La mejor película de nuestras vidas | Letras Libres
artículo no publicado

La mejor película de nuestras vidas

A sus 60 años, Cantando bajo la lluvia (Singin’ in the rain, MGM, 1952) no tiene una sola arruga.

Ocurrió a través de unos cuantos domingos en la cafetería de la Cineteca. A "cien cinéfilos de hueso colorado": cineastas, críticos, cinéfilos y quizá algún mero filmófago, Francisco Sánchez nos “encuestó” acerca de nuestra película favorita, no la mayor obrade arte de toda la historia del cine, sino aquella que a uno más lo haya tocado “racional o emotivamente”. Y la encuesta resultó en una lista de 68 títulos de la cual se obtuvieron los nueve votados más de una vez por quienes Sánchez cariñosamente apoda “cineviciosos”:

Cantando bajo la lluvia, de Gene Kelly y Stanley Donen (5 votos).

Blade Runner, de Ridley Scott (4 votos).

Ocho y medio, de Federico Fellini, El Padrino, de Francis Ford Coppola, El espíritu de la colmena, de Victor Erice (3 votos ).

El ciudadano Kane, de Orson Welles, Iván el Terrible, de Serguei M. Einsenstein, Paris-Texas, de Wim Wenders, Stalker, de Andrei Tarkovski (2 votos).

 Entendiendo yo que a final de cuentas el quid estaba en saber cuál era mi principal película de culto, o sea lo que más placenteramente y más veces he visto (calculo que unas sesenta veces, lo cual significa al menos una por año),  respondí añadiendo una nota aclaratoria:

 "Querido Pancho: La mejor y más querida película de mi vida [y aquí me sentí como cuando los animadores de la fiesta de los Óscares hacen una pausa de suspense] es :Cantando bajo la lluvia, y aunque sé que en cuanto a propios placeres, gustos y preferencias nada en verdad es claro, te aclarolas razones ¿o sinrazones? de mi voto:

"1º: Cyd Charisse (una de mis tres mayores bellezas del cine; las otras son Gene Tierney y  Cate Blanchett).

"2º: La danza como metáfora del encuentro amoroso: el de los cuerpos entre ellos, el de éstos con la cámara filmadora y el de ésta con nuestra mirada.

 "3º: Todas las secuencias tienden a finalizar en liberadoras apoteosis del desorden y el absurdo, particularmente la del baile de O'Connor, "Be a clown", la de la clase de dicción, "Moses suposes his nose a rose", la de "Good Morning", las dos de Kelly con Charisse (en sus dos vertientes: “realista” y onírica) y, ya en plena poesía, la del baile que justifica el título de la película y en la que Kelly danza no sólo con la lluvia sino además con la invisible cámara, es decir con nuestra mirada, y, luego el episodio-ballet  en compañía de ¡Cyd! (a la que Cabrera Infante llamaba “la Cyd Campeadora”).

"4º: Es la mejor y más divertida crónica de un momento crucial de Hollywood: cuenta el paso abismal desde el cine silencioso al cine hablado y el ocaso de divos y divas del “arte mudo” representado por el personaje irritante, divertido y conmovedor de la diva (Jean Hagen) “asesinada” por la irrupción del sonido.

 "5º: Es cine total: todo lo que en la pantalla ocurre, aunque juegue con modos técnicos y estilísticos de la hollywoodense “fábrica de sueños”, es real por cuanto está ocurriendo realmente alli, en la pantalla, en el espacio y el tiempo de la música y el gesto elevados a la enésima potencia del cine en la levedad de las dos dimensiones y en la gloria de los colores.”

El cine que danza

A sus 60 años, Cantando bajo la lluvia (Singin’ in the rain, MGM, 1952) no tiene una sola arruga. La  película parece en cada momento inventar la danza cuando, en un set abandonado y penumbroso, Kelly suscita con electricidad y reflectores un amanecer para, danzando, declarársele a Debbie Reynolds; o cuando Kelly es seducido, poseído, por la ondulante danza de Cyd en una doble secuencia que irá de “lo real” a lo onírico y volverá a la danza solitaria en medio de la multitud danzante y cantante; o cuando Donald O’Connor repasa, danzando, el catálogo de gags de la comedia bufa (en el número bailado más cómico de todo el cine) o cuando, en el dúo danzante con Kelly, traduce a vertiginoso tap un trabalenguas (digno de Edward Lear) que rima la nariz de Moisés y las rosas; y, en fin pero sin fin: cuando la lluvia embriaga a Kelly haciéndolo ir desde la mera andadura a la celebratoria danza con la lluvia, con la cámara filmadora y con nuestra agradecida aunque envidiosa mirada.

 La maravilla es que Cantando bajo la lluvia lleva 60 años, ¡sesenta!, de danzar su intacta juventud.

 

(Publicado anteriormente en Milenio Diario)