La patria, el ocaso de un sentimiento | Letras Libres
artículo no publicado

La patria, el ocaso de un sentimiento

La poesía cívica ha ido del amor al lugar en el que se nace a contar el panorama escalofriante de las atrocidades de nuestro tiempo. 

El concepto de México como nación-entidad se institucionalizó con el celebérrimo poema de Ramón López Velarde “La suave patria”, escrito a propósito de los festejos del centenario de la independencia mexicana. Este poema sintetiza la belleza de un pueblo que lejos está de ser el México posrevolucionario, pero que enarbola el ideal a alcanzar, mientras que hace un guiño con el porfiriato y, de paso, desdeña el país que surge de la Revolución Mexicana.

Al ser el poema del prototipo de nación-entidad, los gobiernos posteriores a Álvaro Obregón se encargaron de hacerlo oficial. Se dice que alcanzó el grado de segundo himno nacional. Y tiene, por añadidura, un encanto que cautiva.

Una de las características de “La suave patria”, inherente a toda poesía cívica, es el amor al lugar donde se nace y, de igual forma,  al ambiente social y cultural en el que ocurre. Pero no solo eso. Existe además, por lo menos en el caso de la poesía escrita en este territorio que hoy llamamos México, un deseo manifiesto de dolor, de pesar, y de constante anhelo de patria soberana, libre y con justicia. Hacer un recorrido por los poemas que bajo esta temática se han escrito es de igual manera una crónica social y política de nuestro país. Tales características las encontramos desde los poemas precolombinos. Ahí el “Canto de Nezahualcóyotl de Acolhuacan”, dedicado a Moctezuma, en los que da cuenta de la belleza de su pueblo; o en los poemas que Fernando de Alva Ixtlilxóchitl habla de las profecías de destrucción de su pueblo. De igual forma los “Cantos tristes de la Conquista”, incluidos en Visión de los vencidos, de Miguel León-Portilla, que hablan del dolor de un pueblo que derrotado (la caída de Tenochtitlan). Por una parte ese latente sentimiento al terruño y, por el otro, el pesar y el sufrimiento.

Decía que la poesía cívica es también una crónica. Así se ve en “Aviso patriótico a los Insurgentes a la sordina”, de Joaquín Fernández de Lizardi, en el que pide unión de criollos y españoles contra el Reino de la Nueva España; y luego el trono triunfalista del Imperio de Iturbide de “Oda al dieciséis de septiembre”, de Andrés Quintana Roo, y “Letrilla por la Independencia”, de Anastasio de Ochoa. Ambos en tono de alegría y entusiasmo por el Imperio de Agustín de Iturbide, la patria nueva. Aunque no todo fue triunfalismo. El abogado y poeta Francisco Ortega Martínez escribe “A Iturbide en su coronación” en el que critica abiertamente a quien fuera enemigo de los Insurgentes.

A partir de la Independencia de México, la poesía cívica retoma una característica de los trovadores medievales y comienza con la exaltación de hechos y personajes a los que se les reconoce los méritos y aportaciones a la patria. Ahí, por ejemplo, los poemas “La Corregidora”, de Rafael Nájera; “El Grito de Dolores”, de Francisco Sosa; “El niño artillero”, de Francisco Prieto; “Guadalupe Victoria”, de Rafael del Castillo, y “Vicente Guerrero”, de Francisco Peón y Contreras, por citar algunos.

Sin embargo, el poema nacionalista en el que aparece esa búsqueda por “lo mexicano”, que define buena parte de la literatura nacional, es “Profecía de Guatimoc”, de Ignacio Rodríguez Galván, escrito en 1939. Poema romántico manufacturado entre la pérdida del Estado de Texas y los pintorescos gobiernos de Antonio López de Santa Anna. “Profecía de Guatimoc” sitúa histórica y socialmente a México, desde las raíces prehispánicas (Guatimoc es Cuauhtémoc) hasta ese momento histórico, en el que al país, al pueblo, a los mexicanos les sigue pesando un malestar social que no termina, que no se acaba, que por una u otra razón es constante. Ya no son los españoles que acaban con el pueblo como lo profetizara el Nezahualcóyotl. Tampoco el levantamiento en contra del dominio español. El país vive sus guerras intestinas y recién termina la llamada “Guerra de los pasteles” con Francia. Así es que Rodríguez Galván se da a la tarea de escribir un bello poema lírico en el que trata de definir un sentimiento de identidad nacional basado en una proceso histórico y social.

