La Ola de Hokusai | Letras Libres
artículo no publicado

La Ola de Hokusai

Nacido en octubre de 1760 (de padres para siempre desconocidos) en Katsushika, un lugar campesino de la provincia de Edo, hoy Tokio, y adoptado por la familia de un artesano fabricante de espejos para la corte del shogún local, el niño Katshushika Hokusai solía escaparse de casa para ir a contemplar en una quietud y un silencio casi religiosos cada cambiante matiz de la luz diurna y de la sombra de las nubes sobre la nieve cimera del Fugi y cada cambiante perfil, cada vaivén y variante en el ritmo del oleaje al pie de ese monte que ya era el icono emblemático del Japón. Tal era su fascinación por ese paisaje de mar y tierra y nieve, que los otros niños, a quienes escandalizaba que no ejerciese de niño normal y correcto y que prefiriese dibujar en papeles en lugar de jugar con ellos, le gritaban apodándolo “El Niño Tonto por el Dibujo”, y él, sin volverse a mirarlos, y acaso sonriendo levemente, asumía en su interior el insulto pero lo modificaba en el sobrenombre de “El Niño Loco por el Dibujo”.

Cuando estrenaba canas y central calvicie y era un maestro hacedor de imágenes, Katshushika Hokusai modificaría otra vez el apodo y vendría a autonombrarse “El Viejo Loco por el Dibujo”. Y aun muchos años después, ya viéndose como se representaba en uno de sus autorretatos: encorvado, más calvo que canoso y apoyado en un bastón, es decir convertido en el terminal animal de tres pies de la adivinanza infligida a Edipo por la Esfinge, solía decir, modesto en tiempo presente y orgulloso hacia el tiempo futuro:

“A los cinco años tenía la manía de hacer trazos de las cosas; a los cincuenta había hecho un sinnúmero de dibujos y grabados de todo lo que veía; a los setenta y tres ya sabía algo de poner con pincel en el papel las olas y el Fuji, los hombres y las mujeres, los pájaros, los insectos, los peces, las hierbas y los árboles (en fin, todo menos el viento, que nadie puede dibujar, pues sólo es visible el efecto del viento sobre los seres y las cosas). Y aunque mucho he adelantado en el arte aún no estoy satisfecho, pero sé desde ahora que, si a los ochenta he hecho un cierto progreso, cuando llegue a los noventa habré conocido el significado profundo de lo que vive y nos rodea por todas partes, y, luego, a los ciento diez, cada punto, cada línea que haya puesto en el papel, poseerá vida propia.”

Hokusai llegó a los ochenta ynueve, y ya había logrado un gran número de obras maestras, entre las cuales además de los paisajes cuentan sus retratos y autorretratos, sus escenas de costumbres, sus naturalistas o fantásticas estampas del acto erótico entre hombres y mujeres y aun animales ( y cómo olvidar la estampa de la dama a la que un gran pulpo, que tal vez solo es soñado por ella, le hace el cunnilingus).

Pero sobre todo Hokusai ya había logrado, pintándola varias veces entre 1823 y 1829, una de sus obras más maestras, la perteneciente a la serie de xilografías conocida como las “Treinta y seis vistas del Monte Fuji”: esa gran Ola, majestuosa, monstruosa, amenazadora y bella : la gigantesca ola de furioso oleaje de tsunami, erizada de espumas como blancas garras predatorias, que, intentando cumplirse en espiral, se alza para devorar barcas y pescadores mientras allá, empequeñecido en la lejanía por la perspectiva, aunque aún señorial, y como siempre emblemático de la japonesidad, se alza el monte Fuji que la ola del primer plano de la estampa parece reproducir como para minorizar aun más a su modelo.

Allí está la que quizá sea la Ola más ola de todas las olas, la ola esencial, la ola atronadoramente susurrante en el silencio y viva en su tremendo rizo como una grande y hermosa bestia. Y la estampa presenta el tranquilo monte Fuji al fondo del mar tumultuoso, estableciendo una tensión entre la línea de quietud del monte y la línea del movimiento de la ola.

Ya no muy lejano de la muerte, el viejo Katshushika Hokusai, el viejo fascinado y tonto y loco por el dibujo, había alcanzado la altura de la espiral de su arte, que ha quedado como máxima representación de la escuela Ukiyo-e (“pinturas del mundo flotante”). Y sabiéndose hacedor de una pintura inmortal pudo morir con toda tranquilidad y quizá mirando por una ventana hacia sus formidables y retadores y amados adversarios: el monte Fuji y el mar: el mar una otra vez y siempre recomenzado en la vida y en la pintura.

Había pintado (como

en un visual

haikú)

no una ola,

sino

la Ola.