La monserga del compromiso | Letras Libres
artículo no publicado

La monserga del compromiso

Algunos artistas han sustituido una visión pop y naíf de las relaciones humanas por una idea pop y naíf de la política

Una monserga recorre la cultura. Es la monserga del compromiso. Por una parte podría corresponder con la politización general de la sociedad española, o al menos de sus conversaciones. Años de crisis y dificultades (sobre todo para las clases bajas), de escándalos de corrupción y de una drástica rebaja de las expectativas de una generación han hecho que la ciudadanía sea más consciente y exigente. El ciudadano preocupado e informado es importante para la calidad de una democracia. Esa mayor implicación puede ser positiva.

Hay artistas que asumen un compromiso político público. Otros prefieren hacerlo a través de su obra, otros creen que es una postura privada y algunos quizá no tengan mucho interés. Los últimos podrían tenerlo algo más difícil. Uno no siempre escribe una novela de aprendizaje o un libro de relatos para exponer sus opiniones sobre la transición, el declive del bipartidismo y la precariedad laboral, pero es posible que tenga que hablar de esos asuntos. Naturalmente, muchos escritores nos lo buscamos al escribir de política (a veces por dinero pero también por vicio).

Hay otros motivos por los que los periodistas hacemos esas preguntas: las prisas que te impiden conocer bien la obra, el miedo al spoiler o lo difícil que es hablar de un libro, una película o un disco de manera que resulte atractiva a quien no lo ha leído, visto o escuchado. Otro elemento es la sensación de que la obra en sí y la discusión sobre ella no pueden resultar interesantes para el público. Quizá siempre ha sido así, pero a veces da la sensación de que un libro o una película no tienen luz propia, y deben reflejar la de otra cosa. En cambio, la política es interesante y es mainstream.

Algunos artistas y críticos, que a veces venían de crear obras más lúdicas y sentimentales, parecen haber cambiado de punto de vista de manera radical. En ocasiones, el énfasis puede llevar a situaciones sorprendentes, como hace unas semanas, cuando un esforzado entrevistador logró que una autora explicase que en los frívolos años noventa la gente utilizaba la música para socializarse y los quinceañeros no tenían una auténtica conciencia política.

Otras veces, parece que algunos artistas han sustituido una visión pop y naíf de las relaciones humanas por una idea pop y naíf de la política. El cantante Nacho Vegas apareció en la prensa hace unas semanas tras iniciar un concierto con un vídeo donde parodiaba la publicidad del banco que patrocinaba su show. Es difícil ver en qué ayudó ese incidente a que avancen las causas que defiende el cantante, aunque quizá él se sintió mejor después.

No es solo cuestión de moda: también hay un elemento de maduración personal. Hace algunos años, bastantes escritores españoles dejaron de escribir novelas posmodernas y comenzaron a publicar libros sobre la Guerra Civil. Todos tenemos derecho a cambiar de opinión, y suele ser una buena señal hacerlo, aunque en ocasiones la actitud que vemos se parece a la de aquellos que “creen con suficiencia que tras haber perdido la fe han hallado la razón”, como escribió Christopher Hitchens sobre David Mamet. Pero siempre supone un empobrecimiento, y una distorsión, entender el mundo o el arte en una sola clave o verlo desde un solo punto de vista. Habría, además, otro peligro: no hacer ni arte ni política, y caer en lo que podríamos llamar “la paradoja de Spinoza”. Para algunos de sus defensores y críticos, el filósofo es uno de los padres del ateísmo: si Dios está en todo, no es tan difícil decir que no está. Si todo es política, nada es política.

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