticipado, un vivir sin dramatismo. Si la enfermedad es una constante en el tiempo, la salud, en cambio, es la invención de una pausa y la construcción de una utopía. La enfermedad habita un cuerpo único y entre ambos ponen en marcha una relación: sea cáncer o una lesión en la médula, el guión no es exactamente el mismo cuando se trata de enfermos distintos.

De la misma manera que la felicidad, la salud se hace presente cuando enmudece, cuando no es. En sentido contrario, es la enfermedad la que nos hace humanos, y también únicos. Si una persona se mete en cama a causa de un resfriado, otra continuará trabajando aun padeciendo una grave neumonía; si una adolece de una intensa fatiga crónica, la otra continúa su vida porque ni siquiera sabe que esa pedantería existe. Frente a nuestros males solemos adoptar una actitud que transforma la enfermedad en un acontecimiento propio, no sólo en un trastorno de la especie sino en un honorable huésped de nuestra casa. En La enfermedad y sus metáforas, Susan Sontag hace una exhortación a los enfermos para que muestren una posición activa ante las amenazas mortales y para que presionen a los médicos a ser sus aliados a la hora de las batallas cruciales. Hasta aquí no encuentro razones para negar que la enfermedad es en buena medida una construcción individual, pero los problemas comienzan cuando el concepto de enfermedad se hace público. Los caminos a seguir, en este caso, son por lo menos dos: o se enfrentan los males como si el cuerpo social fuera un individuo, o la comunidad permite que cada uno de sus habitantes tome sus propias precauciones. El abuso en el primer caso puede conducir a la manipulación y al fascismo; el segundo nos puede llevar al aislamiento. La noche del primero de mayo me siento más aislado que nunca. Y estoy contento.

 

IV

El dos de mayo Italia entera se aplaude a sí misma pues, aunque tarde, pueden anunciar al mundo que finalmente cuentan con un infectado de A/H1N1. En el Distrito Federal se nos trata como conejos en cuarentena, no como seres informados y libres que asumen las epidemias armados de conocimiento y dignidad. No me parece extraño que nos traten como a una piara: el ciudadano es un mote, no una realidad; sus fundamentos no son cívicos sino mediáticos y su educación es más telemática que humanista: por esta razón los virus se difunden en el espacio electrónico en vez de hacerlo en un medio físico. En México no se invierte en la investigación científica ni tampoco en la educación básica, se descuidan las raíces y se renuncia a la independencia de pensamiento. ¿Cómo entonces podemos enfrentar como sociedad un mal pandémico? No me imagino más caminos que el miedo y el rumor desbocado. Si un virus maleable como el de la influenza nos causa azoro y angustia es porque su realidad se nos escapa: las cifras de las víctimas son ridículas comparadas con el movimiento simbólico que desata su publicidad.

Un accidente aéreo en Venezuela, un percance ocurrido durante un desfile en Holanda, una venganza entre criminales acaba con la vida de más seres humanos que nuestro soberbio virus, pero no le damos importancia a estos hechos porque lo cotidiano nos aburre, le resta interés a la vida y carece de consistencia para adaptarse a la época de las comunicaciones. La noche del tres de mayo uno de mis más queridos amigos me invita a cenar a su casa. Intento abrazarlo, pero se niega a darme la mano y me extiende una solución que repele bacterias. En cambio, su hija, estudiante de medicina, me saluda con un beso en la mejilla. Estoy confundido y desolado.

 

V

Las desgracias públicas muestran la miseria y las virtudes de una comunidad, su resistencia y sus fobias, pero sobre todo la sustancia de su imaginación. Cioran, como fue su costumbre, acusó a las sociedades modernas de morir a causa de sus remedios y no de sus enfermedades. Los temores del filósofo rumano tenían fundamento y la crisis que vivimos a causa de este virus anodino nos ofrece más de una prueba al respecto. ¿De dónde proviene esta necesidad de adelantarnos a la conclusión de los tiempos? Los medios se solazan en el Apocalipsis e instalan un campamento continuo para cubrir su paso por nuestra tierra: para sobrevivir intento hacer caso omiso de las noticias. La atención desorbitada a las probables consecuencias de la pandemia anunciada nos propone una sencilla hipótesis: se comercia con una idea disminuida y frívola de la muerte. No es el sufrimiento inherente a todo lo que tiene vida o la angustia causada por la inminencia de la muerte que desde Schopenhauer, Kierkegaard, Heidegger o los existencialistas franceses se presentó como fundamento del ser mismo, sino un fenómeno insustancial que trueca la muerte como esencia de lo humano por una sensación de vacío que no da respuesta a nada y termina provocando inmovilidad. Al menos la concepción de la muerte como parte medular del ser nos ubicaba en los terrenos de la autenticidad, pero el vacío ni siquiera se aproxima a la nada, es sólo ausencia de horizonte. Este vacío impide la reconciliación que la muerte nos ofrece y se anuncia como olvido de la filosofía.

