La muchacha que fue Lilith | Letras Libres
artículo no publicado

La muchacha que fue Lilith

La imagen, que encontré hace unos días revisando viejos ejemplares de la revista Cahiers du cinéma, y que cuando la vi en algún año sesenta me hizo salivar no poco (¡esa belleza, esas pantorrillas, esos pies desnudos, esa leve sonrisa, esa ladeada postura a la vez laxa y voluntaria!), es una fotofija tomada durante la filmación de la película Lilith, la obra maestra del casi malogrado realizador Robert Rossen, y es de 1964. ¿Quién la vio y no la recuerda?

A la retratada en esa espléndida foto –que para mí es un verdadero ícono– acaso ustedes la recuerden en Bonjour Tristesse, de Preminger, en À bout de souffle, de Godard, en In the french style, de Parrish, en Lilith sobre todo, y… (en fin, en más de una treintena de películas). Fue, además de muy buena actriz, una de las más bellas y eróticas presencias del cine hollywoodense y europeo. Tenía 26 años cuando hizo Lilith, un drama de locura, ninfomanía y bisexualidad, filmado en hipnóticos blanco, negro y gris, en el cual, como el título indica, ella era una especie de inocente y terrible demonio-hembra, una reencarnación de la mítica Lilith que según la leyenda rabínica sedujo a Adán antes de la creación de Eva, parió una generación de demonios y fue desterrada por Dios a la orilla del mundo, de donde por las noches volvía para suscitar en los hombres sueños pecaminosos. El libro de Isaías, del Antiguo Testamento, alude a esa infernal divinidad sin nombrarla.

Jean Seberg seguía bella y aparentaba tener diez años menos de 41 cuando fue hallada muerta dentro de un automóvil estacionado en una apartada calle de París. ¿Suicidio o asesinato o imprudente dosis de barbitúricos? Nunca se supo. Pero yo, enamoradizo cinéfilo, la recuerdo por su gracia y su tan dulce como perturbadora hermosura.