La paz está en otra parte | Letras Libres
artículo no publicado

La paz está en otra parte

Las posturas rotundas respecto a la guerra provienen más de una cerrazón ideológica que de la cautela, la duda o la información.

En el suelo hay esparcidos varios papeles con la palabra “paz”. Un cartel abandonado en las escaleras de la plaza dice “Pan y no bombas”. Aunque la convocatoria se llama “No a sus guerras” hay gente que grita, quizá con nostalgia, “no a la guerra”. Es un “no a la guerra” preventivo: no hay tropas occidentales en Siria, pero por si acaso. Aunque la plaza del museo Reina Sofía está llena, no hay suficiente gente como para poder bloquear las calles de Madrid y realizar una manifestación. El ambiente es calmado, los puestos de cada partido dan a la concentración un aire de mercadillo. Es un catálogo de las izquierdas, hasta de las más despistadas: hay desde prorrusos hasta ecologistas que critican los recortes (los recortes en Siria, imagino). En una esquina están reunidos sindicalistas y extrabajadores de Coca-Cola, que de vez en cuando gritan sus consignas. El pacifismo tiene muchos y curiosos frentes.

Cuando gritan “no”, los partidos presentes suenan unidos. Pero cada uno le da su propio sentido al “no”. El sindicato de estudiantes y los comunistas llaman a una huelga contra la guerra. Un sector apoya a Al Assad. Otros aprovechan para acusar a Ucrania de fascista y colocarse junto a la bandera rusa que ondea un eslavo. Lleva una foto de una niña llorando con una inscripción que pide ayuda para frenar el genocidio en el Dombás, al este de Ucrania. Junto a él, un cartel con banderas rusas, una de ellas de la armada. En el sector Podemos, un cartel que critica tanto a Assad como a ISIS. Aquí están los más idealistas: libros contra balas, palabras contra pistolas. Un folleto que reparten dice que se declaran en paz. Otros aprovechan el ambiente para realizar otras reivindicaciones: un hombre muestra un cartel del nuevo PPSOE, ahora PPSOEC’s; una pancarta dice “no somos números”, en otra hay un pañuelo y una bandera palestina. En la mesa de Unidad Popular, la candidatura en la que Izquierda Unida, con Alberto Garzón a la cabeza, se presenta con Ahora en común a las elecciones generales, se venden camisetas.

Ni unidos en la diversidad, ni diversos en la unidad. Diversos cada uno en su diversidad. Solo hay unanimidad en el “no” sin matices. El concepto de guerra humanitaria (porque incluye la palabra guerra) produce similar urticaria en toda la izquierda demócrata actual.El filósofo político Michael Walzer, exeditor de la revista Dissent, autor de libros como Guerras justas e injustas e intervencionista moderado, analiza en un reciente ensayo las diferentes posturas en la izquierda actual frente a la guerra. Cree que se mueve entre un inmovilismo por defecto, que considera que la mejor política exterior es una buena política interior, y un idealismo que atiende más a cómo deberían ser las cosas (la ONU debería intervenir, el Consejo de Seguridad debería firmar una resolución firme) que a cómo son realmente (la ONU tiene las manos atadas). La derecha más favorable a una intervención vive también una ilusión. Walzer considera que los halcones que promovieron la guerra de Iraq en 2003, aunque habían olvidado el socialismo (y casi la democracia), eran herederos del trotskismo y de su idea de revolución permanente e internacionalismo: no apoyaron una intervención humanitaria para frenar un genocidio o evitar una masacre, sino para llevar la democracia a Bagdad a cualquier precio.

Las posturas rotundas respecto a la guerra provienen más de una cerrazón ideológica que de la cautela, la duda o la información. El intervencionismo occidental a veces ayuda a quienes utilizan atajos ideológicos. Las guerras son más fáciles de comprender cuando en ellas está Occidente: en caso de duda, acuse a las fuerzas occidentales. Walzer defiende un intervencionismo humanitario que no busca “democratizar” sino intervenir para impedir genocidios y asesinatos en masa; defiende la postura de “ilegal pero moralmente necesario” de Habermas respecto a Kosovo; coloca, sin obviar la complejidad y particularidades de cada conflicto, la guerra en el debate moral, y exige a la izquierda que participe en ese debate. Si la guerra siempre está ahí, es preciso debatir sobre ella.

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