 

VI

El 4 de mayo, en la avenida Mazatlán, veo por primera vez a un perro con tapabocas. Su dueña no quiere que el destino les juegue una mala pasada.

El perro no puede siquiera olisquear a otras mascotas: así el paseo no sabe. Insisto: la transmisión del virus es en buena parte comunicativa. Si se estuviera en una emergencia de dimensiones catastróficas, como la viruela, la peste o la misma influenza que asolaron y mermaron poblaciones enteras en el pasado, no se permitiría bajo casi ninguna ética que los comentaristas y edecanes que colman los medios saturaran a la población con sus opiniones sobre la naturaleza de la enfermedad. Aquí lo que cuenta es sumirse en la catarsis de la participación, en el sentimiento que provoca formar parte de un ejército de salvación mundial, y cada vez que un informador toma el micrófono para decir sandeces un nuevo virus muta en nuestras neuronas. Cuando la pantalla reproduce a toda hora el hastiado rostro del secretario de Salud, uno se pregunta si el personaje está de vacaciones o si no tiene obligaciones que cumplir en los ámbitos de la salud del país. La miseria de los hospitales públicos, la carencia de medicinas, la burocracia médica, la voracidad de los sindicatos, la distancia cualitativa entre un sanatorio privado y un hospital popular, la obesidad prematura de la población, el menosprecio a la prevención y en suma la injusticia en los servicios médicos para ciudadanos de las clases sociales más bajas ¿son o no son asuntos más importantes que un virus que causa menos muertes que los resbalones en una tina de baño? Estamos haciendo lo debido, nos dicen a voces los políticos y comunicadores, voces que de tan dramáticas nos parecen sospechosas. El 5 de mayo el presidente Calderón investido por la heroicidad del general Zaragoza declara sin ningún asomo de rubor: “En la primera línea de defensa, en el primer campo de batalla contra este nuevo mal para la humanidad han estado los hospitales, médicos y enfermeras mexicanos. El frente de batalla ha sido México y aquí hemos defendido a toda la humanidad de la propagación de este virus.” La crisis económica o el empobrecimiento civil de una sociedad pasan a ser peccata minuta cuando se trata de salvar a la humanidad de la catástrofe biológica planetaria. Después de escuchar estas palabras e imaginarme que mis cantinas favoritas continuarán cerradas, decido marcharme de la ciudad.

 

VII

La ciudad de México desolada, sus habitantes atrincherados en sus casas, los centros de reunión cerrados, los transeúntes amordazados: es esta la descripción de una utopía realizada.

Por un momento la amable parsimonia de una tarde calurosa ha sido posible. La exagerada reacción de un gobierno aunada a la peste mediática acaban con la vida pública de una ciudad, los ciudadanos se convierten en rehenes, en espectros de ciencia ficción, los estadios destierran a sus hinchas, las escuelas se clausuran, los besos y los contactos corporales son vetados, las ventas de gelatinas para eliminar bacterias se elevan y se declara el sonambulismo civil. El presidente de México aprovecha el encierro de los ciudadanos para mostrar su desangelado rostro en televisión y pedirnos que desde nuestras celdas estrechemos los lazos familiares. Lo hace y nadie puede reprocharle su vocación sacerdotal porque el miedo y la confusión respaldan su homilía. Si la ciudad más poblada del mundo se declara a sí misma nido de infecciones, ¿qué reacción puede esperarse de otras sociedades paranoicas y mal informadas?: la discriminación. Los chinos reaccionan con la furia propia de sus métodos de justicia y confinan a los mexicanos en hoteles, los cubanos y ecuatorianos cierran sus aeropuertos a vuelos procedentes de nuestro país y en todos los países el rostro del virus es moreno, regordete y tiene pasaporte mexicano. El simulacro cuesta empleos y deteriora aún más la economía. Y lo que en mi opinión es lo más drástico y pernicioso, se limitan las libertades de los individuos para salvarlos de la enfermedad. Entre las metas fundamentales de un gobierno sensato, consideraba John Stuart Mill, se encontraba la de promover la virtud y la inteligencia de las personas. La ausencia de personas capaces de comprender en qué consiste el pacto social hace imposible habitar la democracia, permite la manipulación y la lesión de las libertades. Sería bestial creer que la alerta por el virus y los acontecimientos que se han sucedido fueron planeados de manera consciente por políticos o poderes fácticos, pero en cambio es evidente que su tratamiento ha sido desmedido: un montaje estupendo para el teatro del absurdo. Los comensales que usan de servilleta el cubrebocas mientras en manada comen tacos de nanita alrededor de un puesto ambulante en medio de una nube de humo no son precisamente la imagen más sublime de la salud. El 7 de mayo, después de encontrar cerrado Chapultepec, donde acostumbro correr cada tercer día ante la mirada piadosa de las ardillas y harto del tenebroso espectáculo de las personas con cubrebocas, decido mudarme una semana a la ciudad de Oaxaca. Hasta entonces logro respirar tranquilo.

