La nueva política descubre el Mediterráneo | Letras Libres
artículo no publicado

La nueva política descubre el Mediterráneo

Del mismo modo que no todos los bienes son compatibles, no podemos pedirle todo a una misma fuente y no conviene exigirle a la política cosas que no está en condiciones de dar.

La nueva política hace en verano algo parecido al resto de los españoles: descubrir el Mediterráneo. El diputado de Podemos en las Cortes de Aragón Pablo Echenique, físico de profesión y cabeza del sector crítico de la formación que dirige Pablo Iglesias, explicó el mes pasado que desde hace un año es “activista a tiempo completo. Es decir, dedico (todos y cada uno de) mis días a buscar y ejecutar iniciativas que espero que conduzcan a que todos vivamos un poco mejor”. Como señalaron en una réplica José Andrés Tomás Mora y Máximo Díaz Cano, ser activista a tiempo completo es lo que antes se llamaba ser político.

El artículo de Echenique tenía una mezcla de ingenuidad y soberbia. Se había dado cuenta de que a “la gente común” no solo le importaban las cuestiones de organización política, y de que sentían cierta preocupación por sus condiciones de vida. Mezclando metáforas, explicaba que su transformación no es todavía irreversible: “Aún puedo, de vez en cuando, dar un paso atrás y mirar los acontecimientos desde los ojos de esa persona que entendía algo de mecánica cuántica pero no mucho del juego de la política”. Todavía no ha perdido el contacto con los seres humanos Echenique, que alertaba del peligro de convertirse en los otros partidos, de que para ese viaje no hicieran falta “tantas alforjas”.

La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, se ha lamentado en su página de Facebook:

Aparentemente tengo más poder que nunca, y sin embargo en cierto sentido me siento más impotente: a diferencia del activismo social en el que he estado muchos años, ahora no puedo actuar para dar respuesta a casos individuales. Utilizar el poder que da la alcaldía para resolver casos individuales que acceden a mí por vía personal podría ser considerado clientelismo, incluso tráfico de influencias.

La alcaldesa decía que a veces llora “de rabia e impotencia”. Hasta cierto punto es enternecedor. Una de las estrategias de los movimientos sociales surgidos con la crisis, que han tenido el mérito incuestionable de llamar la atención sobre un problema real y de colocarlo en la agenda política, ha sido contraponer la anécdota a lo general. Ha sido un estilo de argumentación: ¿De qué servían los datos mientras una sola persona sufriera? Ahora, Colau parece haber descubierto la conveniencia de las medidas generales y sugiere con tono de fastidio levemente peronista que hay normas y no puede saltárselas porque podría quedar mal.

Otra de las novedades que nos ha deparado el verano es que la realidad (el dinero, las preferencias de los que te han votado, pero también las de quienes no te votan dentro y fuera de tu país) limita la acción del gobierno. Algunos de los brillantes animadores internacionales de Alexis Tsipras, que no habrían tenido que vivir con las consecuencias de un no, parecían incapaces de entender la aceptación de las condiciones de la Unión Europea.

Frente a las dificultades, siempre es posible jugar con los símbolos, una actividad que resulta más barata y más sencilla que calcular las prioridades y encontrar los recursos para atenderlas. Produce satisfacción y da mucho que hablar: la semiología también es una pasión hispana.

Cuesta creer que Ada Colau no conociera de antemano las limitaciones a las que se enfrentaría, o que a los líderes de Podemos, que se dedican a estudiar la comunicación política, les escandalizara la hostilidad de algunos medios cuando aparecieron con fuerza en las encuestas. Es sorprendente que a pretendidos expertos les sorprenda descubrir que (por fortuna) la voluntad política no es suficiente. Podría ser un nuevo capítulo de esa novela de aprendizaje que cuenta cómo, según la expresión de Ramón González Férriz, los nuevos políticos descubren su propio cinismo. También hay un elemento de propaganda y coquetería.

Casi cualquier cosa seria que leamos sobre dirigentes del pasado muestra las dificultades de llevar las ideas a la práctica. Una sensación de fracaso acompaña a los políticos de todas las épocas. Nos acompaña, en cierta manera, a todos. Cuando empecé a escribir este artículo creía que a esta hora ya lo habría acabado y estaría en una terraza tomando una cerveza. “Hoy me siento bien, todo un Balzac; estoy terminando esta línea”, escribió Augusto Monterroso. (Por supuesto, los Balzac existen, y también los grandes dirigentes, pero ellos también hacen menos de lo que querrían.) Del mismo modo que no todos los bienes son compatibles, no podemos pedirle todo a una misma fuente y no conviene exigirle a la política cosas que no está en condiciones de dar. A veces, también, lo que en su momento parecía relevante no es tan determinante a la larga, lo que se creía un gran éxito se convierte en una chapuza y lo que se consideraba una cuestión menor resulta un acierto duradero que mejora la vida de los ciudadanos. Pero, en general, la fiesta ha empezado antes de que nosotros llegásemos y continuará un buen rato después de que nos hayamos marchado.

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