Si bien los poemas de carácter civil continúan por esas fechas, la siguiente obra que merece una consideración especial el es Himno Nacional, de Francisco González Bocanegra. A diferencia de los escritos anteriores, el Himno Nacional (1853) promueve la toma de armas y el derramamiento de sangre a toda costa porque la patria así lo requiere. Es poema cívico condensa el sentir patriótico de soberanía que se encuentra desde la poesía prehispánica, y que seguramente tiene su punto de exacerbación tras la invasión estadounidense que México sufrió en 1846 y en la que pierde más de la mitad de su territorio.

Del periodo de la Guerra de Reforma (1858-1861) destaca “La guerra civil”, de Juan Valle, poema que relata las luchas entre liberales contra conservadores y que, a diferencia del Himno Nacional, muestra un panorama escalofriante de las atrocidades de una guerra.

A propósito de los 30 años del deceso de Benito Juárez, en 1902, Amado Nervo lee un poema titulado “La raza de bronce” en la Cámara de Diputados, que escribe para exaltar a nuestros “héroes” indígenas: Nezahualcóyotl, Ilhuicamina, Cuauhtemoc y, por supuesto, Benito Juárez.

Más allá de poemas escritos a modo para Porfirio Díaz, la poesía cívica ocurre nuevamente con los sucesos políticos sociales, como la Revolución Mexicana, con numerosos corridos anónimos nutridos de hechos épicos y personajes de quienes sentirse orgullosos.

Mencionaba que tras el último movimiento armado de carácter nacional, Ramón López Velarde escribe un poema que apela al amor al terruño por medio de la sensibilidad a los lugares, las costumbres y lo inmediato de las poblaciones y los elementos sociales históricos de nuestro país. Así, la patria es también contradictoria y trágica. Hay un elemento que duele, manifiesto anteriormente, pero ahora de manera explícita. Elemento que sería retomado por poetas que escriben desde ese dolor de una patria violenta y convulsiva. Sobra decir que los poemas de héroes y momentos gloriosos siguen escribiéndose. Sin embargo, es hasta después del movimiento estudiantil de 1968 que surgen poemas como “Tlatelololco 68”, de Jaime Sabines; “El mapa”, de Juan Bañuelos; “Alta Traición”, de José Emilio Pacheco; “1968” de Marco Antonio Campos; “El espejo de piedra”, de José Carlos Becerra; “La hora y el sitio” de Guillermo Fernández, y “9 años después”, de David Huerta. Poemas que hablan de una patria injusta y violenta hacia el interior. No es ya una lucha contra el “extraño enemigo”, el extranjero, sino hacia el compatriota. La represión hacia el movimiento estudiantil de 1968 deja una terrible impronta en la poesía mexicana. Sin embargo, por contradictorio que parezca, esta poesía tiene un amor a esta patria doliente.

Así, ya entrado el nuevo siglo, la poesía mexicana mantendrá el tono doloroso, y poetas como Carmen Boullosa con su libro La patria insomne, María Rivera con “Los muertos”, y David Huerta con “Ayotzinapa” nos hablan de una patria trágica, horrenda, llena de sangre, cadáveres, y atrocidades al por mayor.

La patria no es la vanagloria de poetas que celebran o defienden como Joaquín Fernández de Lizardi. La patria es un sentimiento de dolor que desgarra, que acaba. Valdría también la pena recordar el poco afortunado pero de igual forma significativo poema de Sergio Witz “La patria entre mierda”, en el que ya no hay amor, solo desprecio, repulsión:

yo, natural de esta tierra

me limpio el culo

con la bandera

y los invito a hacer lo mismo:

verán a la patria

entre la mierda

de un poeta”.