 

VIII

No tenemos muertos, pero tenemos estadísticas.

En vista de que se oculta la identidad de las víctimas y no se sabe a ciencia cierta si murieron de neumonía atípica o de un conjunto de diversos males (casi nadie muere de una sola enfermedad), comienza el mercado de los números y de las interpretaciones que cada quien elabora de acuerdo con su conveniencia. La frase “caso confirmado” nos hunde en el desconsuelo. En uno de los relatos que el ruso Mijaíl Bulgákov reunió en su libro Morfina, nos cuenta la experiencia de un joven médico que debe atender enfermos en aldeas y comunidades pobres sin más conocimiento que el obtenido en la escuela y en los escasos libros que ha llevado consigo para consultarlos en momentos de duda. Sin embargo, cuando debe atender un parto complicado decide desatender la teoría para entrar de lleno en la salvación de su paciente; entonces es momento, según sus palabras, de olvidarse de los libros y confiar en el sentido de la medida sin el cual ningún médico sirve para nada. ¿Dónde encontramos ahora ese necesario sentido de la medida? No en el conjunto de estadísticas dudosas, disparatadas y contradictorias que nos son ofrecidas de la chistera menos esperada. Porque mientras no sean aprehendidas en su sentido íntimo de realidad las estadísticas son justamente el rostro más serio e informado de la mentira. En ausencia de ataúdes se nos ofrece la nube de un ruido ensordecedor. Un cadáver es oro molido en el mercado de la simulación, un aliciente para la competencia entre laboratorios, un pasaporte a la copa mundial de las enfermedades. No me extrañaría que los presidentes de las actuales democracias exigieran a sus funcionarios médicos la presentación obligatoria de enfermos de influenza para no dejar a sus pueblos sumidos en la ansiedad y desesperación. Una breve nota en el periódico reza lo siguiente: “Corea del Sur ha confirmado por fin un caso dentro de sus fronteras. Se trata de una mujer de 51 años que había viajado recientemente a México, donde permaneció cerca de dos semanas en la capital. A su regreso acudió al hospital debido a los síntomas que padecía y le hicieron sospechar que podría estar infectada por este virus. No obstante, la paciente ya no sufre síntoma alguno.”

 

IX

Más vale lamentarse que enfermarse. Sería una necedad oponerse a las medidas de prevención que los gobiernos disponen para proteger a las poblaciones de las enfermedades virales.

Los conocimientos científicos sumados a la experiencia histórica tendrían que ser suficientes para diseñar las más eficaces políticas públicas de prevención. Y, sin embargo, el desconcierto aparece cuando las elocuentes y drásticas medidas de seguridad se sostienen sobre la siguiente paradoja: no importa lo exagerada que pueda parecer nuestra reacción previsora, esta se justifica porque no sabemos qué tan destructora habría sido la enfermedad de no haber actuado como lo hicimos. ¿No existe por lo menos un condimento perverso en proponer a una población entera este argumento? No sabemos qué sucede, pero mientras tanto te cortamos las manos. Otra versión menos absurda, aunque más pedante, diría que justamente porque se conocen las consecuencias destructoras de este virus es porque se han tomado medidas tan rígidas. Es pedante porque, además de que nos recuerda al positivismo más elemental, no toma en cuenta que estamos en una etapa de conocimiento de un virus que además es mutante (sea lo que esto quiera decir). El 8 de mayo la Organización Panamericana de la Salud da a conocer un estudio basado en un modelo de impacto potencial que calcula en 8,605 las muertes si México no hubiera tomado las medidas de aislamiento y atención médica que impuso ante el acoso del pernicioso virus. Además de su intención retórica y humorística, no le encuentro ningún sentido a estas declaraciones. La ingenuidad y soberbia con que nos son implantados números obtenidos en el laboratorio de los modelos matemáticos me causa una verdadera zozobra. Me pregunto si es posible establecer relaciones entre estos números y una realidad que esté a la altura de nuestra comprensión. No me imagino a qué clase de traducción deberíamos apelar para comprender enunciados semejantes. Se supone que en el pasado la filosofía era la única actividad capaz de unir las partes de una realidad dispersa, ¿qué ciencia desempeña ahora ese papel? En cierta manera a las estadísticas les sucede un poco lo que a las citas que se toman prestadas de un autor: pierden sustancia, se disuelven cuando se aíslan de los libros donde fueron formadas. Así termino este diario de impresiones, cansado, decepcionado y convencido de que los seres humanos no sabemos unir el principio con el final, el nacimiento con la muerte, y por lo tanto respondemos de un modo desmesurado y patético ante la amenaza de una enfermedad desconocida. ~