La noble misantropía | Letras Libres
artículo no publicado

La noble misantropía

Según los teóricos del dramala comedia ridiculiza defectos o vicios de la conducta, pero los mejores exponentes del género, que son al mismo tiempo los observadores más agudos del teatro social, emprenden una tarea más riesgosa: vindicar defectos que la mayoría de la gente aborrece y exhibir, en cambio, los móviles ruines de algunas virtudes pregonadas con altavoces. Para trastocar los valores morales de su época sin padecer represalias, Molière combinaba el ánimo provocador con la prudencia estratégica, la pincelada sutil en el trazo de los personajes con la destreza artesanal para la intriga cómica de brocha gorda. Filósofo embozado, aprovechó al máximo la patente de corso tradicionalmente concedida a los bufones de la corte para difundir ideas subversivas, y, aunque la Iglesia lo persiguió con saña, la aparente frivolidad de sus obras y la protección de Luis XIV lo inmunizaron contra la censura, que solo pudo imponerle algunas restricciones.

Pese a las revoluciones culturales de nuestra época, el teatro de Molière mantiene intacto su filo crítico, pues los tumores del alma y las aberraciones de la moral dominante no tienen fecha de caducidad. Las mudanzas del tiempo tampoco han blanqueado la reputación de los ogros a quienes defendió con astucia. Nadie cree en la actualidad, por ejemplo, que la misantropía tenga algún valor ético, pues en todos los ámbitos de la vida pública el don de gentes y el poder de convocatoria despiertan la admiración general. Hasta la gente más ingenua sabe que muchos triunfadores de nuestra época son agentes de relaciones públicas sin mérito alguno, con un olfato infalible para arrimarse a quien puede beneficiarlos, pero no por ello el populacho pobre o adinerado los admira menos. Su proclividad a emularlos mantiene vigente el repertorio de caravanas que despreciaba Alcestes, el protagonista de El misántropo: “Os veo abrumar a un hombre con agasajos, testimoniarle el mayor afecto, recargar el furor de vuestros abrazos con promesas, juramentos y muestras de cariño, y cuando os pregunto luego quién es ese hombre, a duras penas podéis decirme cómo
se llama.”

A diferencia de Tartufo, una sátira de la mojigatería hipócrita, El misántropo no ridiculiza el odio a la humanidad: Molière ennobleció a su protagonista por negarse a participar en la pantomima cortesana que había cobrado tintes de farsa grotesca durante el reinado de Luis XIV. Las desventuras de Alcestes comienzan cuando un marqués con veleidades literarias le pide una opinión sobre sus versos y él los reprueba sin ánimo de ofenderlo. El poetastro hace un berrinche de tal magnitud que le monta un proceso judicial por difamación. Alcestes confirma entonces que las fórmulas de cortesía son una especie de mordaza impuesta a la verdad incómoda, y aunque al final de la comedia, cuando rompe con una novia frívola demasiado proclive a socializar, entrevemos el ingrediente patológico de su carácter, Molière no puede ocultar su simpatía por ese apóstol de la franqueza, como si quisiera expiar la culpa de haber prodigado zalemas y genuflexiones en la corte para imponerse como principal figura del teatro francés.

En su deliciosa Vida del señor de Molière, Mijaíl Bulgákov deja entrever que El misántropo es un ajuste de cuentas con el complejo tinglado de imposturas que había sepultado las antiguas virtudes caballerescas en los salones de Versalles. Cuando era un cómico de la lengua, Molière tuvo que rendir pleitesía a infinidad de aristócratas antes de encabezar la troupe real, y aunque sus enemigos lo acusaban, entre otras lindezas, de haberse casado con su propia hija, los pecados de la carne no parecen haberle causado graves remordimientos. Más bien lo atormentaban las indignas simulaciones que montó fuera de las tablas para triunfar en un escenario resbaladizo, lleno de cretinos con poder, donde la sistemática “traición de la propia alma” lo enemistaba consigo mismo.

Defensa apasionada de la amistad, El misántropo no condena en bloque las habilidades sociales, pero reivindica el carácter selectivo de las simpatías: “La estimación se funda en alguna preferencia y estimar a todo el mundo es no estimar a nadie.” Por haber conocido a fondo los abismos neuróticos del histrionismo, la desintegración de la personalidad que amenaza a los buenos actores, Molière valoraba la higiene mental y creía necesario restablecer la frontera entre la realidad y el teatro, borrada en la corte de Luis XIV. El mundo contemporáneo ha desoído su advertencia, pues cada vez resulta más difícil separar al ser humano del personaje que representa en público. Los paterfamilias con sentido práctico incitan a sus hijos a hacer buenos contactos desde la primaria, como si la prostitución de la amistad fuera una virtud encomiable. Su ideal educativo es convertir las escuelas en criaderos de impostores. Quien se niega a simular afectos o afinidades se vuelve, primero, un apestado, y más tarde, un enemigo público, pero a cambio de ese estigma quizá pueda consolidar dos o tres amistades auténticas, pues la verdadera fraternidad, la que permite una comunicación abierta y a veces ríspida, es inseparable de la noble misantropía. ~