La oreja en el zapato | Letras Libres
artículo no publicado

La oreja en el zapato

Nada más inquietante que estrenar un par de zapatos: nadie se reconoce en ellos, nadie ve en ellos sus propios pies, por afines a sus gustos que esos zapatos sean, sino los pies de otro, o los pies del extraño que uno también es o que pudiera llegar a ser si lejos de imponer su voluntad a esos desconocidos, se dejara llevar por ellos.

Zapatos nuevos./ ¿Dónde me llevarán/ sin yo saberlo?”, ha escrito alguien, y no es difícil compartir su incertidumbre. Ante un par de zapatos nuevos uno se pregunta qué harán esos zapatos con uno, adónde lo llevarán, qué luchas no sostendrán con sus pies cuando éstos quieran tomar un rumbo, y ellos, otro.

Quien contempla sus pies atrapados en un par de zapatos nuevos teme por su destino, sabe que éstos pueden tener planes ajenos y aun contrarios a los suyos, pero insiste en sacarlos a pasear, y ellos en sacarlo a pasear a uno. Y a la desconfianza del primer día va sucediendo una especie de familiaridad, y uno acaba admitiendo que esos zapatos son los suyos, que esos pies tan simpáticos son, efectivamente, sus propios pies, y que la intimidad ha establecido entre todos, zapatos, pies y dueño, un parentesco, y hasta un parecido, rasgos físicos y de conducta similares a los que acaban desarrollando las mascotas –sobre todo los perros– y sus dueños. Hay zapatos viejos cuya mitad anterior es una imagen expresionista del rostro de quien los calza.

Nada menos digno de tomarse a la ligera que la adquisición de un par de zapatos y los avatares que éstos puedan sufrir. Porque si bien es cierto que los pies son los responsables de nuestro destino, no menos cierto es que nada ejerce mayor presión sobre sus decisiones que un par de zapatos. Los calcetines, debiluchos, viven entre la espada y la pared, es decir, entre el zapato y el pie, y son incapaces de tomar partido por uno u otro, de ahí que suden tanto. Su neutralidad es su cruz.

No es fácil congeniar con algunos zapatos. La menor suciedad los abruma; los tropezones los enfadan; las medias húmedas les dan náuseas; los cordones demasiado apretados les producen dolores de cabeza; los insectos que involuntariamente despanzurran les quitan el sueño; las piedrecillas los espantan; el puntapié los excita, y todo revierte en perjuicio de quien los calza.

El zapato de piel es el más osado. Suele conservar las características del animal que lo suple. Tumba a niños y a ancianos por igual, obliga a sus dueños a desplazarse a velocidades suicidas, corre a arrojarse delante de los automóviles en marcha si ve venir otro animal, ama la hierba y no pocas veces se agrede a sí mismo (un zapato contra el otro), o se monta a sí mismo (un zapato sobre el otro, e incluso sobre el zapato de alguien que pasa cerca: hay zapatos en celo). No es calzado para todo el mundo.

Entre los besos más delicados de la poesía cubana se encuentra el que José Martí deposita, silencioso, en los zapatos de una muerta: María García Granados, la niña de Guatemala: “Allí, en la bóveda helada,/ la pusieron en dos bancos:/ besé su mano afilada,/ besé sus zapatos blancos. El helor del lugar, el efecto que la piedra de amolar de la muerte comienza producir en el cadáver de la joven, y la blancura de su calzado, contrastan con el roce de esos labios cálidos, trémulos, del hombre que, semanas antes, al despedirse de ella y besarla en la frente, la había sentido arder.

Martí manifestaría su temor a que las ideas expresadas en las páginas del periódico en las que se disponía a envolver los zapatos de su hijo pequeño, le contagiaran a éste la maldad que pudiera haber en ellas.

Abunda quien vive orgulloso de sus zapatos, y hasta los colecciona y dispone en un clóset amplio y de buena luz para recrearse mirándolos: no se sabe qué ve en ellos, si un ejército o un harén. Hay personas que al calzarse revelan un deleite más cercano a la lubricidad que a cualquier goce de carácter estético; personas que al meter el pie en un zapato gimen: el placer no es ajeno al dolor. La amplitud del clóset puede responder al deseo de que los zapatos cuenten con suficiente espacio para si lo desean, solos, a medianoche, dar una vueltecita, ejercitarse. No es raro que el zapato que se deja en un lugar aparezca en otro, o que dos zapatos se disgusten y cada uno tome por su lado, y toque al dueño reconciliarlos.

Pero hay lugares donde es impropio ir calzado: lugares sagrados. Y esos lugares tan pronto pueden ser un templo como una embarcación: “Subo a la barca,/ pero sólo descalzo./ Luna en el agua”, comenta el poeta japonés Seira (1739-1791). Quien pisa la cubierta de una embarcación que flota sobre unas aguas que reflejan la luna, pisa la luna, y la luna merece un trato especial: no la aspereza de una suela roída por el polvo, sino la suavidad de la planta desnuda.

Yo suelo confiar en mis zapatos, y en las horas libres irme a la calle y permitir que sean ellos los que decidan adónde debo ir, y por dónde. Nunca me han defraudado. Saben mucho: viven con el oído pegado a la tierra. De rodillas, he acercado una oreja al interior de uno de ellos y he escuchado, tan inquieto como él, el rumor del futuro que se acerca. ~